Me había divorciado de mi marido hacía año y medio, y mi hija vivía en Londres con su novio desde Navidad.
Así que me encontraba sola y dispuesta a disfrutar, a resarcirme de todos esos años perdidos,
desgastados en un matrimonio que siempre estuvo más motivado por intereses que por verdadero amor.
Recuerdo como el día que me enteré que Andrés se veía con una chica 20 años más joven que yo.
Por un lado me sentí morir, pero por otro fue un gran alivio, tal como si hubiera liberado unas enormes y pesadas cadenas.
Ahora tenía tiempo para disfrutar de la vida y probar cosas nuevas y emocionantes.
Así que cada noche me conectaba a internet y me pasaba las horas metida en un chat gratuito, conversando con todo tipo de personas.
Cuando le cogí el tranquillo decidí ir a por lo que realmente necesitaba, un hombre.
Quizá ya no era una chica joven y alocada, mi cuerpo estaba algo gastado y mi mente se había acomodado,
pero a la hora del placer no hay limitaciones que valgan.
Llevaba sin echar un buen polvo, de los de verdad, intenso y placentero, desde quizá incluso hacía 6 o 7 años.
Así que no tenía nada que perder.
Era sido al canal de sexo maduritas y durante un tiempo fui conociendo a hombres de mi edad que francamente me aburrían de sobre manera.
Hablaban, no sé, hablar con ellos resultaba frío y monótono, sus conversaciones estaban huérfanas de frescura y buen humor.
No podían ser de que todos los tíos de mi quinta fueran así.
Quizá es que únicamente estaban en ese canal precisamente...
En fin, todo parecía haber sido una mala idea.
Cuando él mandó un privado y me saludó, tan efusivo, fue que me llamó la atención y decidí contestarle.
Durante semanas me mantuvo en vilo respecto a su edad, su aspecto o su lugar de procedencia.
Nos le invitábamos a charlar de cosas mundanas, de películas, de libros, de la vida incluso.
A veces tocábamos el sexo, pero siempre de refilón y de manera un poco distante.
Un día le propuse que nos viéramos en persona.
Tenía ganas de conocer a ese tipo tan divertido que era capaz de hacerme reír como nadie.
Tuve que insistir una y otra vez y finalmente accedió, aunque de muy buena gana.
El día tan esperado fue demasiado puntual.
Los nervios me estaban matando y salí de casa más pronto de lo que debería,
convencida de que prefería pasarlos en la calle que encerrada en casa.
Cada hombre que se me cruzaba por delante levantaba mis sospechas.
¿Será este? me preguntaba continuamente.
Algunos incluso me miraban y en mi eterna inseguridad me autoconvencía de que quizá mi príncipe azul ya me había visto y se había decepcionado.
Había regresado a su casa sin saludarme.
De pronto algo me llamó la atención.
Un chico joven y desarrilado me miraba fijamente desde el otro extremo de la calle.
De hecho, hacía rato que estaba allí y no me quitaba un ojo de encima.
¿Sería él? me pregunté.
Al fin y al cabo no sabía cuál era su edad y lo que yo imaginaba de un hombre de cuarenta y tantos hechos y derecho era realmente un crío.
Un adolescente con ganas de broma.
De ahí precisamente su simpatía y su frescura.
Me cabré, me encendí.
Yo sola convencía de que aquel pequeño monstruo se estaba riendo de mí.
Así que ni corta ni pereza crucé la calle, me dirigí a él y directamente se lo pregunté sin miramientos.
¿Eres tú?
El chico no dijo nada, se limitó a mirarme a los ojos para seguidamente bajar la mirada y centrarse en mis tetas, abultadas.
Y que se dejaban entrever a través del sugerente escote de mi vestido negro.
Volví a preguntarle.
¿Eres tú?
Esta vez estiro la mano y sin abismo de vergüenza acaricio mi pecho izquierdo.
Puesto que no me lo esperaba me asusté y me echó unos pasos hacia atrás.
Estaba confundida y perdida.
No sabía qué hacer.
