Relatos Hablados

Mi vecino goza con lo que mi marido desprecia

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Soy una mujer de 52 años, que, en plena madurez, tiene más ganas de cachondeo que nunca, y como el gilipollas de mi marido ya no me presta demasiada atención, no me ha quedado otra alternativa que poner mis dos tetas, coño y culo a disposición de mi vecino, el cual me proporciona todo el placer que necesita la puta que llevo dentro...

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Voz por BellaPerrix
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Me llamo María y cumplí los 50 hace un par de años. Me casé bastante joven, con lo que mis hijos son mayores, y se independizaron hace ya tiempo.

Desgraciadamente, ahora que mi esposo y yo vivimos solos, que ya no tenemos que tomar las precauciones de las familias con hijos para mantener unas relaciones sexuales discretas, pues nada de nada.

Vamos, que no le levanto ni pasiones, ni erecciones, y cuando se echa en la cama a mi lado, prefiere dormir que jugar. Ni le atraigo, ni tampoco le interesa el sexo como antes.

He de reconocer que me conservo muy bien para mi edad. Bueno, eso es lo que dicen mis amigas, y debe de ser verdad, por cómo babean sus maridos cuando me desnudan con la mirada.

Como no nos falta el dinero, puedo cuidar mi cuerpo con mucho mimo. Voy tres veces a la semana a la peluquería. Dos a un instituto de belleza, y una aún más a questa.

Además, me paso todas las mañanas en el gimnasio, y la sesión diaria de rayos uva que no falte. En trapitos también me gasto lo mío. Procuro vestir con clase y elegancia.

Gracias a mi buen aspecto, todos me hacen más joven de lo que soy. Nadie cree que tenga 52. Claro, como aún tengo los pechos duros y firmes, y una piel tersa y suave, una cara sin arrugas, un vientre liso y vibrado, y las piernas delgadas y esbeltas.

Pues todos esos esfuerzos y billetes que despilfarro en gustar el insípido de mi marido no sirven para nada. A él ya no le intereso en absoluto.

Pasa de mí, de mi cuerpo, y yo francamente también paso de él, y de su picha flácida. Dadas las ganas que tengo últimamente de cachondeo, no me ha quedado otro remedio que buscarme un amante y ponerle los cuernos.

Al principio pensé en buscarme uno joven, uno de esos chavales inexpertos que van calientes todo el día y se masturban más que un mono. Pero lo cierto es que ya he sido madre y no tengo ganas de cuidar más criaturas.

Ya sé que se la pego a mi esposo, quiero hacerlo con un tipo de su misma edad. Aunque eso sí, que no esté calvo ni tenga la tripa que tiene él.

Puesto a elegir, escogeré a una persona que sea de mi agrado, y mucho mejor que lo que tengo en casa. Le tenía echado el ojo al vecino del ático, un tipo de cuarenta y pico, alto, fuerte y con bigote.

El pobre hombre hacía cinco años que se había quedado viudo, y que yo sepa apenas recibía visitas femeninas en su casa. Mucho me temo que su vida sexual no debía de ser muy apasionante.

El hombre se hartó de trabajar cuando era crío y durante su juventud ganó lo suficiente como para tener un buen rinconcito en el banco. Se jubiló hace un par de meses, por lo que pasa la semana metido en casa y sin hacer nada más que ver la tele y empezar a echar la tripa.

Lo tenía a tiro a los veinticuatro horas del día. Una mañana lo vi entrando en la panadería de la esquina. Le seguí y le metí en la tienda.

Allí rompimos el hielo hablando de firoalidades. Cuando nos metimos en el ascensor volviendo a casa, me hice la despistada y le comenté que me había olvidado de comprar sal.

Le dije que no tenía ganas de volver a la calle, que ya iría mañana. Y si podía darme un poco para cocinar. Él no tuvo ningún inconveniente y con esa excusa tan tonta me metí en su piso.

Enseguida me di cuenta de que estaba un poco nervioso, de que yo le gustaba y que debía de hacer bastante tiempo que no sacaba el pajarito fuera de su jaula.

Ya que tenía tanta hambre atarsada, se lo puse fácil. Tanto que sin apenas darnos cuenta ya estábamos en pleno asuntillo. Posó sus manos temblorosas sobre mi blusa.

Me sobo los pechos por encima de la ropa y pudo percibir que mis pezones estaban tiesos y duros. Apretó la mano y me estrujó la teta como si fuera media naranja.

Me desabrí la boca y la acerqué a la suya, esperando el beso, que fue largo, profundo y con lengua. Nos comimos el morro con pasión. Al mismo tiempo que sus manos desabruchaban los botones de la blusa y liberaban los senos.

Yo no me quedé atrás y bajé la cremallera de su pantalón para cogerle el miembro que lo tenía erecto. Me agaché para contemplarlo y él lo colocó entre mis tetas, rozando la punta con sus pezones.

Lo cogí con las manos y lo agité. Él me quitó la falda, me bajó las bragas y hundió su boca en esa mata de pelo rizada que tengo entre las piernas.

Posó la cabeza entre los muslos y empezó a lamer como un gato. Su lengua arrozó el crítoris y me volví loca de gusto. Perdi el control y pegué un salto.

Con lo que mi vulva se aplastó contra sus labios. Chupó y chupó con delicación la maravillosa cueva y su lengua exploró cada rincón de aquella gruta.

Y mientras se entretenía en aquella zona, yo cogía otro tanto de mis pechos. Lo apretaba como si quisiera reventar aquel par de globos prodigiosos de la naturaleza me ha proporcionado.

Pronto nos intercambiamos los papeles y yo me puse a lamar los genitales. Me tragué el pene por completo hasta la base. Estaba tan caliente que me quemaba la boca y tan gorda y erecta que temí que fuera a correrse.

Dejé las caricias y los juegos y le pedí que me la metiera. Estaba tan mojada como impaciente. Empezó a tocarme el culo, a palparme los glúteos y a separarme las nalgas.

Por un momento temí que desear romperme el trasero. Lo tengo duro y carnoso, pero no suficiente como para que me hiciese daño. Cuando creí que iba a franquear ese diminuto agujero, apuntó más abajo y de un golpe certero la enterró en mi vagina.

Lo hizo de una sola embestida, a lo bruto, pero no me dolió en absoluto porque estaba bien lubricada. Una vez la tenía presionada entre esas paredes húmedas, cálidas y mullidas y carnosa se empezó el dentro y afuera.

Hasta que ya no pudo contenerse. Los dos nos corrimos al unísono. Él me inundó y yo mordí su cuello con tal fuerza que le dejé la marca de mi boca.

Tras ese fabuloso polvo nos vestimos. Él se fue a la cocina y me trajo un poco de sal. Yo le dije que no importaba, que por el momento lo necesitaba y que ya volvería otro día para que me la prestara.

Lo cierto es que volví al día siguiente y al otro y al otro. Llevábamos viendo diariamente desde hace un mes y el resto del vecindario ya empezaba a murmurar.

Él tiene miedo de que mi marido nos descubra. A mí me da lo mismo. A lo mejor poniéndose celoso se le despierta la líbido. Pero me parece que ni por esas.

Por el momento conseguiré poniéndole los cuernos en el ático. Y si los rumores van más y a más y la cosa se pone fea, nos buscaremos un apartamento discreto y lejos del barrio donde vivimos.

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