Francisco es un tipo estupendo.
Tiene cara de bruto, un sentido del humor un tanto rural,
una espalda como un armario empotrado y los brazos de un campeón de culturismo.
Si le
pusieras un saco en la cabeza, podrías ganar el primer premio en cualquier concurso de tío
bueno.
Tampoco es que tenga la cara como para protagonizar un film de terror.
No le faltan
las orejas, no es tuerto ni cejijunto y el cierre, el resto de los rasgos los tiene en su sitio.
El tipo no es muy agraciado, aunque tenga una percha que merezca un buen revolcón.
Posea un
cuerpazo que roza la perfección.
Podría hablar horas y horas de ese amasijo de músculos, de sus
abdominales fibrosos sobre sus hombros, su espalda, su culito prieto y respingón.
Cada vez que recuerdo
su anatomía, me pongo cachonda.
Muy pero que muy cachonda.
Uf, ya lo ves, estoy más salida que un
balcón.
Tanto que acabo de poner mi mano sobre el felpudo para sacarle brillo con dulzura.
Mientras
pienso en Francisco.
Como siga hablando de él, tendré que hacerme una paja.
Meterme los deditos
en la hendidura y acariciarme el clítoris hasta sacarle punta.
He de reconocer que está muy bueno.
Que si no fuera por su cara de bruto, tendría que sacarse a las chicas de encima como si fueran
moscas.
De todos los atributos de su físico que merecen un poco de atención, hay uno que destaca
por encima de los demás y que guarda celosamente bajo los pantalones.
Tiene un paquete que yo les
gustaría más de una funcionaria de correos ponerle un par de sellos y enviarlo a su casa.
No estoy
exagerando, eh.
Francisco tiene un miembro que deja bizcos a quienes lo contemplan.
Que hace saltar
las lágrimas de dolor y alegría cuando entra en tu vagina.
Es un polo de carne a lo que muchas les
gustaría lamer y lo amasar hasta lograr fundirlo en la lengua.
Y es tan grueso y largo que da miedo
metérselo entero en la boca en el caso de que una pueda conseguirlo, claro.
A pesar de estar bien
dotado, el muchacho es modesto y nunca habla de sus veintitantos centímetros de masculinidad delante
de sus amigos.
Como si le avergonzara estar tan bien dotado.
Otros, los reyes de la bravata y la
exageración, siempre van alardeando por ahí de ser unos auténticos sementales que tienen un cañón
entre las piernas y otras tonterías por el estilo.
Cuando más de una sabe que son un fraude en la cama
y su pene da pena.
Francisco, temeroso de que puedan adivinar sus medidas, siempre viste con
pantalones muy holgados, un par de tallas por encima de la suya como mínimo.
Odia ir marcando
el paquete.
Como si temiera que sus amigos y amigas descubrieran su gran secreto o le pusiera
violento que alguna chica pudiera clavar la vista en la cremallera del pantalón para fantasear sobre
el tesoro que alberga en sus calzoncillos.
Puede que aún no sepa que a nosotras nos chiflan los
penes largos y gruesos de aquellos que aparecen en las películas porno.
Me río yo de los debates
de televisión en los que la sexóloga de turno trata de tranquilizar a la población masculina
con la estupidez de que a las mujeres no les importa el tamaño.
Eso es una chorrada.
Estamos
de acuerdo que una pistola por grande que sea su calibre no sirve de nada si el tipo que la empuña
no tiene puntería.
Tampoco necesitamos un prodigio de la naturaleza para alcanzar el orgasmo y que
con unos buenos lengüetazos donde se tienen que dar nos corremos de gusto.
De todos modos,
si nos dan la oportunidad de elegir la preferimos gorda y larga, a pequeña, delgada, aunque
juguetona.
De todos modos, las medidas europeas tampoco nos entusiasman, alegran la vista,
pero no sirven para un coito placentero.
Volviendo con Francisco, no me imaginaba que con lo que
tenía entre las piernas no era corriente y si lo era sobrepasaba con creces los 220 voltios.
He
de confesar que el día en que conseguí llevármelo al huerto pensé que me había tocado la lotería
sexual.