Ahí tenía ese gamber que si por un lado hubiera planchado o fetadas, por el otro no dejaba de ser un príncipe azul de mis interminables noches de chateo.
El mismo que me hacía reír, el mismo que me contaba historias desbordantes de inventiva y ternura.
Quizá por eso nunca hablamos de sexo, porque con la edad que aparentaba el chico no creo que tuviera mucha experiencia o supiera mucho del tema.
Más allá de cuatro magreos con la novia de turno y poco más.
¿Qué podía hacer?
No tuve tiempo de pensarlo.
El muchacho me agarró por la mano y tiró de mí.
Mantuve firme en mi sitio, inamovible.
Sentía miedo y no sabía cómo reaccionar.
Él se me acercó y me dijo.
No tengas miedo.
Vamos a conseguir aquello que deseamos realmente el uno del otro.
Decidí seguir la corriente.
Siempre he tenido la opción de pedir socorro a gritos intentaba algo extraño.
Nos metimos en un callejón y entramos en una siniestra portería.
De esas con las de el yeso de las paredes afectado por la humedad.
Y con apenas una triste bombilla iluminando el espacio.
El chico se agrió la bragueta y sin mediar palabras sacó su polla.
Un pene sin descapullar y de tamaño convencional.
Que me neó agresivamente mientras me miraba.
Se balanzó sobre uno de mis senos y lo mordió a través de mi vestido.
Clavo sus dientes alrededor de mi pezón.
Y lo que quizá en principio debería haber sido un grito.
Se transformó en un placentero gemido.
Todo aquello era nuevo.
La excitación, los nervios y miedo.
Se trataba de un cóctel demasiado brutal.
Como para ser inmune a él.
Así que seguía adelante.
No cada día una mujer de mi edad puede disfrutar de la piel tersa.
Y dulce en experiencia de un jovencito.
Así que para qué desaprovecharlo.
Le cogí la polla y se la ameneé durante unos segundos.
Al mismo tiempo que el muchacho aprovechó para introducir su lengua en la boca.
Y enroscarla con la mía.
Me arrodillé y escupí su elzurlande.
Con la lengua dispersé la saliva por todo su sexo.
Y pasé a mamárselo.
De la base a la punta.
Seguí ese movimiento incesantemente.
Mientras sus manos se aferraban a mi cabeza.
El chico poco acostumbrado a mamadas de ese calibre.
Parecía que iba a perder el conocimiento.
Cerraba los ojos y aullaba sonoramente.
Sus piernas temblaban.
Y el esperma de sus testículos bullía salvajemente.
Solte su verga caliente.
Totalmente recta.
Y me puse de pie con el fin de deshacerme de mis bragas.
Apenas me las había quitado.
El muchacho se lanzó contra mi vagina y clavo sus dedos en la ranura.
Me buscaba un espacio caliente.
No me lo esperaba.
Me dejé sorprender gratamente.
El chico se movía con torpeza.
Parecía no tener muy claro lo que quería hacer con mi coño.
Pero era precisamente ese desorden lo que resultaba tan excitante.
Ahora un lametón.
Ahora una caricia con la palma de la mano.
Ahora meto los dedos.
Ahora otro lametón.
Mientras él se desvanaba los sesos.
Concentrado en mi raja.
Intentando ser un buen amante.
Yo alucinaba.
Jabas me había trabajado el coño de aquella manera.
Y de poco no se me ponían los ojos en blanco.
Con la misma rapidez con la que decidió hurgar dentro de mí con la lengua.
Pasó a penetrarme con su verga joven y hambrienta.
Tardó unos segundos en acertar.
Pero finalmente su sexo.
Traspasó el portal.
Y entró.
Aquello era el primer paso de un dentro fuera que iba a resultar.
Tan absurdo como apoteo seco.
Una vez más.
El muchacho se aferró completamente.
A unos de mis pezones con sus labios y lo chupó.
Tal como se esperara sacar algo de él.
Yo estaba completamente desarmada.
Perdida.
No sabía qué hacer.
Lo lógico hubiera sido dedicarle una sencilla caricia a aquel alocado jovencito.
