Relatos Hablados

Los amigos de papá son mis amigos

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Hacía tiempo que me ponía cachonda ese amigo de mi padre, un hombre de negocios maduro, machista y bastante salido. Una noche él vino a casa y yo estaba sola, así que aproveché la situación, lo provoqué y acabó desvirgándome de una forma bestial, sin miramientos, como a una puta, ni más ni menos como nos gusta a las chicas jóvenes de hoy en día.

Hacía tiempo que me ponía cachonda ese amigo de mi padre, un hombre de negocios maduro, machista y bastante salido

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Voz por BellaPerrix
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Me llamo Sonia, tengo 22 años y soy bastante ardiente. Me pongo cachonda con facilidad, casi casi desde que me hice mujer. Tú ya me entiendes, me he masturbado desde que era pequeña y me he acostumbrado tanto a tocarme que no puedo pasar un día sin gozar de un par de orgasmos.

Reconozco que siempre me ha gustado el sexo y aun así tardé bastante en perder la virginidad. Siempre he sido tímida y me ha dado bastante pereza lo de acostarme con un hombre.

La idea de que un tipo me viera desnuda era algo que no me soducía en absoluto. No soy ningún callo, ni tengo un pecho más grande que el otro, ni las piernas arqueadas, ni una joroba en plena espalda, ni nada raro.

Estoy muy orgullosa de mi físico, tanto que me daba pereza compartirlo con otro. Soy muy ardiente, pero también bastante pudorosa. Desde los 14 años me han rondado los muchachos y a todos les he dicho que no, y así fueron pasando los años hasta que conocí a Francisco, un socio de mi padre.

Era un tipo apuesto, sexy y con el desparpajo suficiente para conversarte de cualquier locura. Me encantaba su aire varonil de modelo de pasarela y estaba enamorada secretamente de él.

Poco a poco fue protagonizando todas mis fantasías sexuales. Cada vez que me tocaba pensaba en él, y cuanto más me tocaba, pensaba en él, y más ganas tenía de verlo desnudo.

Sentía curiosidad por comprobar si el bulto generoso que tenía entre las piernas era de verdad o de algodón. Quería liberar de la jaula a ese hermoso pájaro para acariciar sus pelos y sus plumas y darle de comer.

Él, por su parte, no me quitaba los ojos de encima. Me gustaba mucho y quería llevarme a la cama. Vamos, se moría de ganas. Sabía que no le costaría mucho persuadirme para pasar juntos un rato en la más absoluta intimidad.

Y así ocurrió. Una noche en la que se presentó en casa descubrió con placido que estaba sola, ya que mis padres habían ido al teatro. Venía para discutir con papá unos asuntos de negocios.

Yo le dije que no estaba, que había salido y tardaría en volver. Él me pidió si podía esperarle porque el asunto era bastante grave y debía de resolverse con urgencia, antes de coger un avión para los Estados Unidos a primera hora de la mañana.

Aquello sonaba excusa y lo que realmente quería era quedarse a solas conmigo. Mis padres no iban a tardar demasiado, como mucho un par de horas, con lo que no era cuestión de perder el tiempo charlando de meteorología, de cine, de cómo me iba en la universidad o de cualquier otra tontería.

Me senté a su lado en el sofá y lo metí en mano con todo el descaro de una buscona barata. Sí, ya lo sé. He dicho antes que soy una chica tímida y pudorosa.

Pero le deseaba tanto que decidí echar por la borda tantos años de mugatería. Pues bueno, a lo que íbamos. Cuando yo me eché sobre él, él tampoco perdió el tiempo.

Se desabrochó la cremallera del pantalón y se la sacó fuera. Menudo aparato gastaba. Me lo pensé cuando me pidió con mucha amabilidad que se lo chupara.

Me lo tragué hasta la base. La fui introduciendo en la garganta y solo me detuve cuando los pelillos de su pubis rozaron mi nariz. Él me sujetaba por el cuello para que no me apartara de su miembro, que entraba y salía de la boca lubrificándose por la saliva.

Cuando dejó de presionar sobre mi nuca, adiviné que estaba a punto de caramelo que iba a correrse, por lo que aparté la boca. No fuera que me pringara.

Francisco cerró los ojos e intentó concentrarse, pensar en cualquier otra cosa que no fuera sexo. Así, de este modo, pudo contener la eyaculación, pues deseaba follarme.

Ahora vas a sentirla toda dentro de ti, me dijo mientras me subía la falda y me quitaba las bragas. Yo le insistí para que tuviera cuidado y le confesé que aún era virgen.

Él me respondió que no me preocupara, que me iba a gustar tanto que ni me había enterado si me dolía o no. Su torpedos de zanf huyó en la diana con brúsqueda y yo grité de dolor y de placer.

Me dijo que era mejor así de golpe, que si la hubiera metido poco a poco habría prolongado mi sufrimiento. La verdad es que me estaba haciendo daño y que ese desconsiderado galán parecía disfrutar de mi tormento.

No solo era un hombre de negocios sin escrúpulos, también era un sádico. En plena penetración, cuando yo estaba empezando a gozar del coito, me mordió lascivamente los labios, el cuello y los pezones como un lobo hambriento.

Yo perdí el conocimiento, detalle que poco le importó a Francisco, que continuó con el dale que te dale. De un modo egoísta y con el único fin de saciar su apetito, sin importarle un rábano lo que yo estuviera sintiendo.

He de reconocer que su comportamiento egoísta me estaba excitando. Gracias a ese cerdo machista había descubierto mi naturaleza sadomasoquista, pues aceptaba de muy buen grado aquel sudroso tipo que solo hacía que culear encima mío y que además me estaba arrastrando con él por el séptimo cielo hasta cruzar el octavo.

Lamentablemente, el coito fue tan breve como intenso y Francisco decidió correrse cuando ya había tenido bastante. Podía haberse comportado como un auténtico canalla, pero no, prefirió tener un gesto de caballero, con lo que la extrajo rápidamente de mi interior para verter su esperma sobre un pañuelo que extrajo del bolsillo de su pantalón.

Tan pronto hubo acabado, se levantó del sofá, se subió la cremallera y se abrochó el pantalón. Miró su reloj de pulsera y me dijo que hacía tarde.

Yo le pregunté si no esperaba a mis padres para hablar del asunto que le había traído hasta mi casa. Me respondió que no, que no hacía falta quedarse por más tiempo, que no era tan urgente y que podía esperar, que ya le llamaría mañana desde los Estados Unidos.

Cogió su maletín, abrió la puerta y se despidió a la francesa. Y ya no supe nada más de él. Ese asunto tan importante era el de su dimisión.

Los de la competencia le habían ofrecido un puesto mejor y le habían triplicado el sueldo. No hubo valor para decírselo a papá a la cara y por eso se lo comunicó vía internet. Aquel socio tan guapo y simpático resultó ser un cerdo, un avaro y un egoísta. Aún así, tenía otro buen revolcón.

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