Relatos Hablados

Lo que hago cuando mi marido no está en casa

0:00 / 7:08

A mi marido no suelo ponerle los cuernos de forma premeditada. Eso sí, las buenas oportunidades no las dejo pasar. Por eso, aquella tarde, aprovechando su ausencia, me abandoné ante los deseos de aquel hombre, que también eran los míos, y eché uno de los mejores polvos de mi vida, lo que se traduce en más abono para el crecimiento de los cuernos que mi querido esposo lleva en la cabeza.

A mi marido no suelo ponerle los cuernos de forma premeditada

159 escuchas

Voz por BellaPerrix
📜 Ver transcripción (se sincroniza con el audio)

Quiero mucho a mi marido, lo amo con locura, y nunca le pondría los cuernos de un modo premeditado, aunque le he sido infiel un par de veces, y no estoy muy orgullosa de ello.

El pobre no se lo merece, y si bien las pollas que me comí sí valían la pena, especialmente la última, gruesa, dura, venosa, y más larga que una comida familiar.

Una no es de piedra, y cuando abrí la puerta del lavabo de casa y vi a Pedro meando por accidente me derretí como un helado en agosto. No sabía que el mejor amigo de mi marido estuviera en casa, y mucho menos que su picha fuera tan apetitosa.

De haberlo sabido, me habría quitado las bragas en el ascensor, la falda en el pasillo y el resto de la ropa antes de cruzar la puerta, pero por como abrí los ojos y la cara de besú se me debió poner, debió precatarse de que me gustaba lo que estaba viendo, aunque ambos disimulamos para quitar importancia a ese encuentro casual.

Pedro es un auténtico manitas, un tío capaz de reparar cualquier avería de un electrodoméstico con un simple destornillador, y por el pollón que gastaba arreglarle aún al cuerpo con un mete y saca.

El hombre había venido para echarle un vistazo al televisor, y por lo tiesa que la tenía debió de darle algún chispazo, pasarle la corriente al meter los dedos en algún cable o circuito.

Yo tampoco puedo predicar con el ejemplo, pues también acabé tocando lo que no debía tocar. Así pues, perdí la vergüenza, las maneras y el control.

Me eché sobre la verga como enloquecida, la tomé con ambas manos, la estrujé como si quisiera extraerle el zumo, y empecé a besarle el capullo.

La agité como una coctelera, lo medí con la lengua, la lamí y la chupé, la introduje en la boca y la succioné. Me agarré de la boca y la agarré, y la agarré con la lengua.

Lo trogué toda entera, recta y de canto, y cuando yo había parado de crecer a lo largo y a lo ancho, la escupí para poder metérmela en la raja.

Me levanté la falda, me quité las bragas y abrí las piernas hasta que sentí una terrible punzada en las ingles, tenía los músculos muy tensos, endurecidos, petificados ante lo que les aguardaba.

Primero, puso la mano en el chumino, lo carició y no tardó mucho en retirarla al comprobar lo caliente que estaba. El luego se echó sobre mí y la introdujo con lentitud, muy suavemente hasta el fondo.

Tenía los labios del coño tan húmedos, lubrificados y pegajosos que se enganchaban aquel trozo de carne como si hubieran estado impregnados de pegamento.

Por el contrario, mi boca estaba cartonada, reseca por mi aliento y por la lengua de él. Gozaba tanto, pero también sufría. Me dolía el chocho como si me estuvieran desvigando de nuevo.

Aquel corajo se abría paso rozando las paredes de mi vagina. Me taladraba, me perforaba y no iba a parar hasta destrozarme por dentro. Me puso tan cachonda que empecé a rebuldnar como una burra, sin importarme que pudieran oírme los vecinos, gritar y de dolor, pues aquel bestia estaba dispuesto a pastirme en dos mientras me agarraba las tetas y me las mordía como si fueran frutas maduras.

Aquella polla entraba y salía con dificultad, aunque a un ritmo cada vez más acelerado, sin temer la corrida, pues Pedro estaba seguro de que sus fuerzas y podía hacer durar aquello tanto como ambos quisiéramos.

Así fue en efecto. Me la estuvo metiendo durante horas, introduciéndomela sin cambiar de postura, hasta que miré el reloj y me di cuenta de que mi marido no tardaría mucho en regresar del trabajo.

Me puse tan chocada que me puse en un rato de un rato de un rato del chufa y me advertí de ello, de que teníamos que acabar ya por lo que la sacó y me la puso nuevamente frente a la boca, me la volví a tragar y a chupar, la chupé y la chupé hasta que descargó todo el semen que debí, como si se tratara de horchata de chufa.

Mi marido entró en casa poco después, nos pilló en el comedor, nos envió a la casa Pedro toqueteando en los circuitos del televisor y a mí dándome palique.

Nunca sospechó que le acababa de poner los cuernos, ni cuando me la metió por la noche y comprobó que mi coño estaba más dilatado que de costumbre.

Su polla bailaba en su interior y por mucho que lo intentaba, las paredes de mi vagina no podían aprisionarla. Me preguntó a qué se debía. Me hice la tonta y le pedí que conviara de agujero, es decir, que me la metiera por el culo.

📝 Tu nota privada

Ver todos los relatos →

Relatos similares

Ver todos los relatos →

Atajos del teclado

Espacio
Reproducir / pausar
Retroceder 10 segundos
Avanzar 30 segundos
T
Modo trabajo
?
Mostrar este panel
Esc
Cerrar este panel

Y un secreto: ↑↑↓↓←→←→BA