Quiero mucho a mi marido, lo amo con locura, y nunca le pondría los cuernos de un modo
premeditado, aunque le he sido infiel un par de veces, y no estoy muy orgullosa de
ello.
El pobre no se lo merece, y si bien las pollas que me comí sí valían la pena,
especialmente la última, gruesa, dura, venosa, y más larga que una comida familiar.
Una
no es de piedra, y cuando abrí la puerta del lavabo de casa y vi a Pedro meando por
accidente me derretí como un helado en agosto.
No sabía que el mejor amigo de mi marido
estuviera en casa, y mucho menos que su picha fuera tan apetitosa.
De haberlo sabido, me
habría quitado las bragas en el ascensor, la falda en el pasillo y el resto de la ropa
antes de cruzar la puerta, pero por como abrí los ojos y la cara de besú se me debió poner,
debió precatarse de que me gustaba lo que estaba viendo, aunque ambos disimulamos para
quitar importancia a ese encuentro casual.
Pedro es un auténtico manitas, un tío capaz
de reparar cualquier avería de un electrodoméstico con un simple destornillador, y por el pollón
que gastaba arreglarle aún al cuerpo con un mete y saca.
El hombre había venido para
echarle un vistazo al televisor, y por lo tiesa que la tenía debió de darle algún
chispazo, pasarle la corriente al meter los dedos en algún cable o circuito.
Yo tampoco
puedo predicar con el ejemplo, pues también acabé tocando lo que no debía tocar.
Así
pues, perdí la vergüenza, las maneras y el control.
Me eché sobre la verga como enloquecida,
la tomé con ambas manos, la estrujé como si quisiera extraerle el zumo, y empecé a
besarle el capullo.
La agité como una coctelera, lo medí con la lengua, la lamí y la chupé,
la introduje en la boca y la succioné.
Me agarré de la boca y la agarré, y la agarré
con la lengua.
Lo trogué toda entera, recta y de canto, y cuando yo había parado de crecer
a lo largo y a lo ancho, la escupí para poder metérmela en la raja.
Me levanté la falda,
me quité las bragas y abrí las piernas hasta que sentí una terrible punzada en las ingles,
tenía los músculos muy tensos, endurecidos, petificados ante lo que les aguardaba.
Primero,
puso la mano en el chumino, lo carició y no tardó mucho en retirarla al comprobar
lo caliente que estaba.
El luego se echó sobre mí y la introdujo con lentitud, muy
suavemente hasta el fondo.
Tenía los labios del coño tan húmedos, lubrificados y pegajosos
que se enganchaban aquel trozo de carne como si hubieran estado impregnados de pegamento.
Por el contrario, mi boca estaba cartonada, reseca por mi aliento y por la lengua de él.
Gozaba tanto, pero también sufría.
Me dolía el chocho como si me estuvieran desvigando
de nuevo.
Aquel corajo se abría paso rozando las paredes de mi vagina.
Me taladraba, me
perforaba y no iba a parar hasta destrozarme por dentro.
Me puso tan cachonda que empecé
a rebuldnar como una burra, sin importarme que pudieran oírme los vecinos, gritar y
de dolor, pues aquel bestia estaba dispuesto a pastirme en dos mientras me agarraba las
tetas y me las mordía como si fueran frutas maduras.
Aquella polla entraba y salía con
dificultad, aunque a un ritmo cada vez más acelerado, sin temer la corrida, pues Pedro
estaba seguro de que sus fuerzas y podía hacer durar aquello tanto como ambos quisiéramos.
Así fue en efecto.
Me la estuvo metiendo durante horas, introduciéndomela sin cambiar
de postura, hasta que miré el reloj y me di cuenta de que mi marido no tardaría mucho
en regresar del trabajo.
Me puse tan chocada que me puse en un rato de un rato de un rato
del chufa y me advertí de ello, de que teníamos que acabar ya por lo que la sacó y me la
puso nuevamente frente a la boca, me la volví a tragar y a chupar, la chupé y la chupé
hasta que descargó todo el semen que debí, como si se tratara de horchata de chufa.
Mi marido entró en casa poco después, nos pilló en el comedor, nos envió a la casa
Pedro toqueteando en los circuitos del televisor y a mí dándome palique.
Nunca sospechó
que le acababa de poner los cuernos, ni cuando me la metió por la noche y comprobó que
mi coño estaba más dilatado que de costumbre.
Su polla bailaba en su interior y por mucho
que lo intentaba, las paredes de mi vagina no podían aprisionarla.
Me preguntó a qué
se debía.
Me hice la tonta y le pedí que conviara de agujero, es decir, que me la
metiera por el culo.