Relatos Hablados

Mi amigo friki me pone cachonda

0:00 / 11:47

Mi amigo Alberto es el típico friky: bajo, gordo y acomplejado por el minúsculo tamaño de su polla. ¡Su polla es ridícula!. Yo, sin embargo, estoy bastante buena, así que en principio no encuentro ningún motivo para que un hombre así me pueda poner cachonda y acabe follando con él, pero sucedió.

Mi amigo Alberto es el típico friky: bajo, gordo y acomplejado por el minúsculo tamaño de su polla

37 escuchas

Voz por BellaPerrix
📜 Ver transcripción (se sincroniza con el audio)

Dice mi madre que siempre he tenido un don natural para el trato social. No me cuesta hacer amigos y suelo caer bien a toda la gente que me presentan.

Sin embargo, eso no ayuda a la hora de encontrar una pareja estable. Todos los hombres con los que he estado apenas me han durado un mes y siempre hemos terminado nuestras historias a base de gritos y peleas.

Suerte que lo mío no era un caso único. En el trabajo conocía a un chico que se llamaba Alberto con el que mantenía una relación amistosa, muy intensa y cordial.

Alberto le pasaba con las chicas lo que amico los chicos. Para ellas él era un buen amigo, pero nada más. Además había logrado mantener dos relaciones en sus 30 años de vida y en ambos casos el pobre terminó con el corazón partido.

Teníamos bastante en común. En cuanto salimos de trabajar nos enfrascábamos en intensas conversaciones. Siempre hablábamos de relaciones de pareja, de sexo, de mujeres y hombres.

Bueno, ya sabéis, ese tipo de cosas. Alberto era muy acomplejado. Su lista de complejos no terminaba nunca. Que si estaba gordo, que si era bajito, que si tenía las orejas grandes o los ojos altos, que se andaba como un pato.

Pobre muchacho. Muchas veces estando sola en el metro o incluso en mi cuarto, pensaba en él y me preguntaba cómo podía una persona así levantarse cada mañana con el suficiente ánimo como para afrontar lo que iba a ser un día repleto de miedos, dudas, sin sabores y decepciones.

Pero Alberto lo lograba. Siempre tenía algo bonito que decirme y su entusiasmo era del todo contagioso. La cosa se mantuvo serena hasta un día que comenzamos a hablar de genitales y tamaños.

Como era de esperar, Alberto me confesó que otro de sus complejos hacía referencia al tamaño de su pene. Decía que lo tenía demasiado pequeño y que se sentía ridículo incluso cuando iba a orinar y se lo tenía que ver.

Lo intenté animar un poco, soltándole el habitual registra de mentiras que las mujeres solemos decir en esos casos. Ya sabéis, el tamaño no importa, importa más cómo lo manejes.

El físico no es importante, la belleza es algo interior y todas esas chorradas. Pero no hizo efecto. Alberto seguía en sus treces y me pidió si estaría dispuesta a darle un veredicto sobre el tamaño de su sexo.

Recuerdo que me puse colorada y me negué en redondo. Incluso fui un tanto brusca con él y lo mandé a paseo. Esa noche apenas pude dormir pensando en el daño emocional que seguramente le había causado.

Y es que aunque no lo haya dicho hasta ahora, Alberto era también extremadamente sensible. Así que el día siguiente decidí armarme de valor y pedirle que si aún quería me enseñara su pene para poder juzgar.

Naturalmente le iba a mentir, pero si tan importante era para él, mi opinión, no sé por qué se molestaba. En realidad tendría que tomármelo como un cumplido.

Después de la jornada laboral entramos en el lavabo de una cafetería próxima y dicho y hecho, Alberto me la enseñó. ¿Qué os puedo decir? Su polla era sencillamente ridícula, muy pequeña, más incluso de lo que me hubiera podido imaginar.

Pero naturalmente no se lo dije. Le comenté que vale, que no era una verga, no era la más grande que había visto en mi vida, pero bueno, tampoco estaba mal después de todo.

Creo que Alberto se quedó bastante contento después de aquello, así que decidimos tomar unas copas para celebrarlo. Llegada la noche cerré la radio y me estiré en la cama dispuesta a coger el sueño, cuando súbitamente la imagen de Alberto sujetando su rabo entre los dedos me vino a la mente.

Procuré deshacerme de ella y cerré los ojos con fuerza, pero una vez más Alberto y su pene aparecieron delante de mis ojos, lo que contribuyó a que me pusiera bastante cachonda.

No quería reconocerlo, pero estaba muy excitada, así que tras intentar autoconvencerme totalmente en vano de lo que era un hecho, colé la mano por debajo de las bragas y me masturbé.

Con el dedo índice acaricé mi sexo lo suficiente hasta correrme y lo hice desesperada, hijadeando como una loca histérica. Para cuando mi padre entró en la habitación alertado por los gritos, yo ya fingía estar profundamente dormida y extremadamente satisfecha.

La mañana del día siguiente era la de un sábado soleado, me acababa de vestir cuando sonó el teléfono. Mi madre lo cogió y me avisó de que se trataba de Alberto.

Al oír su nombre me vino una extraña sensación de remordimiento y de alegría al mismo tiempo, no sé, corrí a atender su llamada. Alberto me comentó que la experiencia del viernes pasado en la cafetería no había sido tan satisfactoria como yo pensaba.

Insistió en que teníamos que volver a vernos y aunque me tenía lo peor accedía a citarnos esa misma tarde en su apartamento. Sentados en el sofá mi amigo me explicó que el pene que yo había visto el viernes era el pene flácido de Alberto, pero insistió en que erecto su sexo ganaba unos puntos.

