Un viernes por la tarde se me ocurrió ir al cine y para ver la cartelera
compré en el kiosco una de esas guías semanales del espectáculo.
Eché un
vistazo a las películas y los argumentos, busqué en qué cines proyectaban la que
quería ver, elegí el más cercano y consulté los horarios.
Llegué a la sala
con bastante tiempo así que al sentarme en la butaca me puse a ojear la guía.
Pasé una página tras otra hasta llegar a la sección de contactos y no sé por qué
me puse a leer los anuncios de Carrerilla uno tras otro.
Cualquiera diría que soy
una mujer desesperada o una fresca o que de buscar los liges a través del papel
impreso, pero lo cierto es que leí aquellas proposiciones con bastante
interés, mucho más del que emplearía una persona que tan solo pretende matar el
tiempo.
Del título de la película ya ni me acuerdo.
Era una de esas sobre
psicópata asesino que prepara cada crimen como si se tratara de una tesis
universitaria y de un policía listillo que para trabajar en una comisaría
repleta de mugre posee un coeficiente intelectual superior al del premio
Nobel.
Vamos, una de esas americanadas para ver, comer palomitas y olvidar tan
pronto te levantas del asiento y sales de la platea.
Ya te digo, de un film que ni
me acuerdo, pero de los anuncios de la guía no puedo decir lo mismo.
Hubo uno
que me despertó.
Despertó en mí el morbo más insospechado y me puso
realmente cachonda.
Chico joven busca chica de 30 años para
compartir sus vídeos X.
Pasaban los días y no podía quitármelo de la
cabeza.
No me podía quitar esa invitación sucia y descarada.
¿Cómo sería
el chico?
Seguro que era un vicioso.
¿Estaría bien dotado?
¿Desearía tan solo
intercambiar las películas porno de su colección o querría algo más?
Dicen que
la curiosidad mato al gato.
En mi caso dio al traste con el recato, la decencia
y el poco sentido común que me inculcaron en la escuela.
No pude aguantar
más y llamé al número de teléfono que había en el anuncio.
Aquel muchacho
tenía una voz lamar de agradable.
Le di mi número y la semana pasada
llamé para concretar una cita.
Como no estábamos para perder el tiempo,
quedamos en su casa.
No me equivocaba el tío de alto, joven, de piel morena, con
unos ojos azules, unas largas melenas rubias, busculoso, un culito lamar de
tentador y el paquete que se adivinaba a través de sus pantalones tejanos
tampoco estaba nada mal.
Se llamaba Francisco e iba directo al grano.
Cuando
entré en la sala de estar vi que tenía la televisión encendida.
Había puesto
una de sus películas X.
Me quedé mirando la pantalla embobada, contemplando
maravillada un enorme pene que una chica rubia se zampaba.
Yo tengo uno igual, me dijo él.
A ver si es verdad, le respondí con descaro.
Dicho y hecho, se lo sacó y me lo acercó para que pudiera cogerlo y tocarlo.
Otra
le hubiera dado un bofetón de los que suenan en estéreo, pero yo ya sabía que
eso podía suceder con un tipo que pone un anuncio tan soez.
Me puse a su altura y
me quité la ropa.
Al ver su miembro en pie de guerra se me hizo la boca agua.
Me lo tragué todo y empecé a succionarlo con gula, como si hiciera tiempo que no
probara uno semejante o fuera la primera vez que lo hacía.
Se lo mamé con la misma
maestría que muestra las actrices que parecen en las cintas de vídeo que tanto
le gustan.
Al mismo tiempo que se lo comía yo me
masturba con los músculos bien separados, una mano metida en el chichi.
Me encanta
acariciármelo mientras saboreaba esos 18 centímetros de masculinidad en
expansión.
Me puse bizca de tanto chupar, de recorrer aquel trozo de carne con la
lengua y desde el glande hasta los testículos.
De vez en cuando dejaba los
chupetegos para agarrarlo con la mano y masturbarle.
Luego le lamía un testículo
y lo succionaba con cuidado para no hacerle daño.
Era como tener en la boca
una pequeña bola de helado con pelos.
Que no se deshacía nunca.
A la vez que le devoraba a los genitales yo seguía
acariciándome el clítoris, introduciéndome los dedos dentro de la
raja y magreándome los pechos.
Mi comportamiento era tal las cibo y
pornográfico como las imágenes que se veían en el televisor.
Me cedé en su
miembro y me lo almorcé como si se tratara del bocadillo de la escuela.
¡Oh, cuán rico estaba!
Mejor que el que me preparaba mi madre.
Y mientras engullía
la barra, él permanecía quieto, impasible, fijándose en su pene y en mis
labios, en lo bien que trabajaba, sin perder detalle, como si fuera el
espectador que contempla un truco de magia en el que un mago sacó un pájaro
de la chistera.
Tan pronto estaba dentro de mi garganta como fuera.
De vez en
cuando, mientras se lo tragaba, mis labios, mis dientes y mi lengua me
acariciaba el pelo.
Me cogía por la nuca y empujaba mi cabeza para que me lo
tragara todo.
De pronto se separó de mí, se agachó y me besó el sexo, abrí las
piernas.
Para que pudiera introducirme la lengua.
Así lo hizo y la entró toda y exploró
mis intimidades.
¡Oh, qué gusto me daba el tipo y qué bien lo hacía!
Era todo un
experto succionando los labios mayores y menores, estimulando el clitoris oralmente
y penetrando por esa cueva.
Me dejó el agujero seco con tanto chupetón y me
corrí de gusto.
Sesmeró tanto que estuve a punto de mojarle, de mearme en su cara.
Me costó contenerme después de ese sonor orgasmo.
Me vestí y me fui.
Le di las
gracias por todo.
Le pedí que no me llamara.
Le mencioné que había sido un
placer, pero que tenía novio y le dije unas cuantas chorradas de esas que se
suelen decir cuando quieres dar calabazas a un pesado.
Él se quedó con la boca abierta y con un palmo de narices, ya que esperaba
continuar la juerga con un poco de penetración, como el mete y saca de
rigor.
A mí no me dio la gana.
No, llegar mucho más lejos de lo que ya había
llegado.
No, no, no.
¿Qué son estas confianzas?
Si aquel tío y yo no nos
conocíamos de nada.
Yo tan solo sentía curiosidad por el anuncio y nada más.
Estaba muy bien y se merecía un revolcón, pero es que yo no me voy a la
cama con el primer desconocido que tiene un buen paquete.
Falta rea plus.