Cada vez que recuerdo lo bien que me lo pasé con él me suda cierta cosita y tengo
que meterme los deditos para calmarme.
Dejo a que haga una pequeña pausa.
Cual de comer al conejito que pase mi pulgar por su boca lo introduzca.
¡Qué gusto!
¡Qué bueno!
¡Cómo me gusta pajearme a la salud de Francisco!
Como te iba diciendo, aquella noche coincidimos los dos en una cena entre varios amigos.
Ay, yo me las ingenié para sentarme a su lado.
Todos propusieron ir a bailar después de los
postres, los cafés y la cuenta.
Él propuso cara de póker y aceptó democráticamente la decisión
de la mayoría, si bien no le seducía demasiado ir a sudar a la discoteca.
Yo tenía otros planes
para que sudara lo suyo, pero bailando de otro modo, de forma horizontal y de ser posible con
mí.
Lo comencé para que me llevara a casa en su coche con la argucia, lo que tenía que madrugar
el día siguiente, pues tenía un compromiso familiar de esos que te amargan aún el fin de
semana.
Una vez en el portal del edificio en el que vivo lo invité a subir a mi piso.
No tuve
que gastar mucha saliva.
Enseguida me acompañó a casa.
Se notaba que el muchacho estaba un poco
salidillo y que no mojaba ya hacía bastante tiempo.
Después de traspasar el umbral de la
puerta, como no quería perder demasiado el tiempo, le detuve en pleno recibidor y le volqué encima
un jarrón sin queriendo, es decir, adrede, pero disimulando y con la intención de empaparle los
pantalones, yo que buscaba una buena excusa para bajárselos.
El tipo se murió de vergüenza cuando
le propuse que se los quitara para que pudiera meterlos en la secadora.
Esta vez me costó un
poco más persuadirle, pero una vez en calzoncillos me lancé sobre su bulto y me puse de rodillas,
metí la mano por el slip y agarré su picha para metérmela en la boca.
Posé la lengua a lo largo de todo aquel portento y se lo dejé lleno de saliva.
Lo saboreé durante un buen rato y conseguí quellacular en mi garganta.
¡Mmm, cua rica estaba su leche!
Y qué húmeda me pongo cuando pienso en el cipote de Francisco.
Después de correrse, el tipo se quedó quieto y mudo como una estatua.
No quería más que una
simple mamada y me puse a jugar con su pene y a agitarlo hasta que, meneo tras meneo,
recuperó la erección de hace unos minutos.
Cuando ya la tenía bien tiesa,
me desabroché el vestido y lo dejé caer al suelo.
Lancé al aire las bragas y el
sujetador y me quedé como vine el mundo.
Soparé las piernas, le agarré la minga y la puse en
entrada en mi almeja.
La pedí que empujara y no tuvo que esforzarse demasiado para llegar
hasta el fondo de mis entrañas.
Una vez la sentí toda dentro, empecé a mover el culo como si bailara
una samba.
Aquella maravilla fue entrando y saliendo cada vez más rápido.
Y allí, de pie,
en pleno recibidor, Francisco volvió a irse, mientras yo ronéaba como una gatita.
He de confesar
que alcancé un par de orgasmos durante el coito, que fue corto pero muy intenso.
Y como no hay dos
sin tres, sólo volví a chupar y la volví a poner dura, para introducirme nuevamente la raja.
Reanudé los movimientos y sólo paré cuando me percaté lo que sus sueños resbalaba por mis
piernas.
Todo eso ocurría antes de llegar al dormitorio.
Una vez llegamos allí, nos echamos
sobre la cama.
Y al estar mucho más cómodos, el folleteo fue mucho más intenso y mejor.
Pues
Francisco tardaba mucho más tiempo en correr sin cada nuevo asalto.
Y lo cierto es que el combate
duró toda la noche y buena parte del día siguiente.
Le chocó que a las 10 de la mañana
no me levantara de la cama, me vistiera apresuradamente y saliera a la calle.
Pues la
noche anterior les dije a todos mis amigos que no podía trasnochar porque el domingo debía
demadrugar para ir a ver a unos parientes que vivían fuera de la ciudad.
Él, muy extrañado,
me preguntó por la familia y yo le respondí con una amplia sonrisa.
Bien, gracias.