Llevar una vida estresada puede significar el fin de la diversión, la
compañía de los amigos y lo que es peor del sexo.
Hay cosas de las que uno puede
prescindir en la vida, pero estoy segura de que el sexo no es una de ellas.
Durante meses vivía cien por hora, hasta un día en el que me percaté que estaba
dejando pasar mis mejores años y puse el freno.
No podía prescindir de mis
obligaciones, así que me lo monté de una manera un tanto peculiar, pero
absolutamente efectiva.
Este es mi secreto.
Me levanto a las seis de la
mañana, desayuno un café con leche y seguidamente paso a la ducha.
En este
orden me siento mejor empezando con un desayuno.
Me lavo con gel hidratante y
tardo 16 minutos en hacerlo.
Dedico 15 minutos más al secado, 8 al vestuario y
salgo de casa a las 6.50 en dirección al kiosco de Javier.
Javier tiene nueve años
más que yo.
Es una persona afable y cariñosa.
Durante un tiempo me limité a
comprarle el periódico, cada mañana sin apenas saludarle, pero un buen día.
Coincidí con él a una hora un tanto menos estresante.
Charlamos, nos caímos
bien y acabamos follando en un hotel cercano.
Solo sexo, ninguno de los dos
queremos comprometernos.
Cuando llego al kiosco, aún quedan 45 minutos para que
Javier abra al público, pero no para mí.
Entramos y cerramos la puerta.
En el
espacio del que disponemos es suficiente para lo que queremos.
Me siento en la
silla giratoria y me bajo en las bragas.
Él se arrodilla frente a mí y empieza
a chuparme el coño.
Le encanta abríermelo con ambas manos, tirar de los
labios uno para cada lado e introducir su lengua en la parte interna del sexo.
Le excita ver mi clítoris respondiendo a su juego sexual.
A mí también.
Los primeros lametones tímidos dan paso a una chupada que abarca
toda su boca.
Me cubre por completo la vagina y absorbe como si intentara
digerirla.
Esa es la parte que más me gusta.
Me corro como una loca en el momento que el cosquilleo crece entre mis piernas
hasta que se extiende al resto de los miembros que componen mi anatomía.
No ceso de gemir y gemir.
Es tan delicioso.
Cuando me corro parezco la
ambulancia.
Noto como todo se me tensa.
Las piernas se retuercen hacia dentro y
estallo en un baño de placer infinito.
Esto ocurre más o menos a las 8.35.
Javier me deja los labios del coño totalmente mojados, pero no me molesta.
Sencillamente me subo las bragas, le beso en la mejilla y me marcho.
Él se queda
ahí mirándome y con una reveladora erección en su pantalón.
Supongo que
seguidamente debe masturbarse como un loco, aunque no sé si tiene suficiente
tiempo, teniendo en cuenta que habrá las 9 y antes tiene que poner toda la
prensa del día en su respectivo lugar.
Precisamente a las 9 entro en la
oficina.
Solo es una parada de metro.
Siempre pasa a las 8.50, lo que me da
tiempo a llegar con puntualidad.
A las 19.15 repaso mis tareas y mi correo, el
electrónico y el normal.
A las 9.30 tenemos una reunión.
Elena, Andrés, el
bueno de Arturo y yo.
Arturo es un chico que promete mucho.
Con apenas 24 años ha
escalado unas cuantas posiciones en la empresa.
Yo creo que terminará siendo
jefe.
Dicen que las mujeres nos sentimos atraídas por los hombres con poder.
No
sé si será verdad o únicamente un comentario machista, pero para que
negarlo.
La arrogancia de Arturo es lo que me atrae de él.
Tan joven y tan
cabrón, tan atractivo por fuera y tan horrible por dentro.
No es morboso.
Precisamente a las 10.23 viene mi despacho a repasar el informe extraído
en la reunión.
En realidad viene a repasarme a mí.
Nos sentamos en el sofá,
que tengo en un rincón.
Iniciamos el siempre agradable juego del sexo
compartido.
Nos besamos en la boca y acariciamos los genitales en busca de la
reacción adecuada.
Apenas seis minutos después de empezar, Arturo ya tiene su
pénis duro y caliente.
Esperado a ser repasado por mi lengua.
Nunca me ha
gustado presumir de nada, pero el sexo oral se me da muy bien.
La primera vez
que lo hice tenía 19 años.
Tarde más que otras chicas por miedo a pasar un
mal trago.
Valga el chiste fácil, pero para cuando lo hice me sorprendió la
facilidad y el talento del que disponía.
Eso ocurrió un domingo a las 16.35 horas.
Lo recuerdo perfectamente.
Siempre me gusta empezar una felación recorriendo
el tronco, partiendo de los huevos.
Los chupo apasionadamente.
Jugueteo con el
escroto unos minutos.
Busco los testículos con la lengua.
Es de lo más divertido.
Y Arturo le encanta que se lo haga.
El siguiente paso
es ascender por el tronco sin separar la lengua de éste.
Un paseo que me pone
como una loca.
