Dice mi madre que siempre he tenido un don natural para el trato social.
No me
cuesta hacer amigos y suelo caer bien a toda la gente que me presentan.
Sin
embargo, eso no ayuda a la hora de encontrar una pareja estable.
Todos los
hombres con los que he estado apenas me han durado un mes y siempre hemos
terminado nuestras historias a base de gritos y peleas.
Suerte que lo mío no era un caso único.
En el trabajo conocía a un chico que se
llamaba Alberto con el que mantenía una relación amistosa, muy intensa y cordial.
Alberto le pasaba con las chicas lo que amico los chicos.
Para ellas él era un
buen amigo, pero nada más.
Además había logrado mantener dos
relaciones en sus 30 años de vida y en ambos casos el pobre terminó con el
corazón partido.
Teníamos bastante en común.
En cuanto salimos de trabajar
nos enfrascábamos en intensas conversaciones.
Siempre hablábamos de
relaciones de pareja, de sexo, de mujeres y hombres.
Bueno, ya sabéis, ese tipo de
cosas.
Alberto era muy acomplejado.
Su lista de complejos no terminaba nunca.
Que si estaba gordo, que si era bajito, que si tenía las orejas grandes o los ojos
altos, que se andaba como un pato.
Pobre muchacho.
Muchas veces estando sola en el
metro o incluso en mi cuarto, pensaba en él y me preguntaba cómo podía una
persona así levantarse cada mañana con el suficiente ánimo como para afrontar
lo que iba a ser un día repleto de miedos, dudas, sin sabores y decepciones.
Pero Alberto lo lograba.
Siempre tenía algo bonito que decirme y su entusiasmo
era del todo contagioso.
La cosa se mantuvo serena hasta un día que
comenzamos a hablar de genitales y tamaños.
Como era de esperar, Alberto me
confesó que otro de sus complejos hacía referencia al tamaño de su pene.
Decía
que lo tenía demasiado pequeño y que se sentía ridículo incluso cuando iba a
orinar y se lo tenía que ver.
Lo intenté animar un poco, soltándole el habitual
registra de mentiras que las mujeres solemos decir en esos casos.
Ya sabéis, el
tamaño no importa, importa más cómo lo manejes.
El físico no es importante, la
belleza es algo interior y todas esas chorradas.
Pero no hizo efecto.
Alberto
seguía en sus treces y me pidió si estaría dispuesta a darle un veredicto
sobre el tamaño de su sexo.
Recuerdo que me puse colorada y me negué en redondo.
Incluso fui un tanto brusca con él y lo mandé a paseo.
Esa noche apenas pude
dormir pensando en el daño emocional que seguramente le había causado.
Y es que
aunque no lo haya dicho hasta ahora, Alberto era también extremadamente
sensible.
Así que el día siguiente decidí armarme de valor y pedirle que si aún
quería me enseñara su pene para poder juzgar.
Naturalmente le iba a mentir, pero
si tan importante era para él, mi opinión, no sé por qué se molestaba.
En
realidad tendría que tomármelo como un cumplido.
Después de la jornada laboral
entramos en el lavabo de una cafetería próxima y dicho y hecho, Alberto me la
enseñó.
¿Qué os puedo decir?
Su polla era sencillamente ridícula, muy pequeña,
más incluso de lo que me hubiera podido imaginar.
Pero naturalmente no se lo dije.
Le comenté que vale, que no era una verga, no era la más grande que había visto en
mi vida, pero bueno, tampoco estaba mal después de todo.
Creo que Alberto se
quedó bastante contento después de aquello, así que decidimos tomar unas
copas para celebrarlo.
Llegada la noche cerré la radio y me estiré en la cama
dispuesta a coger el sueño, cuando súbitamente la imagen de Alberto sujetando
su rabo entre los dedos me vino a la mente.
Procuré deshacerme de ella y cerré
los ojos con fuerza, pero una vez más Alberto y su pene aparecieron delante de
mis ojos, lo que contribuyó a que me pusiera bastante cachonda.
No quería
reconocerlo, pero estaba muy excitada, así que tras intentar autoconvencerme
totalmente en vano de lo que era un hecho, colé la mano por debajo de las
bragas y me masturbé.
Con el dedo índice acaricé mi sexo lo suficiente hasta
correrme y lo hice desesperada, hijadeando como una loca histérica.
Para
cuando mi padre entró en la habitación alertado por los gritos, yo ya fingía
estar profundamente dormida y extremadamente satisfecha.
La mañana del día siguiente era la de un sábado soleado, me acababa de vestir
cuando sonó el teléfono.
Mi madre lo cogió y me avisó de que se trataba de
Alberto.
Al oír su nombre me vino una extraña sensación de remordimiento y de
alegría al mismo tiempo, no sé, corrí a atender su llamada.
Alberto me comentó
que la experiencia del viernes pasado en la cafetería no había sido tan
satisfactoria como yo pensaba.
Insistió en que teníamos que volver a
vernos y aunque me tenía lo peor accedía a citarnos esa misma tarde en su
apartamento.
Sentados en el sofá mi amigo me explicó que el pene que yo había
visto el viernes era el pene flácido de Alberto, pero insistió en que erecto su
sexo ganaba unos puntos.
Una vez más le dije que no era
necesaria una demostración, pero ni tan siquiera me escuchó, se puso de pie, tiró
de su bragueta hacia abajo y sacó de nuevo aquel rabo que ya incluso comenzaba
a resultarme familiar.