Una vez más le dije que no era necesaria una demostración, pero ni tan siquiera me escuchó, se puso de pie, tiró de su bragueta hacia abajo y sacó de nuevo aquel rabo que ya incluso comenzaba a resultarme familiar.

Lo que no me esperaba es que Alberto se lo fuera a sacudir de forma insistente y éste comenzará a crecer formando una erección. Aquello pasó de ser divertido a ser violento.

No sabía dónde mirar, tenía miedo y a la par me moría por ver aquello y ser participe del acto, vamos. Alberto terminó la faena y se mostró su sexo así totalmente erguido y duro.

El holandés se movía por debajo de un pellejo tensado hacia atrás y los testículos peludos y de diferente tamaño caían colgando inexorablemente entre sus piernas.

Él esperaba una opinión, pero yo estaba demasiado centrada mirándole los genitales como para contestar a su pregunta. No nos engañemos, a pesar de la erección el pene de mi amigo seguía siendo ridículo.

Quizá un poco menos, pero ridículo al fin y al cabo. Aún así no podía apartar la mirada de él. Alberto repetía una y otra vez mi nombre esperando que dijera algo, pero el deseo secreto de follar con él terminó aflorando.

Me puse de pie y en un tiempo récord me deshice de mi ropa. Yo también tengo complejos, no os creáis, pero teniendo delante a alguien como Alberto por comparación la cosa no resultaba tan terrible.

Él se acabó de quitar la ropa que cubría su orondo cuerpo y ambos nos quedamos frente a frente totalmente desnudos. El paralelismo entre nuestros cuerpos únicamente lo rompía su pequeña polla tiesa.

Me llevé las manos a las tetas y comencé a pillizcarme los pezones con los dedos. Es una cosa que me encanta. Produce un cosquilleo que se expande por el resto del esqueleto y teriza los pelos.

Alberto, sonriente, regresó sin pensarlo a sus actividades manuales, sacudiéndose la una y otra vez, puesto que veía que aquello podía terminar desfalleciendo si no nos dábamos prisa, me estiré en el sofá y directamente se paré las piernas.

Le pedí a Alberto que introdujera su pequeño sexo dentro de mí, pero el chico comenzó a tener toda clase de miedo e inseguridades. Se excusó de antemano, alegando que no era ningún experto en las artes del amor y bla bla bla.

Al final me puse borde y de mala manera les pete que me dejara de rollos y se metiera su polla dentro de mi coño. Menos mal que el esfuerzo no fue inútil.

Se aproximó a mí y palpó con la punta de su verga la zona de mi vagina, buscando una abertura o un indicativo de por dónde tenía que entrar aquello.

Tuve que echarle una mano porque si no el asunto iba a largarse eternamente. Agarré el rabo con mis dedos y lo empujé en dirección al lugar al que debía ir.

Una vez dentro, Alberto se situó encima mío, siempre excusándose de todo lo excusable, pero decidí ignorarle en ese sentido porque de otra manera hubiera acabado asesinándole.

La cosa empezó a animarse. Cuando rodeé su grueso cuello con mis brazos y pasé las palmas de las manos por su peluda espalda, Alberto inició el mete y saca torpemente como era de prever, pero no exento de jadeos y de unos primeros sudores.

Aunque tardó por fin, sentí las primeras descargas entre las piernas. Bien, se había hecho esperar, pero valió la pena. No digo que el morbo prepolvo esté mal, pero claro, no hay nada como el verdadero casquete en sí mismo.

Cerré los ojos dispuesta a disfrutar y gemí. Besé a Alberto con mucha pasión. Mis brazos dejaron de rodear el cuello y se aferraron a la cintura.

El placer invadió nuestros cuerpos imperfectos. El continuo fregamiento de ambos sexos en una apasionada penetración nos estaba volviendo locos de placer.

A ratos nos dedicábamos húmedos besos que lo incrementaban. Alberto en una ocasión me confesó haber practicado únicamente el beso con lengua y en ese instante pude comprobarlo.

El chico era un verdadero experto infiltrándose en bocas ajenas, retorciendo su lengua junto a la mía, formando ardientes nudos de saliva que no terminaban nunca.

Mientras eso ocurría arriba y abajo, las cosas no eran muy distintas. Las paredes de mi coño estaban embriagadas por el calor que desprendía aquel pequeño pero inflamado músculo que entraba y salía de forma algo torpona.

Comenzamos a gemir desmesuradamente. Alberto me avisó de que sentía un cosquilleo que le recorría el cuerpo en dirección a la punta del sexo.

Le pedí que lo echar afuera, pero claro, una vez más su mala pata se la jugó y no tuvo tiempo de echar la marcha atrás. Ambos nos corrimos sonoramente, apretando un cuerpo contra el otro y dejándonos abrazar por la inexplicable y dulce sensación del orgasmo.

Una vez repuestos, no pude evitar echarle una bronca de mil demonios, pero no sirvió para nada. Una vez más aquella noche no pude dormir, atacada por los remundimientos y sus recuerdos.

Actualmente, Alberto y yo vivimos juntos y tenemos un hijo de dos años. Aunque ha costado que aprendiera, hoy nuestras relaciones sexuales son un poco menos toscas que las de nuestra primera etapa. Y por supuesto, continuó engañándole respecto a las medidas de su sexo. Algunas personas no cambian nunca.

📝 Tu nota privada

Ver todos los relatos →

Relatos similares

Ver todos los relatos →

Atajos del teclado

Espacio
Reproducir / pausar
Retroceder 10 segundos
Avanzar 30 segundos
T
Modo trabajo
?
Mostrar este panel
Esc
Cerrar este panel

Y un secreto: ↑↑↓↓←→←→BA