Relatos Hablados

Pagar por follar

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Soy una viciosa empedernida, tanto, que llegó un punto en el cual ya no sabía donde gastar el dinero, mi fiebre consumista me había hecho agotar todos las opciones disponibles, las compras, el juego, el alcohol... Pero había algo que todavía no había tanteado: el placer de pagar por follar.

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Voz por BellaPerrix
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Siempre he sido una mujer de caprichos y quizá por eso estoy un poco rellenita, ya que como lo que se me antoja y no lo que debería comer. Afortunadamente también me gusta ir al gimnasio a charlar con las amigas más que nada y al salón de belleza.

Cada principio de mes que es cuando me pagan me pongo tag y cárdica dando rienda suelda a mi verdadero yo, el de una manera He de confesar que me quema el dinero entre las manos, que no puedo tener un billete más de cinco minutos en el bolso y que necesito gastar y gastar para ser feliz.

Puede que esa bulimia consumista sea la válvula de escape a una carencia de tipo afectivo. No tengo novio y supongo que no... que sí, que me gustaría tenerlo.

Pero es que no soporto aguantar a nadie y menos a ese tipo de hombre, zalamero que no te deja sol ni en sol ni en sombra. No hace mucho despilfarraba parte de mi sueldo en las zapaterías hasta que me dio por leer.

En mi casa ya tengo un armario lleno de zapatos todavía por sudar y una estantería repleta de libros que leí deprisa y saltándome las páginas.

Esa fiebre enfermiza por levantar mi cuenta corriente en las tiendas para luego no saber dónde meter lo que compraba. Me conducía irremediablemente a la ludopatía.

Ya me vivía alcoholizada paseándome por los bares y perdiendo el tiempo echando monedas en las máquinas recreativas. Por suerte, una amiga me pasó la dirección de un garito donde podía derrochar sin caer en el vicio del juego, bueno, de ese tipo de juego que...

que allí también se jugaba, vamos, pero de otro modo. Se trataba de uno de esos salones de té donde acude en maduras insatisfechas buscando quién las haga reír.

Eso de pagar por hacer el amor no se me había ocurrido hasta entonces, pues nunca tuve problemas para encontrar con quién revolcarme por las sábanas.

Además que a mí el sexo tampoco me quita el sueño. Lo de pagarle a un tío para que sea tu esclavo sexual durante una hora o dos tenía cierto morbo.

Por lo menos para mí, sí, me lo daba. Siempre me ha dado rabia que consideren a las mujeres como meros objetos sexuales y aún así estaba dispuesto a hacer lo mismo, si bien intercambiando los papeles, claro.

Aún recuerdo la primera vez que entré allí, me temblaban las piernas y tenía la frente empapada de sudor. Memoria de vergüenza, pero la sola idea de comprar algo nuevo, una cosa que no había adquirido hasta la fecha, me proporcionaba una sensación insana que me animaba a seguir.

Me senté en un rincón y no tuve que esperar demasiado. Lo cierto es que estoy mucho mejor que la mayoría de las mujeres que suelen buscar rollo de este tipo en establecimientos.

Se me acercó un muchacho enseguida de unos 25 años con mucha discreción. En aquella especie de bar de lujo de lo de la prostitución masculina se llevaba en plan fino y con discreción.

No era tan descarado como una barra americana donde sólo hay camioneros y putas. Allá había gente de todo tipo, desde parejas que charlaban amigablemente y se tomaban un café hasta las viejas y arrugadas que miraban de derecha a izquierda esperando que se les acercara un adolescente de buen ver.

Yo no tuve que girar mucho la cabeza. Se me sentó al lado un mozo alto moreno y muy atractivo. Me pidió un cigarrillo y después de dos calentadas me comentó si podía invitarle a algo.

Se tomó una cerveza entre sorbo y sorbo. Me son sacó si estaba sola, si tenía novio y si me apetecía acompañé. A lo primero le respondí que sí, a lo segundo que no y en cuanto a lo último no tuve ni que abrir la boca, pues sin darme cuenta estábamos en una pensión limpia y discreta donde hicimos el amor hasta cansarnos el uno del otro.

La habitación era pequeña y apañadita. Tenía baño, las sábanas de la cama estaban impolutas y había una pequeña televisión en color de 14 pulgadas sobre una mesa.

Francamente no se podía pedir más, cumplía los mínimos y ya que ambos estábamos allí para lo que estábamos tampoco iba a ponerme exigente. Me quité la blusa, me bajé la falda y me tendí sobre la cama esperando que el muchacho acabara de desnudarse.

El chico estaba francamente bien y cuando se sacó la camisa aún mejoró más. Su cintura estaba tan rígida como la de un nadador y sus pectorales firmes, abultados y con unos pezones redondos, puntiagudos y muy apetecibles.

Su culo tampoco estaba nada mal y en cuanto al miembro era de aquellos cortos pero gruesos y repletos de venas hinchadas. Me abrí de piernas esperando la penetración y él se acercó a mí con delicadeza para avisarme y acariciarme como si realmente me deseara.

Yo me esperaba una conducta más fría y barrio bajera, ruda y tosca como la de una puta poco refinada pero en plan hombre. Me besó en los pechos que ya tenía duros por la situación, en la boca y se introdujo poquito a poquito bajando hacia abajo para comerme el sexo con su lengua húmeda y experta en la gruta y la mío lo que encontró a su paso, concentrándose en los labios mayores, los menores y el plítoris.

Cuando mejor me lo estaba pasando se detuvo, se levantó de la cama, fui hasta sus pantalones, cogió la cartera, buscó un condón y se lo enfundó en el miembro que ya tenía completamente rígido.

Volvió a la cama, se echó sobre mí y me la clavó en la vagina, que estaba húmeda y dilatada, poco a poco para darle paso. A cada embestida él me miraba a los ojos y me sonreía con dulzura.

Poco a poco fue acelerando los movimientos y cuanto más rápido iba más pasión le ponía. Me besaba en los labios, me mordía dulcemente las mejillas, me lamía las orejas, aprisionaba los lóbulos con sus dientes y diraba de ellos.

Incluso pasó su lengua por mis axilas. En ningún momento quise tomar la iniciativa, ya que pagaba le dejé hacer. Era él el profesional y no yo, así que seguí echada mientras se lo trabajaba a fondo, empujando su miembro hasta que no pudo más.

Se corrió dentro de mí, vaciando todo el esperma en el condón y me preguntó si me había gustado. Cuando le pagué y le di una propina, supo que sí y cuando volví a requerir sus servicios ya no tuvo ninguna duda.

A veces vale la pena pagar por un buen polvo, puestos a gastar el dinero alegremente en tonterías que aún a... les suban la moral que hay más placentero que escuchar un te quiero, aunque sea de mentira.

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