Si llego al glande y lo lógico es que sujeta el pene con una
mano libre para así mamar el frenillo con los labios, tal como si me dispusiera
a besarle en la mejilla a un ser querido.
Luego hago girar la lengua alrededor del
capullo tres veces, a veces cuatro, y doy por concluida la faena.
Estoy caliente.
Javier me puso los motores en marcha hace exactamente tres horas y 15 minutos y me
muero por ser penetrada.
Nuevamente me deshago de las bragas, me subo la falda y
me tumbo en el sofá con las piernas separadas.
A punto para ese momento cumbre.
Arturo empuja sofá entre los labios de mi sexo hasta lograr introducirse.
Cuando la piel de mis genitales friega la suya, un escalofrío crece en la columna,
asciende hacia el cuello y siento como si los pelos semerizaran por completo.
Así entre nosotros no hay afecto, solo quiero sexo, puro, duro y mecánico.
Placer en una palabra.
Arturo lo consiente desde el principio y automáticamente pone
en marcha el metesaca.
Sus pelotas, hace 12 minutos en mi boca, chocan ahora cerca
de mi culo, mientras las embestidas van creciendo sin cesar.
Echo la cabeza hacia
atrás, aunque no todo lo que sería de desear, pues el respaldo me detiene.
Aún así me retuerzo
como una lagartija agonizante, mientras Arturo desciende hacia mí y palpa mis
pequeñas pero bien formadas tetas por encima de la blusa.
Le agarro las muñecas y le dirijo
hacia el sitio adecuado.
Me agrada que me pellezquen los pezones, es como sentir pequeñas
descargas eléctricas inofensivas, pero pocos hombres lo saben hacer con ternura.
Mi sexo,
totalmente mojado y a punto para el estallido, es castigado de forma brutal por el pene del
joven prodigio de Arturo.
Algo crece en mi interior, el corazón se me acelera y una dulce
sensación de quietud crece al mismo tiempo que la adrenalina se me dispara.
Jadeo y gimo,
suspiros sonoramente.
Es la búsqueda incesante del orgasmo, si aproximadamente 15 o 20 minutos
antes de que sean las 11, me corro sin reprimenda que valga, a tope.
Una follada me deja como nueva
y lista para afrontar el resto del día.
Arturo sale de mi oficina a las 11 en punto, sin correrse,
eso es algo que dejo en sus manos.
Otro chiste fácil, ya que para algo es el chico tan espabilado.
A las 13 horas hago el descanso para comer.
El restaurante está debajo mismo de la oficina,
suelo pedir una ensalada y un bistec, algo ligero, después un buen yogur desnatado y a las 14 horas
reemprendo mi labor.
A las 18 horas salgo de la oficina, aunque muchas veces me quedo 45
minutos más para dar un último repaso a las faenas del día.
A las 18.25 llego a casa, nuevamente
repaso la agenda para el día siguiente.
A las 19 horas abro el tercer cajón de la cómoda y cojo
el vibrador escondido bajo el pañuelo de seda.
Rosa funciona con una pila y lo compré de oferta
por catálogo, va de maravilla para dar el broche de oro a un día tan completo.
A las 19.10 ya estoy
estirada en la cama, introduciéndomelo por el coño, aunque a veces me apetece más juguetear
con él entre mis tetas.
Me sujeto los senos apretados de manera que los pezones queden en
punta y con el extremo del aparato en plena vibración me lo acaricio.
El resultado es sencillamente
perverso.
Entran unos calores terribles.
Seguidamente desciendo masajeándome toda la zona estomacal,
los muslos y finalmente doy en el blanco.
Con el cacharrón en pleno ataque de sambito procuro darle
unas cuantas caricias a mi raja con suavidad.
Pequeños espasmos elevan mi culo del somier y
es entonces cuando lo introduzco en busca de las zonas más erógenas.
Para darle color a la situación
procuro recrear en mi mente a Javier y Arturo corriéndose sobre mi cara.
Debe ser algo psicológico,
no me gusta que me lo hagan en la realidad, pero fantasear con ello me excita como ninguna otra
cosa.
Dos glandes rojos hinchados expulsan su esperma blanco y brillante sobre mí.
Es una imagen tan salvaje.
Normalmente procuro prolongarlo el máximo que puedo,
pero raramente supero los 39 minutos.
Al final me corro por tercera vez en lo que va de día,
siempre con mucho teatro.
Me encanta.
Mi mandíbula casi se descoyunta cada vez que expreso la
sobredosis de placer con sonoros gritos.
Cierro los ojos y me dejo caer pesadamente sobre la almohada.
A las 20 horas entro en la ducha, 12 minutos después salgo y ceno, evitando siempre las calorías
excesivas y las grasas.
De las 21 a 15 a las 22.45 me entretengo visionando la tele.
Me basta con
alguna película o programa de variedades, aunque otras veces prefiero decantarme por la lectura.
Me
lavo los dientes, me pongo el pijama y 14 minutos después vuelvo a estar en la cama.
Apago las luces
y me dispongo a dormir.
En 9 minutos ya estoy totalmente grogui y a las 23 y 12 estoy soñando.