Juan y Miguel son un par de amigos con los que tengo mucha confianza.
Ambos son un par
de tarambanas, una pareja de solterones calaveras que no piensan nada más que enjoder y sin
comprometerse con las muchachas.
He de reconocer que yo estoy igual, una guarrona que se perra
por las cigalas con pelos y que no quiere ni oír hablar de matrimonio.
Ninguno de los
tres tiene pareja estable y nuestros respectivos amoríos duran menos que un jersey de marca
en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes.
Vivimos en el mismo edificio y
siempre coincidimos en el ascensor.
Allí empezamos a entablar amistad, subiendo y bajando
al mediodía y hablando del tiempo.
Luego, con los meses nos fuimos haciendo más amigos,
con lo que empezamos a comentar nuestros amoríos, pero nunca habíamos ido más allá.
No sé
por qué.
Es cierto que cuesta llegar a algo más cuando crees que conoces demasiado a alguien,
aunque también que las apariencias engañan y aquellos conquistadores hablaban mucho,
pero ligaban poco.
He de reconocer que ese par de tunantes me ponía en cachonda, abren
mi apetito venéreo y la almeja de para en par desde el primer día que les eché el ojo
encima.
Están buenísimos.
Son un bombón y un cebo para todas las tontas que se trajinan.
Yo, modestia parte, no estoy nada mal y sé que siempre les he gustado y aunque ellos nunca
me lo confiesen, estoy segura de que se han pajeado en mi honor en más de una ocasión.
Yo sí que lo he hecho a su salud.
Más de una noche de verano, de insomnio y de calor,
al estirarme sobre la cama, me abro de piernas, paso la mano por el coño, cierro los ojos,
pienso en lo gorda que la tienen, pongo el dedo sobre la pepita y me corro pronunciando
sus nombres.
Siempre me he dado cuenta de que me desean, me comen con los ojos, me desnudan
con la mirada y me follan con las pupilas.
Tantas ganas me tienen que nunca se hubieran
atrevido a decírmelo abiertamente si yo no doy el primer paso.
Algo que hice la una semana,
el viernes pasado para ser más exacta.
Le pedí a Juan que me invitara a su casa, pues el canal
plus había programado una película de terror que me quedé con ganas de ver cuando la proyectaban
en el cine.
Cuando entré y me dirigí a la sala de estar para ponerme cómoda, tuve la sorpresa
desagradable de encontrarme a Miguel sentado frente al televisor y tomándose una cerveza.
Al verle pensé que aquella noche no ocurriría nada.
Afortunadamente me equivoqué.
Cuando acabó el largometraje, Juan se apresuró a cambiar de canal.
Yo le pregunté por qué,
pues el resto de canales no ofrecían nada que valiera la pena ver.
Él me respondió que,
por cortesía, ya que estaban a punto de emitir un film pornográfico, le respondí que no hacía
falta que cambiara, que yo, a mi edad, ya no me iba a ruborizar por ver a unos cuantos tíos en
bolas.
Se sentó en la silla, dejó el mando a distancia sobre la mesa, y los tres nos preparamos
para ver una hora y pico de parejas y tíos jodiendo.
A lo tonto, a lo tonto, nos la tragamos
toda, y tanta lubricidad nos calentó la sesera y la entrevierna.
Ellos no podían disimular el
bulto que se marcaba en sus pantalones y yo lo mojada que estaba.
Las protagonistas de aquella
orgía de imágenes eran unas mujeres espectaculares, y eso me empujó a comentarles que me sentía un
poco frustrada al no poseer un cuerpo de modelo.
Los dos me miraron sin dar crédito a lo que decía.
Miguel me contestó que a los hombres le ponen las tías jamonas, aquellas que tienen unas buenas
tetas y un buen culo, las que son como yo.
Al escuchar esas palabras, me levanté de la silla y
les pedí una opinión seria sobre mi figura.
Se les parecía atractiva.
Me respondieron que antes
de poder puntuar del 1 al 10, debían de verme con menos ropa.
Me quité la blusa, les enseñé las
tetas y su reacción no se hizo esperar.
Se abalanzaron sobre mí para mamarme los pechos como
dos bebés y toquetearlos como dos viejos.
Fue muy excitante ver cómo temblaban.
Parecían dos
chavales en su primera experiencia sexual.
Me sentí muy orgullosa al darme cuenta de lo mucho que
les gustaba.
Estaba tan cachonda que me quité los pantalones por temor a mojarlos y para que me
metieran el rabo de una maldita vez.
Algo que tenía ganas desde hace mucho tiempo.
Completamente
desnuda, me abrí de piernas para permitirles que me acariciaran la almeja a duo.
Juan volvió a
chupar mis jugosas naranjas a exprimirles el zumo con la boca mientras se la sacaba y me la
ponía en la boca.
Estaba gorda, hinchada, dura y empapada de sudor y sabía mejor que el mejor de
los caramelos.
Me estaba cenando ese rabo de toro cuando el otro, bestia, sin avisar, me clavó la
verga en pleno chocho.
Con una polla en el coño y otra en la boca, tan solo me faltaba otra en el
culo.
Ese deseo no se iba a hacer esperar por mucho tiempo.
Ambos me propusieron llevar a cabo
un sandwich, una de esas prácticas sexuales que aparecen regularmente en las películas porno y
en la que una mujer es ensartada por dos hombres a la vez, es decir, uno se la mete por el coño y
otro por el culo.
Ellos pusieron dos barras inmensas de pan y yo el jamón.
Para conseguirlo,
me senté sobre el palo de Juan, me incliné hacia adelante y separe las nalgas y esperé,
sin moverme a que Miguel la adentrara por el ojete.
No podéis imaginaros lo que puede llegar a sentir
una mujer al tener dos trozos de hombre moviéndose en su interior.
Yo gozada como una poseza y ellos
hacían lo mismo.
Tanto placer recibíamos los unos de los otros que Miguel se corrió moviéndose solo
un poco y su compañero no tardó mucho en imitarle.
Yo no tuve uno de esos mejores orgasmos de mi vida,
pero pasado un rato volvimos a jugar a los emparedados.
Esta vez intercambiaron las
posiciones, con lo que Juan me las sacudió por detrás hasta romperme por la mitad y Miguel hizo
otro tanto pero por delante.
En el segundo asalto ambos boxeadores tardaron mucho más tiempo en
besar la lona.
Me golpearon con fuerza, me penetraron con rabia y una y otra vez sudaron
de lo lindo y no vertían la leche aunque yo aullara como una loba.
Para conseguirlo tuve que
ayudarles con la boca.
Si es divertido recibir dos pollones, aún más es tenerlos en la garganta.
Mameé ambas pollas a la vez, sacutiéndolas y chupándolas con ansia,
lamiéndolas desde los huevos hasta el capullo, saboreando ese par de glandes como si fueran dos
chicles con caramelo líquido en su interior.
Al final exploraron y explotaron y me pringaron las
tetas de semen.
Desde ese día cada viernes voy a casa de Juan a ver la peli, guarra del plus.
Naturalmente Miguel también acude a la cita.