Hace tres años, cuando yo tenía 19 y apenas faltaban dos semanas para hacer los 20, una
amiga me quitó a mi novio.
Nunca lo olvidaré.
Fue un día de lo más triste.
Lloré desconsoladamente
en mi habitación durante horas y no quería ver a nadie, ni tan siquiera a María, la
que consideraba y considero mi mejor amiga.
¿No era ella la que me había quitado Alberto?
Claro que no.
Cuando utilicé la palabra amiga para hablar de la zorra que me hizo esa jugarreta,
lo hice de una forma un tanto inconsciente, ya que para mí solo existe un tipo de amistad.
Una amistad verdadera y sincera.
Una de esas que se forja con el paso de los años, porque
una amiga de verdad es aquella que te aguanta en los días buenos y los malos, aquella a
que puedes arrimarte en un caso de desesperación y aquella con la que pasas tus más inolvidables
momentos de diversión.
Esa era María.
Tiempo después me enteré de que mi ex y la zorra
que me lo había quitado cortaron.
Al parecer, Alberto había empezado una nueva relación.
Eso me dolió.
Confieso que por un momento creí que tal vez la separación le motivaría
a llamar de nuevo a mi puerta, pero no lo hizo.
Prefirió a otra antes que recuperarme.
En lo que a mí respecta, yo seguía estando soltera.
Me encantaba jugar el papel de la
pobre chica desvalida y no tener novio me iba como anillo al dedo.
De haber querido
tener uno, os aseguro que no me hubiera costado nada.
Los chicos se ponían en cola junto
a mi puerta, esperando a ser el afortunado, pero eso me hubiera desmontado los esquemas.
María quería aliviarme del dolor y la tristeza que sentía y por eso una o dos veces al mes
me conseguía ligues.
La chica se superaba cada mes.
El nivel de los tíos que me presentaba
era siempre superior a la anterior y aunque me hiciera la estrecha durante un tiempo,
finalmente sucumbía ante los encantos de Javi.
Mi nudo chigarrón estaba hecho de aspecto
no demasiado rudo, como a mí me gustan, de ojos claros, físico totalmente proporcionado,
ni muy delgado ni muy musculoso, con una voz suave y reposada.
Una joya, vamos.
La primera
noche no ocurrió nada en especial.
Unas copas, una charla, un par de cigarrillos y
hasta otra.
Llegué a pensar que nunca más sabría de él, pero no fue así.
La segunda
noche la cosa ya fue más movidita.
Quizá influenciados por el alcohol, comenzamos a
besarnos.
Lo que primero eran besos tímidos pasaron a cotas más altas, cuando directamente
Javi me introdujo la lengua en la boca y comenzó a enroscarla junto a la mía.
Me
puse a cien, lo recuerdo como si fuera hora.
Sentados junto a la barra, su lengua húmeda
me repasaba por completo, mientras que con la mano comenzó a acariciar mi pecho por
encima de la ropa.
Sus dedos palpaban en busca del pezón y cuando lo encontró, me pellezó
el mezco.
La verdad es que me hacía daño, pero a la vez todo aquello me estaba calentando
de mala manera.
Agarró mi mano derecha por la muñeca y la condujo hasta su bragueta.
Palpé sus pantalones de látex ceñidos y suaves al tacto.
Sentí su pene crecer bajo
la palma de mi mano.
Busqué la bragueta, tiré de ella hacia abajo, introduje la mano
por dentro del pantalón.
Di con la rendija de los slips y por fin traspasé la barrera
hasta tener su sexo bien agarrado, caliente y en creciente erección.
Inicí un rápido
sube y baja que no tardó mucho en hacer efecto.
Javi seguía manoseando mis senos por encima
de la blusa y no separaba sus labios de los míos, no.
Notaba su respiración clavarse
sobre mí.
Sus profundos y silenciosos gemidos delataban que disfrutaba de aquello, incluso
más que yo.
Ocupaba como estaba de tirar la piel que rodeaba su glande hacia atrás
en un gesto mecánico a la espera de verle estallar en un dulce orgasmo.
Y ocurrió,
en la oscuridad de Sebar, hecho su esperma y manchó mis dedos y dejó de besarme y tocarme
para retorcerse de forma contenida sobre su taburete.
Lo había pasado bien, pero quería
más.
Por desgracia, aquella noche fue Javi quien decidió hacerse el estrecho.
Y tras
mi dedicada paja y un paseo, se despidió de mí, jurándome que me llamaría para el
fin de semana siguiente.
Confieso que le odié.
Me sentí explotada e insultada durante un
par de días.
Estuve convencida de que fui tratada como un mere objeto de placer.
Hombres.
Con razón no quería saber nada de ellos.
Pero a quién quería engañar.
Estaba totalmente
acolada por ese tío tan guapo y rezaba para que llamara tal y como me había prometido.
