Recuerdo perfectamente, como siendo una cría, me situaba frente al espejo cada mañana,
deseando ver aparecer un par de bultitos debajo del camisón.
Miraba las fotos de las revistas
de mi padre y siempre me dejaba fascinar por aquellas preciosas mujeres con grandes senos
que tanto gustaban a los hombres.
Y yo, nada.
No había manera.
En el colegio no es que
fuera la única que no disponía de sus bultitos.
Había más chicas que estaban pasando por
lo mismo, pero seguro que ninguna estaba tan obsesionada como yo.
Me acuerdo perfectamente
de lo mucho que envidia a Carmen.
Tenía unas tetas enormes para su edad.
Le encantaba lucirlas
todo lo que la moral le permitía y los chicos de mi clase alucinaban con ella.
Siempre se
sentaban a su alrededor durante la merienda y hablaban entre ellos de lo buena que estaba.
En fin, ya se sabe, son cosas de la edad.
Un día y sin previo aviso, esos esperados
y ansados bultitos aparecieron.
Lástima que para entonces mi obsesión ya no era tan
intensa y no lo aprecié como lo hubiera hecho un año antes.
El caso es que los bultitos
no paraban de crecer cada vez más y llegó un momento en que hubiera deseado que se detuvieran
ya que la cosa se estaba saliendo de madre.
Pasé de estar plana a poseer un par de melones
de impresión, unas tetas de aquellas de portada de revista, y ocurrió lo que era inevitable
en una personalidad insegura como la mía.
Comencé a complejarme con ello.
Si un año
antes hubiera disfrutado como una enana poniéndome en seis estrechos, ahora mi preocupación
principal era taparme como pudiera las tetas.
Tuve tres novios y en los tres casos, cuando
llegó la hora de desnudarse para meterse en la cama, la vergüenza me pudo más.
Sólo uno de ellos
no le importó que no me quitara la parte de arriba y pude estrenarme con él.
Pero a pesar
de eso no era feliz.
Incluso aún cubriéndome durante el sexo terminaba con una terrible
sensación de vacío.
Dos años después de cortar con Álex, mi tercer novio, conocí a Fernando,
un chico la mar de simpático y agradable.
Físicamente no era nada especial, pero me sentía
muy a gusto a su lado, hablando de cualquier tema.
Un día salieron los complejos y le confesé
de mis tetas, pero todo quedó en una simple conversación.
Pasaron las semanas y una tarde
que fuimos al cine, Fernando me pidió para salir.
Acepté a pesar de todos mis miedos y durante
meses compartimos un montón de mágicos momentos.
No negaré que estaba aterrorizada ante la idea de
que Fernando quisiera hacerme el amor y me pidiera que me desnudara.
Temía que ante mi reacción
hiciera como todas mis parejas anteriores, es decir, que me abandonara.
No lo hubiera soportado,
a Fernando lo quería de verdad.
Pero todo llega y finalmente, una noche de viernes, nuestra relación
se puso a prueba.
Como ya era algo habitual, Fernando y yo estábamos sentados en un sillón,
en la sala de estar, besándonos con pasión, retorciendo nuestras lenguas la una contra la
otra, acariciando los respectivos sexos por encima de la ropa, cuando su mano comenzó a ascender
en dirección a las tetas y yo reaccioné echándome para atrás.
Despegando mis labios de los suyos,
Fernando insistió en que ya era el momento de perder ese miedo.
No podía pasarme toda la vida
temorizada ante la idea de mostrarle mis tetas a un hombre.
Y tenía razón, mucha razón.
Estaba
clarísimo.
Si había algún momento adecuado para hacerlo, era ese mismo.
Estaba con la persona que
más quería en el mundo, la persona con la que podía confiar y que durante casi un año había respetado
mi deseo de no desnudar la parte de arriba de mi anatomía.
Así que me armé de valor y lo hice.
Tarde lo mío en quitarme los dos jerseys y la camiseta que llevaba.
Cuando me quedé con el sujetador
de talla especial, Fernando me miró detenidamente y aseguró que mis senos eran preciosos.
Yo estaba
como un flan, luchaba contra el deseo de cubrirme con los brazos.
