Sonia, mi hermana, tiene 30 años.
Yo soy algo mayor, nos llevamos tres.
Siempre le envidie la facilidad que tiene para ligar, renamorar a los chicos.
No es que sea una gran belleza, ni mucho más guapa que yo.
Quizás sepa arreglarse mejor,
tenga mejor gusto para la ropa y sea mucho más femenina, en el sentido más frívolo.
También es mucho más coqueta de esas que se dejan el dinero en la peluquería y no en la
nevera.
He tenido celos del ejército de moscones que desfilaba a su alrededor,
acosándola y declarándosele.
Antes cambiaba de novio como de ropa interior,
y aun así nunca pasaba del beso de tornillo.
Si yo hubiera estado en su piel, habría disfrutado
sexualmente a tope.
A ella no le faltaban oportunidades para perder la virginidad,
más bien le sobraban.
Siempre fue una calienta braguetas, una de aquellas tontuelas egoístas
que se divierten poniendo a cien a los tíos para dejarles con lo bien en los labios.
Está mal que yo lo diga, porque soy su hermana, pero es que es del todo cierto.
En su juventud,
fue la presidenta del club de calienta braguetas.
No me extraña que sus pretendientes no lo durasen
más de un mes y que siempre acabarán propagando pestes de ella a los cuatro vientos.
Aún así,
mi hermana tenía más hombres de los que podía abarcar una mujer, y cuando rompía siempre tenía
otro de repuesto y otro más guapo guardando el turno.
Francisco es uno de los que se pusieron
en la cola y se armó de paciencia.
Estaba muy enamorado de mi hermana, tanto que no le importaba
esperar y esperar y matarse a pajas, mientras ella tan solo le permitía besarla en los labios,
y no se prestaba a acariciarla más allá de la nuca.
Dice que quien la sigue la consigue,
y él la aguantó como un jabato durante casi un año.
La proeza histórica, digna de hijo de un
dios griego, finalmente se casaron.
Y ese día sí que envidia a mi hermana.
Había conseguido a un
tipo alto, guapo, elegante, culto, educado, con un buen empleo y que además la quería arrabear.
No se podía pedir un mejor partido.
En su noche de bodas, Sonia demostró ser más boba de lo que yo
me esperaba.
Le dijo a su queridísima esposo que había bebido más de la cuinta y que le dolía la
cabeza, que se encontraba mal y que lo de hacer el amor lo dejaran para otro día.
Francisco respetó
su postura y decidió irse a dar una vuelta con el coche para ver si sí se enfría un poco.
Debía
de llevar media hora conduciendo cuando volvió al hotel donde se había celebrado el banquete.
Yo
todavía me encontraba allí, acabando de pagar unas cuentas que habían quedado pendientes.
¿Qué haces todavía aquí?
Me abordó el muy sorprendido.
Haciéndome cargo de los improvistos,
para eso está la familia, ¿no?
Le repliqué aún más sorprendida que él.
¿No debías estar haciendo
el amor con mi hermana?
Le pregunté así en cierto tono irónico.
Aún no llevamos un día de casados y
ya me arrepiento de haber dado este paso.
Me respondió con cierta tristeza.
Yo intenté consolarle,
diciéndole que me lo esperaba, que mi hermano no era precisamente una mujer fogosa.
¿Cuánta
razón tienes?
Me dijo él.
Como tenía que ir a la ciudad y él no tenía ningún plan para esa noche,
se ofreció a llevarme a casa en el coche.
En el vehículo el muchacho acabó de desincerarse.
¿Qué
esos son sacarme si mi hermana era frígida, si tenía alguna malformación física?
¿Que era
avergonzar hasta el punto de horrorizarle la sola idea de quedarse desnuda frente a un hombre,
si era lesbiana o simplemente era idiota?
Yo le contesté que tenía la cabeza hueca, por lo que
era incapaz de darse cuenta de la suerte que tenía el haberse casado con un tipo como él.
Cuando llevábamos un rato hablando sobre eso ni en la boda, me enteré de que había llegado hasta
el altar por inercia, por cabezonería y orgullo.
Me confesó de al conocer a mi hermana se prometió
a sí mismo desvigarla y que no iba a parar hasta metérsela bien al fondo, aunque yo supusiera
formalizar la relación y comprar un anillo.
Me aseguró también que estaba harto de ella,
aburrido de sus chiquilladas, que él la había aguantado demasiado y que ya le había cogido
esta manía, que pensaba divorciarse o pedir la inulación matrimonial tan pronto hubieran consumado
el acto.
Y aclaré que no perdiera más el tiempo, que el mundo estaba lleno de mujeres, que todas ellas
eran más listas que soñaba, incluso había que más guapas, aunque francisco controlaba a la hora
de conducir había vivido más de la cuenta, lo suficiente como para que se le destapara la lengua
y echará por la boca todo aquello que le angustiaba de mi hermana.
Yo por mi parte también había
abusado de los cócteles, así que a mí el alcohol no me da por charlar sino por ponerme caliente.
Enseguida noté que francisco estaba muy cabreado, pero también excitado y con ganas de sexo.
Le dije
que aparcara el coche fuera de la carretera en un descampado.
Me preguntó al motivo y yo le puse la
mano sobre la cremallera del pantalón y le dije a ti qué te parece.
Cuando detuvo el vehículo se abrió
los pantalones y me mostró el pene en erección.
Menudo por intentos estaba perdiendo la burra de
mi hermana.
Qué maravilla.
Me moría de ganas de llevármelo a la boca, así que agaché la cabeza y
me la tragué entera.
Se la mame hasta que se puso tan tiesa que me inundó la boca de semen.
Su miembro
se corrió y aún así siguió firme como un soldado pasando revista.
De ese instante él se quitó por
completo los pantalones y yo me levanté el vestido hasta mostrarle a las pradas que estaban empapadas
de jugos.
Luego me giré y puse el culo en pompa para que él me tiera la mano y me tocara el chichi.
Apartó las bragas y se encontró con la buena mata de pelo y luego los labios.
Apartó los labios y
encontró un agujero que le estaba invitando a pasar.
Colocó el glande en la entrada y empujó hasta
introducirla toda.
Lo hizo con suavidad y educación muy poco a poco, como queriendo disfrutar de cada
milímetro.
La idea de ponerle los cuernos a Sonia me puso todavía más cachonda.
Francisco vació su
esperma en mi útero mientras me sujetaba por las caderas.
Aún así nos detuvo y siguió moviéndose
hasta que recobró la erección.
Estuvimos mucho tiempo en esa posición hasta que ya culó de nuevo.
Aquella noche el joven marido de mi hermana la pasó en mi casa y para ambos fue nuestra luna de
miel.
De hecho al día siguiente me pidió que hiciese las maletas y lo esperara en el aeropuerto.
Hicimos el viaje de bodas juntos y Sonia se quedó en el hotel esperándole.
Francisco nunca volvió a
su lado, se quedó a vivir en mi casa.
De eso hace ya tres años y mi hermana aún no me ha perdonado.
Me da lo mismo.
Hay que ser tonta para no apreciar lo que la vida te da y en ese sentido ya lo es.