Y cumplió.
El teléfono sonó.
La tarde del viernes.
Quedamos en Vernos el sábado.
Y aquel día fui extremadamente feliz.
Me preparé a conciencia.
Incluso compré condones.
Cosa que no hacía desde que Alberto me dejó.
Todo estaba a punto para el gran momento.
No era un secreto.
Javi y yo sabíamos lo que deseábamos con locura era follar.
Como
conejos.
Y por eso pasábamos directamente del restaurante a su apartamento.
Nos olvidamos
por completo del bar, de copas y de la discoteca.
Solo entraré en el piso, Javi se menchó
encima.
Y una vez más se valió de su incansable lengua para bucurar dentro de mí.
Del pasillo
pasamos a la cama.
De camino fuimos dejando caer nuestra ropa.
Como en las películas.
No fue tarea fácil porque estábamos en pleno diciembre.
Pero lo logramos.
Aterrizamos
como Dios nos trajo al mundo sobre el somier.
Y Javi no perdió el tiempo.
Recorrió apenas
unos segundos mi cuerpo por entero.
Me besó mis pezones.
Acarició con las uñas mis murlos.
Y aprovechó mis escalofríos para colocarse sin que me diera cuenta entre las piernas.
Y repasar la raja de mi sexo con uno de sus dedos.
¡Mmm!
¡Cómo me gustaba!
¡Qué inolvidable sensación!
Dejé caer mis brazos hacia los
lados de la cama abriéndome por completo a él.
Separe también mis piernas y me dispuse
a hacer su aperitivo.
Javi sabía lo que se hacía y me comió el coño como nunca antes
Alberto lo había hecho.
Mojó con sus humedecidos labios todo lo que encontró en su paso.
Y
prestó especial atención al clitoris.
Uf.
Utilizó toda suerte de trucos y técnicas
para ponerme a cien.
Palpó mi vagina por completo y yo me humedecí como una loca,
esperando ser penetrada.
Javi se incorporó y me mostró su vigoroso falo erecto.
Estiré
mi mano hacia él deseando poder acariciarlo.
Pero en el extraño juego de mi amante eso
no era parte de las reglas.
Él se ocupaba de lograr una erección completa sacudiéndolo
con la mano.
Roja, ardiente y cubierta con un preservativo, su polla se encaminó a través
de mis labios en dirección a terreno desconocido.
La entrada fue apoteósica.
La hipersensibilidad
de las pieles de nuestros genitales estallarán en un éxtasis sin fin en cuanto hicieron
contacto.
Y Javi me folló por completo.
Sacudió mi cuerpo sin compasión.
Hizo tambalear los
cimientos de aquel dormitorio mientras me besaba en el cuello sin cesar y dedicaba agradecidas
caricias a mis erectos pezones.
Menudo polvazo.
Ambos gemimos desesperados y a pesar del
frío que hacía más allá de aquellas cuatro paredes sudábamos y ardíamos el uno pegado
al otro.
Y entonces me di cuenta de que nunca antes había hecho el amor.
Alberto jamás
supo darme tanto placer.
Me sentí casi como una virgen asistiendo a su desfloramiento.
Fue como empezar de cero.
Y él, sonado orgasmo, reafirmó que todo aquello tenía muy poco
de convencional.
Me estremecí y jadeé como una condenada.
Mi cuerpo se retorció entre
las sábanas junto al de Javi.
Algo absolutamente maravilloso.
Al día siguiente, el día de
cuando salió el sol, me desperté completamente enamorada de mi amante.
Todo en él era perfecto.
Pase una hora mirándolo.
Dormí profundamente.
Le observaba una y otra vez me decía a mí
misma lo afortunada que había sido al conocerle.
No olvidé que todo se lo debía a María.
Ella era la persona que me había presentado a Javi y gracias a él estaba consiguiendo
olvidarme de Alberto.
De hecho, lo logró del todo porque Javi desapareció de mi vida
unos días después.
Nunca me dio su teléfono, así que no tenía dónde llamarle.
Le supliqué
a María que lo buscara y ella me prometió quedaría con él.
Ya no había lugar en mi
cabeza para Alberto.
Ahora solo el recuerdo de Javi ocupaba todo mi tiempo.
Y aquí estoy,
dos semanas después de mi noche inolvidable, esperando la visita de María que me ha prometido
que tiene noticias para mí.
No sé si buenas o malas, pero por lo menos algo tiene que
decirme.
Quizá ha descubierto que Javi tuvo un accidente y por eso no pudo llamarme o
a lo peor está con otra persona.
La impaciencia me corroe.
Miraré por la ventana a ver si
está María.
Pero no viene sola.
¿Quién es ese?
Es Alberto.
Viene con Alberto.
Esto
es increíble.
Eh, un momento.
¿Por qué van cogidos de la mano?