Me llamo Ana, y no soy ninguna jovencita.
Tengo más de 50 años y peso unos 80 kilos,
o sea, estoy lo que se dice rolliza.
Enviudé hace cinco veranos, un viernes del mes de
julio exactamente.
Todavía me acuerdo, mi marido ejercía de rodríguez en la época
estival.
Como a muchos tenía una semana de vacaciones, y no era justo ni para los niños
ni para mí, estuviéramos que sudar la gota gorda en la ciudad por su culpa.
Cuando estábamos
mucho más frescos en la montaña, en una pequeña casa que había heredado de sus padres,
allí los niños podían ir en bicicleta, jugar con los amigos y dejarme en paz por
la mañana y por la tarde.
Sin tener que estar pendiente de ellos, me tumbaba en biquíni
y tomaba el sol y alguna vez, cuando estaba segura de estar completamente sola, me quitaba
la parte de arriba para que mis enormes tetas se tostaran.
Tengo un par de globos de campeonato.
Pues bueno, como iba diciendo, aquel fatídico día de julio mi marido tardaba más de la cuenta.
Cuando sonó el teléfono era la guardia civil, y quería comunicarme que se había estrellado con
el coche y que nada se podía hacer por él.
Me costó rehacerme de aquel golpe del destino,
pero no tuve más remedio que hacerlo si quería sacar la familia adelante.
No tardé demasiado en
encontrar trabajo.
Una amiga mía me colocó en su guardería.
A mí siempre me han dado bien el
cuidar de niños pequeños, y ella, como era la dueña, podía contratar a alguien a quien le
diese la gana.
Hace un mes que tengo una aventurilla con un chico joven.
Es un muchacho universitario
de 20 años, bien parecido, alto, guapo y con una larga melena morena.
Cada mañana viene puntualmente
a las siete y media para dejar a su hermano, de cuatro años, y regresa a recogerlo por la tarde.
De principio pensé que se trataba de un padre precoz, de aquellos que no piensan en la goma y
se casan de penalti, incluso siendo unos pipiolos.
Luego me enteré de que se llamaba José y estudia
en la universidad de veterinaria.
Se encarga personalmente de traer a su hermano pequeño,
porque sus padres entran a trabajar a las seis de la mañana y no regresan hasta las siete de la
tarde.
Cuando me contó todo eso, me di cuenta de que se fijaba en mis enormes tetas y no perdía
detalle, recorriendo con las pupilas lo poco que dejaba ver el escote.
Cuando más las miraba,
más nervioso y excitado se iba poniendo.
También me percaté que su pene aumentaba de tamaño y que
el chaval iba más caliente que una estufa y que yo le gustaba.
A pesar de no ser ya ninguna jovencita
y de estar algo gruesa para un chico de su edad, a mí el universitario me ponía cien, y más de
una noche me había masturbado pensando en él.
Yo también iba caliente y hacía tiempo que no pasaba
la noche con nadie, por lo que me planeé seriamente llevármelo al huerto.
Un día vino a buscar a su
hermano un poco tarde, pues acababa de tener un examen.
Se lo encontró durmiendo como un angelito.
Ambos estuvimos de acuerdo en que era una lástima despertarle.
Como el chico no tenía coche y
tampoco era cuestión de que se gastara el dinero en un taxi, me ofrecí a acompañarles a casa.
Al
principio se negó porque le sabía mal que yo me tomara tantas molestias, también porque le era
un poco violento, pero al final le convencí para que se dejase de tonterías y de subir al coche.
Al llegar a su casa pusimos al niño en la cama sin perder más tiempo.
Cuando me di cuenta de que
estábamos solos y sus padres no regresarían hasta dentro de un par de horas, estuve tentada de
bajarle los pantalones y violarle.
Como el muchacho parecía un poco corto y no le veía yo con la
intención de propasarse conmigo, decidí pasar el ataque con un viejo truco que no falla nunca.
Le
comenté que estaba sedienta y me fui para la cocina.
Abrí la nevera, cogí una botella de zumo,
un par de vasos y regresé a la sala de estar.
Le di un vaso a él y me ofrecí a llenárselo.
Fingí que el tapón de la rosca de la botella estaba tan fuerte que me costaba abrirlo,
y cuando lo conseguí vertí intencionadamente, pero condisimulo, todo su contenido sobre los
pantalones y la camisa del muchacho.
Me puse las manos en la cabeza y le pedí perdón y le sugerí
que se quitara la ropa enseguida, pues era mucho mejor lavarla en el acto para no correr el riesgo
de que quedaran manchas.
El chico, que es un rato tímido, se quedó inmóvil, sin saber qué hacer.
Le
dije que no tuviera vergüenza, que a mi edad estaba ya acostumbrada a ver muchachos en calzoncillos.
El chico se desabrochó los pantalones, se bajó la cremallera y yo hice el resto.
José estaba
empalmado como un burro en celo y con los mofletes más rojos que un tomate.
Menuda vergüenza estaba
pasando, sobre todo cuando se la saqué para metérmela en la boca.
Cuando se la empecé a chupar,
se quedó mucho más tranquilo.
Con diez lametones, se dejó de remilgos y metió sus manos entre mis
pechos que estaban pidiendo a gritos unas caricias.
Como son muy gordos, me costó poder abarcarlos
con las manos, por lo que luego se ayudó con la boca, me los lamió y mordió y me puso a cien con
sus caricias y chupetones.
Para que no se entretuviera todo el tiempo con las tetas,
cogí su mano derecha y la coloqué entre mis piernas.
Me introdujo el dedo mientras yo contraía la vagina.
Estaba cachonda y me corrí, sin poder disimular.
Él estaba empalmado y ansioso por penetrarme.
Me senté en el sofá con las piernas muy separadas.
Él no se hizo de rogar y se tiró encima.
La
introdujo poco a poco, aunque no le costó entrar, pues mis paredes vaginales estaban empapadas de
jugos.
Poblátinamente, fui cerrando las piernas y contrayendo la vagina para poder apreciar aquel
miembro y sentir con toda precisión cómo iba flotándose en mi interior.
El muchacho colocó mis
piernas por encima de sus hombros, empujó hasta el fondo.
Parecía que quisiera atravesarme por la
espalda.
Lo metía y lo sacaba con fiereza y dada mi posición, por un momento pensé que se iba a partir
mi columna con sus golpes.
Las arremetidas de su verga eran cada vez más intensas.
Sentía como una
leada de calor, invadía mi cuerpo y empecé a sudar.
Tenía la frente empapada y la vagina muy,
pero que muy mojada.
Tanto que ya casi no notaba cómo su pena entraba y salía.
Después de un buen
rato de toma que te pego, José se quedó inmóvil y descargó en lo más profundo de esa gruta carnosa.
Ambos nos quedamos muy satisfechos y nos hubiera gustado repetir si no fuera porque sus padres
estaban a punto de venir y no era cuestión de que nos encontraran en plena faena.
Al muchacho
le gustó la experiencia y a mí él, con lo que nos intercambiamos los números de teléfono.
Ahora
nos vemos a escondidas de su novia y aunque de vez en cuando se pega el lote con ella, me ha confesado
que disfruta mucho más conmigo.
Ya se sabe que en lo conciente al sexo la experiencia siempre es
importante y yo tengo 50 años y 80 kilos de sabiduría adquiridos con los coitos acumulados
en mis carnes.