Relatos Hablados

Trio con Irene y su marido

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Mientras la puta de Irene me daba gusto en el coño, el cabrón del marido hacía lo propio con mis tetas. Aquel matrimonio estaba dispuesto a hacerme pasar uno de los momentos más placenteros de mi vida. Lo consiguieron, vaya que si lo consiguieron...

Mientras la puta de Irene me daba gusto en el coño, el cabrón del marido hacía lo propio con mis tetas

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Voz por BellaPerrix
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Hay que tener cuidado con los calabacines, porque a veces se parten. Esa frase la suelto con su más ingenua naturalidad mi amiga Irene en una cena de más de diez personas, abriendo mucho los ojos como para subrayar que sabía lo que decía.

Hubiera parecido que estaba explicando cómo se elaboraba alguna sencilla receta a un grupo de jóvenes esposas si no hubiera añadido con ese desparpajo tan suyo, me encanta cuando Santi bebe mucho, porque como no se levanta siempre acabamos jugando con lo que tenga en la nevera.

Te da la seguridad de saber que llegarás a tener 15 centímetros dentro tuyo. Y con una sonrisa más perversa le iba llenando la copa de vino a su marido, quien no parecía en absoluto molesto por la revelación de sus intimidades de cama.

Ahí en público ante algunos amigos, sí, pero también ante gente a la que apenas conocía. A partir de ese momento yo me sentí un tanto inquieta.

Sí claro, quién no ha fantaseado con meterse de todo por el chisme, pero es algo que nunca llevas a cabo, porque de alguna forma resulta asórtido, sucio o doloroso.

El caso es que no sé si porque llevaba ocho días sin follar o porque era una noche de calor o por qué maldita razón. Las hormonas me estaban jugando una mala pasada y no podía evitar hacer mentalmente un inventario de lo que tenía en el frigorífico.

Con un poco de suerte quizá hubiera alguna zanahoria, pero lo dudaba. Participaba de la conversación, me reía de los chistes, fumaba y bebía como si tal cosa, pero no paraban de pasarme por la cabeza las más bizarras imágenes.

Mil posibilidades masturbatorias. Dios, me estaba empapando a base de bien. Ayudé a Irene a recoger algunos platos y en el trajín de ida y vuelta a la cocina abrí la nevera, esperando encontrar algo que me diera alguna satisfacción más tarde, que no fuera difícil de ocultar con disímulo en mi bolso.

Dios, tenía de todo. Zanahorias, calabacines, pepinos, plátanos. Estaba sopesando la sorprendente variedad de verduras cuando noto una presencia detrás de mí.

Irene, con su dulce voz, me dice que recuerde lo de los calabacines. Me río y le confieso que hace tiempo que no me como nada y que ando un tanto desesperada.

¿Lo has hecho antes? Me pregunta Inquisidora. Le contesto que en su variedad gastronómica no. Que con Alberto habíamos jugado con vibradores y demás, pero que ya sabía cómo era, tan técnico que no dejaba nada a la imaginación.

Que era de los que, si te toco aquí, esto es el clítoris, por lo tanto te corres. La verdad es que no había forma de explicarle que pusiera un pelín más de pasión ni se olvidara de tanta teoría para volverlas locas, leídas en las revistas modernillas para el ejecutivo de hoy en día.

Irene sonrió con lo que me pareció lástima y me susurró. Cuando se vayan todos, quédate. Vale, le dije muy bien sin saber lo que me estaba metiendo.

El resto de la velada lo pasé en un estado de excitación y curiosidad que apenas podía controlar. Pensaba que la gente no se iba a ir nunca.

Es el mismo estado de anticipación en el que te encuentras cuando tienes tu primera cita o en los primeros polvos. Te apetece, es insoportable el deseo, pero estás aterrada de que algo salga mal, de que no disfrutes, de que no estés a la altura o, peor, de que sea una total decepción.

Por fin se fue Carlos, el último, al que no había manera de largar y que se aferraba a la botella de Jack Daniels como si en ello le fuera la vida.