Lo que no me esperaba es que Alberto se lo fuera a
sacudir de forma insistente y éste comenzará a crecer formando una erección.
Aquello pasó de ser divertido a ser violento.
No sabía dónde mirar, tenía
miedo y a la par me moría por ver aquello y ser participe del acto, vamos.
Alberto terminó la faena y se mostró su sexo así totalmente erguido y duro.
El holandés se movía por debajo de un pellejo tensado hacia atrás y los testículos
peludos y de diferente tamaño caían colgando inexorablemente entre sus
piernas.
Él esperaba una opinión, pero yo estaba demasiado centrada mirándole los
genitales como para contestar a su pregunta.
No nos engañemos, a pesar de la
erección el pene de mi amigo seguía siendo ridículo.
Quizá un poco menos,
pero ridículo al fin y al cabo.
Aún así no podía apartar la mirada de él.
Alberto repetía una y otra vez mi nombre esperando que dijera algo, pero el deseo
secreto de follar con él terminó aflorando.
Me puse de pie y en un tiempo
récord me deshice de mi ropa.
Yo también tengo complejos, no os creáis, pero
teniendo delante a alguien como Alberto por comparación la cosa no resultaba
tan terrible.
Él se acabó de quitar la ropa que cubría su orondo cuerpo y
ambos nos quedamos frente a frente totalmente desnudos.
El paralelismo entre
nuestros cuerpos únicamente lo rompía su pequeña polla tiesa.
Me llevé las
manos a las tetas y comencé a pillizcarme los pezones con los dedos.
Es una cosa que me encanta.
Produce un cosquilleo que se expande por el resto
del esqueleto y teriza los pelos.
Alberto, sonriente, regresó sin pensarlo a sus
actividades manuales, sacudiéndose la una y otra vez, puesto que veía que
aquello podía terminar desfalleciendo si no nos dábamos prisa, me estiré en el
sofá y directamente se paré las piernas.
Le pedí a Alberto que introdujera su
pequeño sexo dentro de mí, pero el chico comenzó a tener toda clase de
miedo e inseguridades.
Se excusó de antemano, alegando que no era ningún
experto en las artes del amor y bla bla bla.
Al final me puse borde y de mala
manera les pete que me dejara de rollos y se metiera su polla dentro de mi coño.
Menos mal que el esfuerzo no fue inútil.
Se aproximó a mí y palpó con la punta
de su verga la zona de mi vagina, buscando una abertura o un indicativo de
por dónde tenía que entrar aquello.
Tuve que echarle una mano porque si no el
asunto iba a largarse eternamente.
Agarré el rabo con mis dedos y lo empujé en
dirección al lugar al que debía ir.
Una vez dentro, Alberto se situó encima mío,
siempre excusándose de todo lo excusable, pero decidí ignorarle en ese sentido
porque de otra manera hubiera acabado asesinándole.
La cosa empezó a animarse.
Cuando rodeé su grueso cuello con mis brazos y pasé las palmas de las manos
por su peluda espalda, Alberto inició el mete y saca torpemente como era de
prever, pero no exento de jadeos y de unos primeros sudores.
Aunque tardó por
fin, sentí las primeras descargas entre las piernas.
Bien, se había hecho esperar, pero valió la pena.
No digo que el morbo prepolvo
esté mal, pero claro, no hay nada como el verdadero casquete en sí mismo.
Cerré los ojos dispuesta a disfrutar y gemí.
Besé a Alberto con mucha pasión.
Mis brazos dejaron de rodear el cuello y se aferraron a la cintura.
El placer
invadió nuestros cuerpos imperfectos.
El continuo fregamiento de ambos sexos en
una apasionada penetración nos estaba volviendo locos de placer.
A ratos nos
dedicábamos húmedos besos que lo incrementaban.
Alberto en una ocasión me
confesó haber practicado únicamente el beso con lengua y en ese instante pude
comprobarlo.
El chico era un verdadero experto infiltrándose en bocas ajenas,
retorciendo su lengua junto a la mía, formando ardientes nudos de saliva que
no terminaban nunca.
Mientras eso ocurría arriba y abajo, las cosas no eran muy
distintas.
Las paredes de mi coño estaban embriagadas por el calor que
desprendía aquel pequeño pero inflamado músculo que entraba y salía de forma
algo torpona.
Comenzamos a gemir desmesuradamente.
Alberto me avisó de que
sentía un cosquilleo que le recorría el cuerpo en dirección a la punta del sexo.
Le pedí que lo echar afuera, pero claro, una vez más su mala pata se la jugó y no
tuvo tiempo de echar la marcha atrás.
Ambos nos corrimos sonoramente, apretando
un cuerpo contra el otro y dejándonos abrazar por la inexplicable y dulce
sensación del orgasmo.
Una vez repuestos, no pude evitar echarle una bronca de mil
demonios, pero no sirvió para nada.
Una vez más aquella noche no pude dormir,
atacada por los remundimientos y sus recuerdos.
Actualmente, Alberto y yo
vivimos juntos y tenemos un hijo de dos años.
Aunque ha costado que aprendiera,
hoy nuestras relaciones sexuales son un poco menos toscas que las de nuestra
primera etapa.
Y por supuesto, continuó engañándole respecto a las medidas de
su sexo.
Algunas personas no cambian nunca.