Pero ni eso.
Me limité a dejarme follar.
Por su inexperto falo que entraba y salía de entre mis piernas.
A una velocidad.
Que iba a hacer un descanso.
A una velocidad.
Que iba de lo más a lo menos.
El éxtasis surgió de pronto de la zona genital.
Y se extendió imparable.
El cosquilleo ascendía a través de mi cuello hacia la coronilla de mi cabeza.
Y tal era su magnitud.
Que por unos momentos creí estar convencida.
De que los pelos se me ponían de punta.
A pesar de la poca luz del recinto.
Disfrutaba observando a aquel chaval.
Tan hiperactivo.
Trabajándose la follada con pasión y con brío.
Su mirada estaba clavada en mi coño.
Hada cuatro sacudidas.
Sacaba la polla.
Me golpeaba la pierna con su glande humedecido.
Y volví a introducir las admiramientos.
La concentración era total.
Apenas me dedicaba un lamentazo a las tetas cuando se acordaba de que estas estaban allí.
Para él.
Pero.
Lo que al muchacho le robaba su atención era joderme bien jodida.
De pronto.
Vi que su expresión cambiaba.
Se detuvo casi en seco.
Cerró los ojos y una extraña mueca.
Se dibujó en su rostro.
A aquel agudo.
Alocado al adolescente iba a correrse.
Rápidamente le empuje hacia atrás.
Fue de poco.
Pero logré que yaculara sobre mi estómago.
No era mucho esperma.
Pero su aparición fue muy espectacular.
Dado.
Un salto así en el aire.
A una altura considerable.
Y dispersándose al estrellarse contra mí.
El muchacho le desplomó sobre mí pesadamente.
Sudoroso.
Jadeante.
Borracho de tanto placer.
Y de no solo impedido incluso se hubiera dormido en mi regazo.
Le sujeté por el cuello de su chaqueta y le puse en pie.
Eh.
Y le dije.
Seguro que te lo has pasado muy bien.
Pero yo también tengo derecho a corromen.
No crees.
Venga no seas tan mal educado.
Y vuelve a jugar con mi coña.
No sé de dónde sacó las fuerzas para cumplir mis deseos.
Pero se aseguró que reanudó la comida.
Desprendiendo.
Exactamente la misma cantidad de energía que hacía unos minutos.
Antes de correrse.
Había disfrutado tanto con su alocada manera de masturbarme.
Que quería repetirlo.
Pero esta vez hasta el final.
De nuevo una amalgama de torres, caricias y lamentazos desorientados.
Encima de mi sexo.
Que condujeron al placer más absoluto.
Con sus manos fregaba mi raja por la zona exterior.
Como quien pone crema en la espalda de su pareja.
Y tal era su entrega al asunto.
Que con una brutal descarga eléctrica recorrió mi columna por entero.
Se deslizó por mis extremidades.
Y creó un núcleo justamente entre mis piernas que estalló en un orgasmo.
El muchacho no tuvo compasión de mí.
Me corré gritando y jadeando.
Apenas pude respirar normalmente tras semejante.
He catombe.
De nuevo vestido silla en la calle.
Aquel extraño mozalbete.
Sigo guardando silencio.
Y me besó en la mejilla para posteriormente desaparecer del gentío.
Mientras veía como se alejaba grité.
Escríbeme.
Quería saber más cosas de él.
De dónde sacaba tanta energía.
Si le había gustado lo que le había hecho.
Si le parecía atractiva.
Porque no, soy una mujer madura y una muchachita de su edad.
En fin.
Todo tan rápido que quedé con miles de preguntas en la cabeza.
Y cuando tocaron las diez de la noche me conecté un paciente en busca de un email.
Explicativo y tenía uno.
De él.
Lo abrí.
Contenta y nerviosa.
Y lo que leí me dejó de una pieza.
Hola cariño.
Espero que no estés enfadada conmigo por haberte dado plantón.
Un imprevisto me ha impedido ir.
Pero podemos volver a intentarlo cuando quieras.
Di día y hora.
Que allí estaré.
Besos.