Abro las puertas y me encuentro con un recinto enorme repleto de gente disfrazada.
La iluminación colorista resulta excesiva y la música un poco estridente.
Todos bailan y el alcohol comienza a hacer estragos.
Mi compañera me suelta un suerte y hasta pronto y se pierde entre gentío.
Recuerdo hace ahora una semana el día en que decidimos el disfraz que íbamos a ponernos
cada una para el carnaval.
Las ideas fueron varias, de Titanic, el del zorro, planteamientos más propios de mi hermano
pequeño que de dos guapas chicas emancipadas de 27 años.
Finalmente tuvimos una idea más divertida, aunque así mismo bastante atrevida, y vamos
a disfrazarnos de tetas.
Sí, cada una representaría un gran pecho para mayor deleite de los chicos.
De tetas.
Es por eso que me molesta que mi amiga pase de mí de esa manera, porque si no vamos juntas
no tiene sentido.
En fin, tendré que pasar la fiesta como buenamente pueda.
Consigo sobrevivir al mogollón y llegar a la barra, lo que me faltaba.
Ahora sí que no pido ni un agua.
El barman va disfrazado de polla.
¡Qué bochorno!
Ya es demasiado tarde.
Me ve, sonríe y me hace señas para que vaya.
Parece guapo y simpático.
Así que le devuelvo la sonrisa y voy hacia él.
Me sirve una cerveza mientras me felicita por mi atuendo.
Me cuenta entre carcajadas lo mucho que le costó construir su fálico disfraz y repite
las numerosas frases graciosas que la gente le ha dedicado en el rato que llevamos de
fiesta.
Asimismo, llama mi atención sobre que a su disfraz le falta algo.
Me reta a que si lo adivino la bebida será gratis.
Evidentemente, sé que se refiere a los testículos.
El disfraz es incompletos y un buen par de huevos.
Pero eso no impide que juguete un poco con él.
Nos ríamos y finalmente acierte.
En ese momento, el chico me hace señas para que mire tras de mí.
Me giro y veo aproximarse a mi amiga Carmen, es decir, mi teta acompañante.
Y… espera, ¿de la mano lleva agarrado a alguien?
Entonces puedo verlo.
Es un tipo disfrazado de testículos.
En mermar palabra, miro de nuevo a la barra y veo al chico disfrazado de polla reirse.
Al parecer ambos hemos dado con nuestros respectivos compañeros y nuestros respectivos complementos
orgánicos.
Ya juntos, los cuatro, charlamos un rato.
Nos reimos mucho y decidimos huir del tumulto y correr hasta algún rincón más despejado
para poder evitar charlar a gritos.
El chico que va disfrazado de testículos, que dice llamarse Carlos, nos lleva hasta
una sala completamente abandonada.
Al parecer, unas horas antes ahí se había montado una cena empresarial o algo así,
pero ahora no había nadie.
Es en ese momento, dirigiéndonos los cuatro hacia la puerta con nuestros estrafalarios
disfrazes que me doy cuenta de que algo gordo se avecina.
Ya dentro de la sala, Carlos y el que va de polla, Marcos, comienzan a hacerse bromas
sin parar sobre el posible parecido de nuestros disfrazes con nuestras verdaderas tetas.
De pronto mi amiga, que ya va con el puntillo y además siempre ha sido algo loca, les devuelve
la broma a los chicos dudando de su virilidad.
Estos que parecían estar esperando el comentario con impaciencia se quitan la ropa en un momento,
tampoco llevaban mucha cosa aparte del disfraz y se quedaron en pelotas.
No puedo evitar primero asustarme un poco, pero joder, si están buenísimos, menudo
par de tíos que nos hemos pillado y yo sin darme cuenta.
Además, ambos tienen un buen par de pollas que les cuelgan no sin cierta gracia.
Carmen, animada por la visión, se quita el disfraz, se desnuda en un tiempo récord,
también se queda en pelotas con sus pequeñas pero bien formadas tetas al aire.
¿Quién es el primero?
exclama con voz chillona, y en menos que canta un gallo, ya tiene a Marcos encima, chupándole
los pezones y clavándole la polla en el muslof con una prominente reacción.
Carlos se acerca a mí y me pregunta que por qué me corto de esa manera.
No es que me dé vergüenza o miedo, pero no sé, me parece todo tan subrealista.
Que no estoy segura de si debo seguir el juego.
Él le aproxima su rostro a mi cara.
Justo en el momento en el que decido dejarme de remilgos y pasar un buen rato.
Me besa para luego bajar hasta mi cintura, bajarme los pantalones, quitarme las bragas
en un abrir y cerrar de ojos y comenzar a comerme el coño con auténtica maestría.
No puedo evitar mirar a Carmen y Marcos, ambos se lo están pasando de miedo, sobre todo
ya que ella se dedica plenamente a hacerle una buena mamada.
Carmen siempre había presumido de mamarla como nadie, pero no me lo creía hasta ahora.
Cómo domina la guarra.
El hinchado falo está dentro de su boca y la llena por completo.
Ella le recorre el tronco desde los huevos hasta la húmeda punta de su glande.
Así lo repite tres o cuatro veces.
Seguidamente desciende hasta sus cojones y se los mete en esa boca que no parece conocer
el descanso.
Lo sorbe a conciencia al mismo tiempo que con su mano le pellizca el capullo.
Vuelve a la punta de la polla y utiliza su lengua con el frenillo de Marcos.
Me está poniendo como un amuto.
Lo castiga sin compasión, el tío está que flipa.
Decido apartar la mirada y concentrarme en la comidita que Carlos está comenzando a
trabajar entre mis piernas.
De hecho, ya noto cómo el chico domina el tema.
Sí, ya lo creo.
Se ha centrado por completo en mi raja.
Alhometazos parece querer apoderarse de mi clítoris.
No a cada embestida que le da a mis pelos se erizan.
Sí, así.
No perdona una.
Con dos dedos penetra en mi almeja y una vez dentro voltean sobre sí mismos acariciándome
las paredes de la cávida de mi coño.
Voy a correrme.
Me ha oído y por eso incrementa la paja a la que me está sometiendo.
Sigue, sigue.
Ha sacado los dedos del interior y ahora los utiliza como herramienta de placer, golpeando
de nuevo sobre el clítoris, presionándolo, mareándolo.
Oh, sí.
Ahora.
Mientras mi cuerpo se estremece gracias a ese apoteos y corgasmo y el sudor sale de
mis poros sin compasión, aún puedo echar un vistazo a mi amiga y verle terminar el
ogrón chupada.
Presenciar como un inmenso chorretón de esperma cae sobre sus tetas.
De cómo ella grita de placer con tan solo sentirlo.
De cómo lo coge con sus dedos y los saborea entre sus labios.
Oh, cómo me apetece a mí también mamársela bien mamada Carlos.
Pero para cuando me giro, le descubro sacudiendo su polla sin cesar, como un poseso, con el
repetir de arriba abajo de un modo frenético, hasta que un chasquido precede a la corrida
que cae directa inexorablemente a sus pies, justo al lado de una colilla.
Qué lástima.
Cuánto semen desperdiciado.
La historia de mi vida siempre me tiene que tocar el egoísta.
Carmen sigue dándole el asunto con su compañero.
Carlos, que se me aproxima haciendo esfuerzos por tener una nueva erección.
No sé.
Presiento que el resto del polvo va a ser muy aburrido.
En fin.