Un orgasmo mágico
Al principio parecía un mago de corte clásico que no ofrecía más que los viejos trucos que aparecen en los libros de magia borrás, sin embargo acabó haciendo uno tan bueno que me corrí de gusto.
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Al principio parecía un mago de corte clásico que no ofrecía más que los viejos trucos que aparecen en los libros de magia borrás, sin embargo acabó haciendo uno tan bueno que me corrí de gusto.
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El mago, embutido en negro, nos muestra que sus manos no esconden nada. Seguidamente, hace un gesto cortante y una paloma blanca surge de la nada.
El público aplaude. Sí, no está mal, pienso. Pero este no es el mago tan increíble que decían los periódicos del extranjero. Es su primera actuación en esta ciudad y los de la redacción esperábamos con ansia ver en qué residía el impacto de este mago, que responde al nombre de Fantomas.
Al parecer, la polémica le ha perseguido durante años en su país de procedencia, Noruega. Incluso creo que leí cómo le habían prohibido actuar en la reprimida Inglaterra.
Y la verdad, de momento, no comprendo por qué. Llevamos tres cuartos de hora de magia, de la más típica, muy bien ejecutada desde luego, pero sin sorpresas.
Y con franqueza, como Fantomas no me muestre algo original, dudo que la crónica que debo escribir para mañana vaya a ser especialmente positiva.
De pronto, las luces comienzan a apagarse hasta dejar la sala en la penumbra. El corazón se me acelera. Fantomas ha perdido ese rostro sonriente que hasta ahora lucía en el escenario.
Mira entre el público. Parece estar buscando a alguien. Finalmente se decide por una chavala jovencita que ha venido al espectáculo acompañada de sus amigas.
La señala y para nuestro asombro, ella no se opone en lo más mínimo. Se levanta de la butaca y sube al escenario, donde la espera en una silla.
Tras ella va Fantomas, que después de sentarla le pasa la mano enguantada en blanco por el rostro. Se aleja unos centímetros de la discutible voluntaria y mueve sus brazos teatralmente, como es lanzar algún tipo de hechizo a la chica.
Esta, para nuestro asombro, se pone de pie y comienza a despojarse de toda su ropa. Primero la camiseta, luego el sujetador, los pantalones, etc.
Sin rechistar, sin asomo de vergüenza. Estamos todos atónitos, boqueabiertos. Ahora comienza a comprender dónde reside el impacto de este mao.
Con la chica ya desnuda, su mirada perdida hacia el fondo de la sala y de nuevo sentada en la silla, Fantomas se sitúa tras de ella, y apoya sus dedos en la sien de la jovencita.
Tras unos segundos de espera y entre el ya asombro absoluto de toda la audiencia allí congregada, la chica inicia una frenética masturbación.
Su dedo sacude sin compasión a ese joven coñito. A la cabeza me vienen un montón de preguntas, respuestas, dudas, contradicciones. ¿Cómo puede hacer esto y no ser detenido?
Aquí tiene que haber trampa. Esto es de muy mal gusto, pero también resulta fascinante. La muchacha, observada con terror por sus amigas, jadea como una desesperada, se contorsiona sobre la silla, suda, su dedo parece una máquina y la masturbación va en aumento.
Incluso comienza a ponerme cachonda. ¿Y Fantomas? Él se limita a situarse tras su víctima sin hacer nada más que mirar, como si estuviera dirigiendo a los actores o los actos de la chica con su cerebro.
El orgasmo está cerca. La chica tira la cabeza hacia atrás. Sus piernas se abren del todo. Chilla. De pronto, en plena corrida, un flash de luz blanca muy fuerte nos ciega todos por segundos.
Cuando abrimos los ojos, la silla está vacía. Los gemidos han cesado. El orgasmo se vuelve a apagar. Fantomas nos saluda teatralmente, desaparece tras la cortina y las luces del teatro se abren.
El espectáculo ha terminado. El silencio total reina en la sala. Nadie se levanta, nadie aplaude. Nadie hace nada. Las amigas de la chica desaparecieron.
La chica se despega de la silla. El silencio total reina en la sala. Nadie se levanta, nadie aplaude. Nadie hace nada. Las amigas de la chica desaparecida no pueden creer lo que ha pasado.
No saben cómo reaccionar. Están a punto de arrancar a llorar. Cuando un foco ilumina el escenario, se abren las cortinas y aparece Fantomas cogiendo de la mano a la chica que, claro, está va vestida.
Y está totalmente fuera de su trance, con una gran sonrisa. El público, aún algo atónito y no muy convencido de lo que han presenciado, se levanta de sus butacas y dedican al artista un aplauso larguísimo y muy muy sentido.
Esto es increíble. Debo entrevistar a Fantomas antes de que nadie se me adelante. Así que mientras todo el gentío aún se entretiene, huyo por la puerta de personal y voy como un rayo hacia el camerino de la estrella.
Es todo tan precipitado que nadie la vigila. Puedo entrar y lo hago. Una vez en el interior, no veo a Fantomas por ningún lado, pero entonces diviso la silueta tras el bihombo.
