Relatos Hablados

Desvirgada a los 45

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Tengo 45 años y acabo de perder la virginidad. Desde joven he sido una pava, una tonta, una reprimida que decía no a todos los chicos por pura soberbia. Sin embargo ahora, tras la muerte de mi madre, el marido de mi mejor amiga, con la intención de consolarme, me ha hecho disfrutar del placer que me he perdido durante todo este tiempo... Pero bueno, nunca es tarde si la dicha es buena, o eso dicen, ¿no?

Tengo 45 años y acabo de perder la virginidad

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Voz por BellaPerrix
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Nunca es tarde si la dicha es buena. Y es que perdí la virginidad hace un par de meses, justo después de enterrar a mi madre. Con la tontería de yo no te dejo sola en estos momentos, el marido de una vieja amiga me la metió hasta el fondo y sin darme tiempo a pensármelo.

Ah, por cierto, aún no me he presentado. Me llamo María, tengo 45 años y me he quedado para vestir santos. Y la verdad, me importa un pimiento.

Ni soy un bombón, ni un callo malayo. Lo dejamos en mujer del montón. De esas que son resultonas cuando se visten y maquillan adecuadamente.

De joven, nunca me faltaron los pretendientes. No paraban de llamarme por teléfono e incluso se presentaban a la puerta de casa sin avisar.

Como siempre, les ponía excusas para no salir. Acababan por pasar de mí, como yo de ellos. Era lo que se dice una pava. Vamos, una auténtica tonta que colecciona fotografías de Harrison Ford y Kevin Costner y sueña con el Príncipe Azul, despreciando al carnicero de la esquina que tampoco está nada mal.

Por aquel entonces repartía calabazas y decía que no por norma y soberbia, creyéndome mejor que las que frecuentan las discotecas. A mi madre ya le iba bien que me quedara en casa los fines de semana.

Así le daba conversación y no se aburría sola en casa. Yo era una tonta y ella una egoísta del copón. Pero mejor que deje el pasado en paz y vaya al presente y te explique cómo perdí la virginidad, que es lo que supongo que quieres escuchar.

Estaba hecha polvo por la muerte de mi madre, así que el marido de mi mejor y única amiga pensó que me consolaría si me echaba un polvo. Así, sobre el papel, era una buena terapia de choque.

Se presentó una tarde en casa para ver cómo me encontraba y se aprovechó de mi situación. Cuando me abracé a él, para llorar, a moco tendido, me di cuenta que su miembro crecía y crecía debajo de su pantalón, como la nariz de Pinocho.

El tipo me cogió por el cuello, me empujó contra la pared y me dio un beso en la boca. ¿Qué te ha parecido? me preguntó con cierta sorna. Me quedé sin palabras ni aliento, así que no le respondí y como quien calla otorga, se tomó todas las libertades que puede tomarse un tipo que va completamente salido.

No me violó porque yo le dejé hacer. Consentí de principio a fin e incluso colaboré, pero lo cierto es que se pasó un montón. Después del beso de tornillo, posó sus manos sobre mis pechos, ya no había marcha atrás.

Me mostré algo fría, aunque mi corazón latía fuerte y deprisa, y mis pezones estaban duros y erectos. Me levantó la falda y empezó a palpar como un crápula de cine de barriada, dejando la marca de sus huellas dactilares en mis muslos.

Pronto llegó a mis bragas, que estaban completamente impregnadas de mis jugos. Tal humedad le verificó mi calentura. Al comprobar mi estado de excitación, se envalentó aún más.

Sabía que no iba a negarme, que en el fondo lo deseaba tanto como él. Me introdujo los dedos en la raja y empezó a masturbarme. Aquella era una experiencia nueva para mí.

Yo nunca me había tocado en esa zona de aquel modo. Me puso tan caliente que de mi boca ensalivada y babosa salía vapor de agua. Me arrancó las bragas y me bajó las faldas.

