Me llamo Sara, tengo 27 años, soy morena, de estatura media, delgada y con unos senos de esos que caben perfectamente en una mano.
Ya sé que podría llamarme Úrsula, tener 18 años, ser alta como una torre y con unas medidas tipo 90-60-90.
Pero qué coño, para qué engañarnos.
No estoy nada mal.
Y no ser una chica cañón tiene sus ventajas.
Trabajo de administrativa, no soy tombodel, y cada fin de semana voy a ver a mis padres, que viven en una granja junto a un pueblecito muy pequeño de pocos habitantes.
Podría ser una gran mansión victoriana, con una piscina enorme repleta de agua azul, pero no.
Es una modesta granja habitada por gente sencilla y trabajadora.
Me trasladé a la gran ciudad hace cuatro años.
Buscaba un trabajo estable, una vida moderna y, sobre todo, conocer a un hombre que fuera especial, que me quisiera con sinceridad y por como soy.
Pero todavía no he dado con él, aunque tampoco he perdido las esperanzas.
Mientras tanto, para entretenerme, tengo a Joaquín, un chico de unos 30 años que trabaja en la granja de mis padres, llevando a cabo las faenas más costosas.
Joaquín es tirando a rellenito.
No es lo que las chicas dirían un tío bueno, pero al menos es buena persona.
De hecho, creo que es demasiado buena persona.
Un buenazo.
Vamos, que es un tonto.
Pero, en fin, ¿a qué puedes aspirar una chica de 18 años que vive en un sitio tan apartado de la civilización?
Joaquín fue el chico con el que perdí la virginidad.
De hecho, él también era virgen el día que lo hicimos por primera vez.
Así que fue un favor mutuo.
Desde entonces, cada fin de semana, le reservo los sábados por la noche para ir a pasear por el bosque, junto a la granja y echar un polvo.
Nada espectacular como en las películas.
Que va, algo sencillo, pero que nos deja satisfechos a los dos.
No hay fuegos de artificio ni grandes gemidos en estéreo.
Únicamente follamos gustosamente hasta que tenemos el orgasmo.
Y luego, volvemos a la granja y nos vamos a dormir.
¿Es que se puede pedir más?
Los grandes polvos son parte de la fantasía de los guionistas de cine.
Precisamente, el pasado fin de semana le vi.
Estaba muy moreno.
Esto de trabajar todo el día al sol le pone la piel morada, como a papá.
Estuvimos cenando en el porche.
Les conté todas mis historias sobre la gran ciudad.
Que sí, broncas en el trabajo, tráfico, ruido, gentío.
Es realmente impresionante la actividad que se mueve en una urbe.
Todo lo contrario que la parsimonia de los que vivimos en el campo.
No sé si es mejor o peor.
Sencillamente es diferente.
Después de la cena, Joaquín y yo salimos en dirección al bosque.
Nos cogimos de la mano y nos adentramos por el camino de las cabras.
Charlando de las cosas más comunes bajo las estrellas.
No es que haya mucho de qué hablar con él aparte de ganado o hortalizas.
Cuesta sacarle algo más.
Ya dije que no tiene muchas luces, pero es una buena compañía.
En el sexo tampoco se lo montan nada mal.
Cuando se desnuda y deja al aire esa barriguita tan peluda, me dan ganas de hacerle cosquillas en el ombligo.
A veces soy yo la que le quita los pantalones y los calzoncillos con mucha sensualidad.
Mándole mucho teatro.
Le besuqueo cariñosamente justo por donde empieza el vello de los genitales.
Otras veces voy a las piernas, los muslos y los acaricio con mis labios.
Es gracioso.
Entonces, ver como un bulto se forma en sus calzoncillos.
Siempre blancos.
En eso no puedo quejarme.
Joaquín es un chico muy limpio.
Tiro de la ropa interior y aparece ese pene en estado de erección tan gracioso.
Se balancea durante escasos segundos en el aire, hasta que lo detengo con una mano.
Cosa que le gusta mucho a Joaquín.
Al menos eso parece, viendo como se echa para atrás y suspira profundamente.
No tiene un sexo especialmente enorme ni grueso ni largo.
Es lo de lo más común.
Supongo no hay que olvidar que es la única que he visto, tocado y besado.
Ya sé que el hombre está obsesionado con el tamaño y os aseguro que Joaquín no ganaría ningún premio al más machote.
Pero qué más da.
Después de todo, me excita mucho chupársela bajo la luz de la luna.
Arrastrar mis labios de arriba abajo del tronco, centrarme durante unos segundos en el capullo y rodearlo suavemente con la lengua.
Mientras que con mis manos acaricio los testículos.
Con una los agarro y con la otra paso mis uñas por encima de ellos con cuidado.
Sin llegar a hacerle daño, pero dejando una terrible sensación de placer en Joaquín.
Recuerdo que la última noche que lo hicimos se tuvo que sujetar a la rama de un árbol próximo.
Porque ante tanto éxtasis el pobre perdía el equilibrio.
Entonces me levantó del húmedo suelo y comenzó a besarme y lamerme torpemente por la cara y el cuello.
Sentía su pena extremadamente tieso clavarse en mi pierna.
Mientras unas de sus manos buscaba una rendija en mi blusa por la que colarse.
Ya dije antes que este chico es un tanto brutote y seguramente por eso se limitó a romperme los botones y tirar de la blusa hacia afuera.