Parece que se está cambiando. Lo que no sé es cómo ha podido llegar antes que yo. En fin, no le demos más vueltas. ¿Llega usted a tiempo? –exclama con una voz grave–.
¿Es a mí? –pregunto a Tonita–. Por supuesto, sabía que iba a venir. Lo deduje desde que la vi en el escenario, maquinando algo en su mente.
Se muere por lograr una entrevista exclusiva conmigo y sonsacarme el arte de mi magia. ¿Voy errado? La verdad es que ha dado en la diana el muy zardo.
¿Y ahora qué hago? Quizá lo mejor sea seguirle la roscas un poco. Sale tras el bihombo con un matín de seda muy ortera, pero que con el debajo gana incluso en aspecto.
Se me acerca apenas unos centímetros y me susurra al oído. Pero lograr descubrir cuál es mi mayor secreto le va a costar algo a cambio. Deseo tanto esa exclusiva que soy capaz de cualquier locura por lograrla.
Así que voy directa al grano. ¿Quiere que se la chupe? ¿Es eso no? –sentencio–. Él se gira rápidamente y con una sonrisa irónica me contesta.
No, no exactamente. La verdad es que más bien pensaba en mi lengua como la afortunada, no en la suya. ¿Querrá comerme el coño? –pienso–. ¿Por qué no?
Además de conseguir así mi exclusiva, pasaré un rato de lo más agradable. Ya sin pantalones ni bragas y sentada sobre una pequeña mesa, abro mis piernas de par en par.
Fantomas se retoca su ridículo bigotito y se arrodilla frente a mí con toda la parsimonia posible. Con su dedo acaricia suavemente mi raja.
Debo confesarle muy, señora mía, dice, que en mi país, además de conocido por mi magia, soy también por mi arte, dando placer al sexo opuesto.
Pues déjese de monserga si empiece ya, le incremento. Estoy muy caliente. Dicho y hecho, el dedo que hace unos segundos solo rozaba su rosa.
Dicho y hecho, el dedo que hace unos segundos solo rozaba tímidamente mi coño. Reacciona automáticamente y se introduce por la abertura, bien hacia dentro.
Cierro los ojos y aprieto los dientes. Un segundo dedo se cuela por la ranura y entre ambos la abren. Él acerca su rostro, saca su lengua y con ella masajea mi clítoris.
Mis manos se aferran fuertemente a la mesa. Una de mis rojas uñas se parte. Esto es increíble. Su lengua se retuerce dentro de las cavidades de mi coño, como si luchara por salir.
Entonces me invade una extraña e incómoda sensación. Parece como si no fuera una, sino dos las lenguas que chupan y chupan. Deja de ser incómodo para rozar el éxtasis total.
A cada lamentazo viene otro seguido que multiplica por mil el placer que recorre mi espalda y que se extiende por todo el resto de mi anatomía.
Fantomas trata mi clítoris con compasión. Me tira de él con suavidad y agresividad a la vez. Corro velozmente hacia uno de mis pezones y a través de mi blusa lo pellizco.
Lo retuerzo cuidadosamente. Siento como se endurece y me gusta mucho. Floto en una nube de placer desmedido. El tipo me observa detenidamente desde entre mis piernas.
El orgullo de sus ojos le delata. Está disfrutando tanto como yo. Ahora ya no son dos, sino tres las lenguas que cual serpientes atrapadas en una diminuta caja se retuercen sin cesar.
Las gotas de sudor se deslizan por mi terza piel. Los escalofríos se triplican a cada segundo. ¿Qué pasa? Voy a correrme. Voy a correrme. Mis sienes se tensan.
Mis músculos quedan agarrotados. El número de lenguas parece crecer y crecer. Voy a gritar. Voy a correrme. Voy a correrme. Las luces de la habitación parecen lanzar un flash sobre mí.
Los sonidos dejan de existir. Mientras mi cuerpo, tenso como una barra de metal, se derrite, se descoloca y cae pesadamente sobre la mesa. Estoy borracha de gusto.
Mis ojos se entrecierran. Me siento muy cansada. Como si hubiera hecho el amor con mil hombres. No tengo ganas ni siquiera de preguntarle nada al hombre que me ha comido el coño de un modo tan increíble.
Este se pone en pie y se acerca a mi rostro. Me mira sonriente y compasivo a la vez. Yo le devuelvo el gesto. Me percato que tengo su polla escondida tasilbatín al nivel de mi cara.
Lo menos que puedo hacer es devolverle el favor con una buena y generosa mamada. Mi mano se cuela entre la ranura y se aferra a su polla sorprendentemente flácida, desciendo unos centímetros para agarrarle los testículos.
Pero ante mi asombro no doy con ellos. Mi mueca de placer cambia por sorpresa. No están entre esas piernas. No hay cojones. Sin estar muy segura de lo que parece que he descubierto, levanto la mirada y la clavo entre los ojos de fantomas.
Repleta de dudas y preguntas. Él, sin dejar de sonreír, me lo aclara todo. Creo, preciosa, que has descubierto el secreto de mi talento.