Relatos Hablados

El bosque de los polvos embrujados

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Este relato está causando sensación debido a la veracidad de los hechos. Narra las vivencias de unos jóvenes que se fueron de excursión al bosque. La cinta fue encontrada dentro de una de las tiendas de campaña varias semanas después por un pastor que luego llevó a las oficinas de un periódico para que se divulgara. Un estremecedor relato que pone los pezones de punta.

Este relato está causando sensación debido a la veracidad de los hechos

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Voz por BellaPerrix
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Casi todo el mundo se emperra en hacer el amor sobre una cama de matrimonio, con lo divertido que es hacerlo a la intemperie, en plena naturaleza, como lo hacían los abuelos de nuestros abuelos.

Soy una chica joven, de 25 años, de cuerpo atlético y unas pantorrillas fuertes, musculosas y preparadas para las largas caminatas. Cuando llega el viernes por la tarde, cojo la mochila, me la cuelgo a la espalda y me largo a la montaña a gastar suelas, hasta que los pies alcanzan la temperatura de 50 grados bajo el calcetín.

No hay nada que me guste más que ir de excursión para respirar oxígeno puro y patear caminos pedregosos y silvestres. Suelo ir en compañía de un grupo de amigos, aunque en ocasiones, por compromisos varios, vamos siendo dos o tres los que nos lanzamos a la caminata silvestre.

Aquel fin de semana fue uno de aquellos, pues la mayoría le iba mal salir de la ciudad, uno porque tenía un pariente en el hospital, la otra porque se casaba una amiga, el otro porque le tocaba hacer horas extras en el trabajo y su hermana porque le daba pereza.

En conclusión, me quedé a solas con Juan. Ambos cogimos la mochila, la tienda de campaña, nos subimos al tren y paseamos por la montaña hasta que el sol empezó a ocultarse.

Instalamos la tienda de campaña, nos abrigamos bien, nos metimos cada uno en nuestro saco de dormir y nos dimos las buenas noches. He de confesar que estaba algo en tranquila porque temía que de un momento a otro Juan intentara seducirme, me asedillara o me propusiera algo a lo que yo no iba a negarme, pues lo estaba deseando con toda mi alma.

La noche pasó y no ocurrió nada dentro de la tienda de campaña, salvo el concierto de ronquidos por gentileza de sus fosas nasales. Nos despertamos con la primera luz del alba y la tienda estaba empapada de escarcha, hacía un frío húmedo infrahumano, ya que el que te cala en los huesos.

Salimos de la tienda, nos vestimos apresudadamente y nos abrigamos todo lo que pudimos, el suelo estaba empapado de hielo y nosotros estábamos helados, así que hicimos un pequeño fuego, calentamos café, nos tomamos dos tazas, comimos un poco y empezamos a caminar sin rumbo fijo, aunque tomando las correspondientes precauciones para no perdernos.

Cuando llevábamos un par de kilómetros nos detuvimos y nos dimos cuenta de que por allí no había ni un alma y que posiblemente no veríamos a nadie en lo que restaba de día.

Juan empezó a parlotear comentando lo idílico que resultaba aquel paisaje repleto de árboles, a divagar sobre tópicos y a soltar una tontería tras de otra, con el único fin de ir preparando el terreno.

De entre todos los temas que sacó a relucir se esplayó a gusto con el de los bosques solitarios, los asesinatos sin resolver y los psicotribles.

Parecía que quisiera emular a los protagonistas del proyecto de la Bruja de Blair, por lo que intentó asustarme un poco cuando me dijo con una sonrisa maliciosa que él sufría de doble personalidad, que me pondría un cuchillo en el cuello y que me violaría.

Sin que huyó pudiera hacer nada por evitarlo y sin que nadie pudiera oír mis gritos. Le comenté que si quería pegarme un kiki, si deseaba un buen revolcón, no tenía por qué forzar la situación, tan solo bastaba con que me lo pidiera por favor.

No se lo pensó ni un segundo, pronunció la contraseña, dijo por favor y sin darle tiempo a decir algo más le di un beso en la boca de cine.

Le cogí de la mano y le arranqué un poco la camisa y la arrastré luego hacia lo más espeso y silvestre del bosque y prescindiendo de las bajas temperaturas, empecé a desabrocharme yo la ropa mientras sus manos intentaban sobarme los pechos, que ya estaban duros por la excitación.

Dejamos nuestras mochilas, tiramos la tienda de campaña, extendimos unas mantas y empezamos a revolcarnos por el suelo mientras yo le metía la mano por el paquete.

Menudo bulto tenía, no paraba de crecer por debajo de los pantalones, parecía que la cremallera de su bragueta iba a ceder de un momento al otro y yo no veía el momento de meterme todo aquello en la garganta.

Al final conseguí sacársela fuera, la tenía bien dura, firme, apuntando hacia arriba y tan rosada que parecía que fuera un helado de fresa.

Me la tragué como si se tratara de una pastilla y succioné tan fuerte que no tardé demasiado en saborear el dulce sabor del relleno, de senector blanco de macho.

A pesar de haberse corrido, aquel pene no tenía la intención de menguar, pues su dueño tenía otros planes para él. Juan me desabrochó los tejanos y me los bajó, tiró de las bragas y dejó al descubierto mi almeja, que estaba empapada de jugos por la calentura.

Con su lengua exploró aquella zona tan ardiente, con tal pericia y habilidad que consiguió que gimiera de gozo, mientras él chupaba y chupaba aquel orificio carnoso.

Agarré sus flácidos 10 centímetros de masculinidad y los agité suavemente para conseguir que alcanzara los 25. Una vez las tenía firmes, cogí un condón que guardaba en uno de los bolsillos de mi plumón y los saqué de la funda y se lo coloqué.

Me tumé de espaldas sobre la manta y levanté todo lo que pude las piernas. Mis muslos estaban rígidos por el frío, por el esfuerzo y por la posturita de marras.

Él se abalanzó sobre mí para metérmela hasta el fondo, por allanar esa hendidura abierta, achonda y sonrosada. Una vez le noté todo dentro, intenté contraer las paraces de la vagina, por asentirla y notar aún mejor su fricción.

Entraba y salía, y me conducía al maravilloso mundo de los orgasmos. No sé cuántos alcancé, pero fueron más de tres y casi seguidos. Ya he dicho que aquella mañana hacía mucho frío, pero yo estaba sudando al igual que un panadero frente al horno y en pleno mes de agosto.

Me la introducía hasta la empuñadura, hasta sentir sus testículos. Parecía que la punta quería llegar hasta mis ovarios. Mientras me perforaba, yo me acariciaba el clítoris.

Él se movía con frensí, del mismo modo que un muñequito de cuerda. Malauradamente la cuerda se acaba, con lo que él volvió a mancharme de nuevo.

Él se quedó inmóvil, puso cara de pasmo, los ojos en blanco y la vertioso me envivié entre. Yo hubiera seguido toda la mañana, pero Juan tenía más que suficiente con un segundo combate.

Así que nos pusimos nuestros respectivos pantalones, nos colocamos bien el resto de la ropa y seguimos con la excursión. Pasamos el resto del día sincerándonos el uno con el otro y condonciéndonos mejor.

Hace ya un mes que salimos juntos, bueno, que somos novios, y cuando vamos de excursión con el resto del grupo, nos montamos nuestra tienda de campaña aparte para dormir y para no dormir el uno con el otro.

Somos la comidilla de nuestros amigos, pero lo nuestro ya se veía venir. Y es que un fin de semana en el campo, yo sola con el chico de tus sueños propicia cualquier romance.

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