En un afán desesperado de desnudarme tres cuartos de lo mismo hizo con el sujetador.
No esperó a que me lo quitara.
Tiró de él hacia abajo y no se quedó tranquilo hasta que colocó justo por debajo de mis tetas.
A las que sin pensarlo un momento dedicó unos cuantos lametones.
Era tan excitante cuando su lengua estaba ocupada chupando el pezón derecho con los dedos.
Me pellizcaba incesantemente el izquierdo y viceversa.
Yo cada vez los tenía más erectos y mis ardores eran casi insoportables.
Jadeaba sonoramente a la vez que mis manos iban en busca de su ancha espalda y la castigaban con apasionados pellizcos.
Cuando no hacía eso corría a agarrar su sexo de modo instintivo y lo meneaba sin pausa con el fin de mantener la erección en pleno apogeo.
No dude más y corría a tirar de mis bragas hacia abajo pero vio desabroche de los pantalones.
Sentí la brisa de la noche deslizarse a través de mis piernas y luego fueron sus dedos los que penetraron por debajo de mis labios buscando el lugar idóneo donde quedó.
Y no estoy hablando del clítoris.
De hecho creo que Joaquín todavía no sabe que existe.
A él le basta con la idea de que hay que meter.
Supongo que da igual el que basta con el sexo o con los dedos.
No disponíamos de consoladores u objetos de esos tan extraños porque bueno la verdad es que les temo, me dan miedo.
Y creo que hasta que no me haya adaptado del todo a la gran ciudad no pienso probarlos.
En fin a lo que íbamos los dos estábamos echando humo.
Nuestros cuerpos desprendían un calor de lo más intenso.
Y supongo que ya era hora de recurrir a la penetración.
No era una noche calurosa pero sudábamos como condenados.
Me apoyé en un grueso tronco que tenía atrás de mí y esperé a que Joaquín se acercara.
Se sujetó al falo por la base y buscó toscamente el agujero de mi sexo.
Entre la oscuridad y el nerviosismo y el chico que no es lo que se dice un manitas, tardo lo suyo.
Me golpeó numerosas veces con el gland en diversas zonas rodeando la vagina hasta que finalmente dio en el blanco y la metió hasta el fondo.
Bueno hablando metafóricamente claro porque hasta allí no llegaba ni aunque lo intentara.
Una vez en situación me agarró por los muslos y me elevó en lo alto.
Le rodeé su grueso cuello con los brazos y dejé que me follara entera.
Inicio sin más preámbulos.
El dentro fuera pausadamente.
A medida que éste se movía y se volvía más frenético, nuestros gemidos subían de tono y sentía el aliento salir de su boca y deslizarse por mi cara.
Sus gruesos brazos temblaban, estaban tensos y aguantaban el peso de mi cuerpo lo que resultaba notablemente agotador pero también más intenso.
Su pene se salió varias veces de mi vagina y tuvimos que empezar de nuevo.
Pero no había queja por ninguna de las partes, ya que ambos únicamente íbamos en busca del orgasmo más exquisito y todo lo demás no importaba.
Comencé a sentir el cosquilleo crecer desde mi sexo.
Gemí, mis brazos se apretaron con más fuerza como si quisiera transmitirle dicha sensación a Joaquín el cual se había entregado por completo al acto.
Y sus espasmos crecían en intensidad igual que su respiración entrecortada y violenta a cada embestida que me dedicaba.
Sí, grité, fóllame.
Y supliqué una y otra vez mientras nuestros cuerpos iban emborrachándose de éxtasis a cada segundo que pasaba.
El contacto de los sexos ayudó a que todo terminara con un final feliz.
Ahora solo quedaba un pequeño detalle.
Joaquín debía entrar atrás su esperma.
Tenía que echarlo fuera ya que no habíamos utilizado gomitas de esas que venden en las farmacias.
Y bueno, ya se sabe que toda precaución es poca.
Unas décimas de segundo antes de él me corrí como una loca.
Perdí durante un instante la noción de la realidad y dejé que mis sentidos se dispararan ebrios de placer.
Mi placer tan intenso era tener un orgasmo tras seis días de total abstinencia.
Y no te que Joaquín también ponía los ojos en blanco y le empujé hacia afuera porque, de haberle dejado seguir, se hubiera corrido dentro de mí.
Fue de un pelo.
Justo en el momento en que su pene acariciaba mis labios en dirección hacia el exterior, un chorro de semen salió de la punta del curioso glande y se estrelló contra mi muslo izquierdo.
Joaquín dio un par de pasos mareados hacia atrás y cayó al suelo.
Todavía con el chorro de líquido en plena expansión.
Salpico sus pantalones, los que se ponen los domingos, y estrecho su culo con el taxispet.
No pudo contenerme y empecé a reír descontroladamente ante aquella situación cómica y patética a la vez.
Joaquín soltó un par de tacos cuando se incorporó y me vio riendo a carcajada limpia.
Una sonrisa se dibujó en su rostro de tarugo y me acompañó con una erración de sonoras risotadas.
En plena noche, bajo la luz de la luna, y tras echar un polvo, uno como cualquier otro, uno tan sabroso como el mejor,
a veces pienso en el día en que conozca al hombre de mis sueños.
No puedo evitar sentir un poco de lástima por Joaquín,
que será de él sin mí, pero supongo que así es la vida.