Me quedé desnuda de cintura para abajo y no tardé demasiado de cintura para arriba. Mi vientre ardía como la frente de un niño con varicela, y mi coño parecía un volcán en erupción, por el que resbalan mis flujos vaginales como si fueran lava caliente.

Bajó la cremallera de su pantalón y me mostró el miembro. Nunca había visto uno en erección, ni siquiera en fotografía y mucho menos en vídeo, ya que eso de alquilar o una porno no iba conmigo.

Las chicas de mi clase y categoría no miran ese tipo de cine, aunque se mueran de ganas. Tardeé en decidirme, pero cuando la toqué, una descarga eléctrica recorrió mi mano.

Me encantaba esa cosa tan dura, carnosa y rígida. También les subí los testículos que se fueron poniendo duros con cada nueva caricia. Él me cogió por la nuca y me pidió que se la chupara, que me la introdujera en la boca, que me la comiera cachos.

Al principio me negué. Pensaba que aquella verga iba a saber a meados o algo peor, ya que olía un poco mal, pero al pasar la lengua por el capullo, cambié de opinión.

No es que tuviera un gusto exquisito, pero mi calentura me bloqueó el paladar, el sentido del olfato e hizo que siguiera lamiendo más por vicio que por placer.

A mi amigo le sorprendió que pudiera chuparla como una puta, ya que no había recibido lecciones. Pero para mamarla no hace falta aprenderse ningún manual, tan solo dejarse llevar por el instinto y la lascivia, y eso es lo que hice.

Cuando empezaba a encontrarle el gusto, me la quitó de la boca para enterrarla en lo más negro de mi parlús. Al principio pensé que me dolería, que sangraría y teñiría las baldosas del suelo de rojo, pero lo cierto es que no fue así, y eso que yo era virgen.

No sé si las historias que cuentan sobre la primera vez son ciertas, pero yo me acababa de estrenar y no había sucedido nada de lo que me había contado mi madre.

Aunque no me extraña, lo que ella quería es que no me liara con ningún chico para no dejarla sola, y yo le hice caso como una imbécil. Me la introdujo con brusquedad y la movió por dentro, como si mi vagina ya hubiera sido visitada en otras ocasiones.

No salía de mi asombro, me quedé muda del susto y del gusto, y él, sin preocuparse lo más mínimo de mí, siguió a lo suyo, como si tal cosa.

Dada la marcha que llevaba y lo embalado que iba, no era cuestión de cortar el rollo, así que le dejé hacer, mientras yo gemía como una burra.

Permanecimos de pie durante un buen rato, y él seguía empujando, como si quisiera sacar la punta por el agujero de atrás. Me temblaban las piernas a cada embestida, así que antes de que pudiera caerme por el suelo, le pedí que me siguiera hasta el sofá.

Una vez allí nos tumbamos para revolcarnos como dos culebrillas viciosas. Separe bien los muslos y aguardé su bombardeo. Enterró el lobus en pleno campo de batalla y siguió disparando dentro y fuera, dentro y fuera, hasta conseguir mi capitulación.

Estaba rendida a sus pies y a sus genitales, dispuesta a ponerme como hiciera falta para sentirla aún más adentro. Él se puso encima mío y yo me abría aún más de piernas.

Quería que me llenara por completo. Pensé que la batalla duraría toda la tarde, pero me equivoqué. Pronto se quedó sin munición y, aunque le pedí que continuara la guerra, él insistió sobre el armisticio.

Así que me dio un par de besos en las mejillas, escondió la artillería y tocó a retirada, dejándome en casa con dos palmos de narices y una calentura tal que tuve que ir a la cocina para coger un pepino y masturbarme con él.

Después de aquel incidente, ya no le he vuelto a ver, pero a mí me da igual porque me he buscado un sustituto. Un día me armé de valor y encargué un vibrador a una de esas casas que vende este tipo de artículos por correo. Jugando con este trasto de plástico, soy completamente feliz, por lo menos hasta que se acaban las pilas.

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