Se llevó la botella bajo el brazo y nos quedamos Irene, Santiago y yo. Supe inmediatamente que Santiago estaba al corriente de las intenciones de su mujer, aunque yo no sabía muy bien cuál era mi papel en todo esto.

Viendo que son buenos amigos me relajé y les pregunté qué hacíamos. Irene me hizo tumbar boca arriba en el sofá y me subió el vestido hacia la cintura.

Entonces empezó a masajear por encima de las braguitas en movimientos circulares. Introducía un dedo por debajo del elástico, lo sacaba, me daba pequeños besos en la cara interior de los muslos.

Entreabrí los ojos y vi a Santiago sin pantalones, con una mano sobre la verga bien tiesa, disfrutando del espectáculo, apreciando las muchas atenciones que su mujer tenía para conmigo.

Irene me quitó las bragas y me separó las piernas. Noté como su lengua hábil me abría los labios, como se abría paso hacia el clítoris, como con movimientos expertos me estaba haciendo perder el sentido de toda proporción.

De pronto sentí como una mano más grande, más fuerte, sin duda la de Santi, me bajaba la parte de arriba del vestido hacia la cintura y noté como un pizcaba los pezones con ese punto de intensidad adecuado que no hace daño, pero realmente lo notas.

Las oleadas de placer me invadían de una manera que me hacían sentir totalmente desbordada. Él me estrujaba los pezones, me los sobaba, me los besaba, me los mordía y ella seguía lamiendo con su increíble precisión, en el lugar exacto, con la presión y el ritmo adecuados.

Noté que me balanzaba hacia el orgasmo y quise aguantar un rato, pero era imposible, mi cuerpo no respondía, mi mente estaba al rojo vivo y sentía como el cerebro se me reblandecía, los espasmos incontrolables de mi cuerpo, la cantidad de líquido que me salía de los bajos.

No me dieron tregua ni siquiera a fumarme un pitillo. Irene seguía, chupa que te chupa y sentía la inmensa polla de Santiago en mi boca. Me había agarrado la cabeza con una mano y me la movía de forma que este pene enorme salía, me llegaba hasta la garganta, me retenía quieta y un instante y rítmicamente me balanceaba adelante y atrás con una fuerza y una destreza que no estaba exenta de ternura.

Otra vez iba a mil, desde luego era un buen equipo en lo que se refiere a poner a alguien a tono. De repente noté una presión en la garganta, le oí estremecerse y saboreé esa delicia ligeramente agria que me inundaba la boca.

Irene se apartó un poco y vi como cogía un pepino enorme, le susurré que tuviera cuidado y sonrió traviesa. Miré a Santi, me sonreía también con el rabut tan empalmado como lo había tenido hacía tan solo un medio minuto.

De pronto sentí algo frío dentro de mí, Irene me estaba introduciendo un pepino poco a poco, metiendo y sacando cada vez más adentro, cada vez más, me dolía y me encantaba.

Me hizo girar sobre mi cuerpo y ponerme a cuatro patas, en frente a un espejo enorme que cubría casi toda la pared. La veía por detrás, seguía dándole el asunto.

De pronto noté algo muy fuerte, algo que me destrozaba el culo. Me había introducido algo tan bien por ahí, tenía los dos agujeros ocupados y pensaba que me iba a morir de placer.

Miré en el espejo y vi a Irene reflejada en él y a Santiago detrás de ella. La estaba montando por detrás y ella seguía jugando con mis orificios.

El sudor le resbalaba por la frente, empezó a gemir más y más fuerte. Había perdido levemente el control y me clavaba los pepinos bien adentro.

Me faltaba la respiración, la cabeza me daba vueltas, más y más rápido, subía y subía hasta que de pronto me corrí. Experimenté el orgasmo más bestia y el más largo que había tenido hasta la fecha.

Ahora, cuando voy a ir al mercado, antes llamo a Irene para ver si me acompaña. Juntas examinamos la mercadería, que sea de buena calidad y de buen tamaño.

Y luego vamos a casa a prepararle la cena a su maridito. Y si no está, pues cenamos solas antes de jugar un rato. A veces ni siquiera cenamos.

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