En el escenario, el guitarra daba un salto que le hacía volar por encima de las cabezas
de una entregada audiencia que no cesaba de votar.
El batería parecía perder la razón aporreando el instrumento.
El bajista daba la imagen de ser el más normal, sacudiendo la cabeza levemente sin descalabrarse.
Mientras el vocalista es el que estaba peor, se desgañitaba a través de un micro que
se apretaba entre sus manos con fuerza.
Los gruesos músculos de su brazo se tensaban y eso los hacía brillar, dándole un cierto
relieve irreal a ese montón de tatuajes.
Yo estaría entre las primeras filas, justo al lado del grupo de chavales que danzaban
histéricamente chocando de hombros y espaldas los unos contra los otros, golpeándose y
sudando una barbaridad.
Mis amigas, Ana, Nuria y Emma, se habían situado a mi derecha y parecían estar pasándolo
realmente bien con aquel demente espectáculo.
No era mi caso.
Tanto sonido chirriante saliendo de los amplis me daba dolor de cabeza, así que decidí alejarme
de todo aquello y echar un trago en la barra.
Ya con mi cerveza en la mano, se me acercó un chico vestido con prendas de una talla mayor
a la suya, que situó un papel frente a mi cara.
Le eché un vistazo y pregunté, ¿y esto qué es?
Una forma de apoyar la causa del vegetarianismo, contestó.
Lo siento, no soy vegetariana, gracias, les pete, esperando que me dejara en paz.
Cosa que no ocurrió.
Muy al contrario.
Pues deberías.
Comer carne es un delito, siguió.
No, no lo es, dije, es ley de vida.
No estoy de acuerdo, añadió él.
Aquello se estaba animando y era una buena alternativa al ensordecedor concierto que
se estaba celebrando al fondo de la sala.
Además, el chaval no estaba nada nada mal y yo comenzaba a disfrutar de aquella hilarante
conversación.
Es una forma de vida, dijo.
Le miré con una expresiva mueca de no comprender a qué se refería.
No tardó en aclarármelo.
Todo eso, mi forma de vestir, no comer carne, no consumir drogas de ninguna clase y la música,
sobre todo la música.
Lo siento, yo solo venía a ver un poco de espectáculo.
Además, la entrada estaba muy bien de precio, no me hizo ningún caso.
Siguió soltando su rollo.
Creemos en un mundo mejor, sin violencia, sin discriminación, nada de racismo y menos
aún sexismo.
Ahí dio en el clavo.
Decidí que era el momento de atacar, si quería que mi noche de sábado fuera algo más animada.
Sin discriminar a las mujeres, dices.
Claro, nada sexistas, placer por igual.
Repitió a lo que yo le solté sin remilgos.
Ah, eso es muy interesante.
El sexo es mi especialidad.
El chaval podía tener muy mal gusto vistiendo.
Sí, pero no tenía un pelo de tonto.
Captó por dónde iban los tiros.
¿En serio?
¿Dices que es tu especialidad?
Estaría bien ver cómo te lo montas.
Tendremos que quedar un día.
Pero yo no estaba dispuesta a esperar ni un minuto, así que decidí meterle caña.
Sin apenas se dirá cuenta, dirigí mi mano hacia su paquete.
Al ser unos pantalones amplios, no me fue difícil palpar hasta notar su polla flácida
y doblada dentro de sus slips.
El chaval se quedó algo impresionado, pero no pareció desagradarle mi acción.
¿Qué tendréis los chavales de esta movida a que todos estáis tan bien paridos?
Mientras le hacía la pregunta, inicié una serie de entregadas caricias a su falo.
Noté cómo crecía por segundos, cómo la sangre corría por sus venas y cada vez estaba
más hinchado y duro.
No hay truco, dijo.
Solo se trata de llevar una vida sana.
Entonces se abalanzó sobre mí, clavó sus labios a los míos y dejó libre su lengua,
que se adentró hasta encontrarse con la mía y retozar juntas un buen rato en un vaivén
de saliva muy excitante.
Después de tan espectacular morreo, ambos estábamos más que preparados para pasar
a palabras mayores.
Me agarró de la mano y me condujo hasta el lavabo de los hombres.
Afortunadamente todos estaban demasiado metidos en el concierto como para pensar en ir a vaciar
la vejiga, así que nos encerramos en un bate.
Teníamos la música sonando a toda pastilla a nuestro lado.
A través de las paredes, las notas desgarradas invadían la estancia y emudecían los gemidos.
Sus manos se aferraron a mis senos mientras yo un día demuevo mi lengua dentro de su
boca.
Seguidamente me desabrochó la blusa botón a botón.
Luego se aforró a mi sujetador negro y tiró de él hasta que mis tetas saltaron hacia
fuera.
Se agachó y inició una dulce serie de lamentazos alrededor de mis pezones que me puso muy
cachonda.
Le pedí que me los mordiera y él no se contuvo.
Ondió sus dientes en la mama y la punzada tan gustosa como dolorosa se me clavó en
el espinazo.
Una vez había embadornado mis senos de babas, siguió descendiendo hasta los tejanos.
Me los desabrochó y bajó hasta llegar a las rodillas.
Su mano se deslizó a través del muslo hasta mi coño y pellizcó las bragas.
De un tirón las apartó y decidió concentrarse en mi coño.
La música seguía sonando en aquel momento.
El vocalista soltaba un grito desgarrador y el palpitar de mi corazón subía al mismo
ritmo que la canción aceleraba su ritmo de forma desbocada.
Chupó el coño como nadie lo había hecho antes.
Clavó su lengua dentro de las cavidades de mi vagina y la asuntó de placer.
A ratos su dedo jugueteaba con mi clítoris y ambas cosas juntas me hacían cerrar los
ojos con fuerza.
Yo no cesaba de preguntarme qué esperaba para dejarme chuparle su gran polla, pero
no parecía dispuesto.
Sólo estaba interesado en mí, en ofrecerme el mayor placer posible.
Las notas del bajo sonaban contundentes, como un ultrasonido que lo hacía temblar todo.
Las paredes, a mí, mi sexo, a él.
Su lengua no cesaba, no cesaba de rodear las paredes de mi raja, no cesaba de clavarse
en mi uretra y de adentrarse por la aventura de mi coño.
Oh, como si quisiera llegar hasta lo más profundo de mi interior.
Todo parecía que iba a estallar.
Todos mis músculos se tensaron.
Sí, gritaba, pero nadie me oía.
En aquel momento el grupo había llegado a la cumbre de su actuación y todos los instrumentos
sonaban de forma caótica, formando una pared de sonido.
Me corro, gritaba.
¡Ah!
¡Sí!
¡Mos!
¡Mos!
¡Mos!
Oh, el placer que me invadía.
Oh, sonó el plato de la batería como colofón y tuve el tan deseado orgasmo.
Oh, oh, oh, oh, grité.
Mientras me retorcía, le miré ahí entre mis piernas, algo confusa, pues prácticamente
no llegué ni a tocarle la polla.
De nuevo en la sala y ya viéndome despedido de aquel enigmático chico, me reencontré
con mis amigas.
Los músicos se estaban guardando los bártulos y la gente se dirigía a la salida.
De camino a la casa les conté lo que me había ocurrido de forma apasionada, como quien cuenta
el argumento de una película que le ha gustado mucho.
Cuando terminé, se echaron a reír y Emma, que era la más cachonda, dijo,
Eso que has hecho con ese tío ha sido su forma de enfocar.
Una relación sexual no se exista.
Y se echaron a reír a carcajada limpia.
Lo que más me jode es que aún no sé si lo dijeron en broma o en serio.