Fernando se dio cuenta de lo mal
que lo estaba pasando y me besó en la mejilla.
Me animó a que siguiera y mientras él se desabrochaba
el pantalón y se sacaba el pene, finalmente me deshice del sujetador y mis tetas cayeron en dirección
a la falda de forma pesada y sonora.
Ahí las tenía de nuevo.
Hacía tiempo que no las veía con tanta
claridad.
Incluso cuando me duchaba procuraba mantener los ojos cerrados y apenas las tocaba,
pero ya estaba hecho.
Mis grandes tetas, desnudas, cayeron ante los ojos de mi novio.
Estaba
convencida de que éste iba a reaccionar de mala manera, pero no.
Fernando estaba sentado a mi lado,
masturbándose y observándolas detenidamente.
No cesaba de proclamar lo mucho que le gustaban
y me preguntó cuál era el problema que tenía con ellas.
Yo le dije todo.
Las consideraba fevas,
excesivamente grandes, caídas y que a la hora de hacer el amor deberían ser más no molestia que
otra cosa.
¿Qué utilidad podían tener ese par de montañas?
Ofendido Fernando se dispuso a sacarme
de dudas.
Se arrodilló a mi lado, acercó su polla morcillona a mi boca y me pidió que se la chupara.
Lo hice.
Me la comí entera.
La miso blande con los labios.
Recorrí el tronco lentamente desde la base
hasta el pellejo que rodea el capullo.
Volteé éste varias veces y rematé la jugada con una comida
de huevos sencillamente descabellada.
Su falo estaba completamente erecto, duro como una roca
y caliente como una llama.
Pasó seguido.
Fernando, con su mano agarró mis tetas.
Estuve a punto
nuevamente de reaccionar apartándome, pero no era el momento.
Tenía que contener mis ganas de huir.
Así que le dejé hacer.
Le astrubo sus hojetas durante un buen rato, apretando la pala y pálida
carne.
A mí comenzó a gustarme todo aquello, pero no fue nada comparado a cuando Fernando decidió
comerse los pezones.
Lamió ambos con desenfreno y con la punta de su lengua los acarició y remojó
de babas.
Se pusieron erectos al momento.
Imaginad lo que deben ser dos pezones como los míos, tiesos.
Dan miedo, pero no a Fernando, que los rodeó con sus labios y chupó.
Como un niño mamá de una
teta.
El ruido que provocaban sus continuos chupetones resultaba cómico, pero yo me estaba poniendo muy
caliente.
Muchísimo.
Olvidé por completo mis miedos y mis vergüenzas y le dejé hacer a mi pareja.
Con los senos completamente babeados y magreados, Fernando me pidió que los sujetara al nivel en el que
estaban y que los mantuviera bien firmes.
Luego introdujo su sexo entre ambos y acto seguido,
inició un dentro y fuera frenético, tal como si me estuviera follando, pero encontrando el placer en
el roce de su pene contra mis tetas.
Ya os podéis imaginar cómo me puse.
Aquello fue tan excitante
que por poco no me corro allí mismo.
Si bajaba la mirada veía la polla de Fernando aparecer y
desaparecer sin pausa entre la cuantiosa carne de mis senos.
Su capullo iba y venía como un bicho tímido
que no se decide a salir de su madriguera.
Entendía el juego, así que estiré la lengua hasta llegar a
rozar el glande.
Cada vez que éste aparecía, estábamos ambos a punto de perder la razón,
Fernando que apoyaba sus manos en mis hombros.
No cesaba de gemir, mientras yo sentía sus huevos
estrellarse contra los pezones.
Llevé la mano hasta su entrepierna y colaboreé al placer mutro,
magreándoles su bolsa escrotal de la forma más efectiva que sabía hacerlo.
Ardiamos literalmente.
Aquella era la primera vez en la que me ponía tan cardíaca.
Era casi como perder la virginidad de nuevo.
Finalmente Fernando gimió teatralmente y un chorro de esperma salió catapultado de la punta de su sexo.
Prácticamente camuflado entre mis senos, unas cuantas gotas se estrellaron en mi barbilla y el resto
reó parte de las tetas, una parte muy pequeña en proporción, pero significativa.
Mi novio cayó
exhausto sobre mí y tras recuperar el ritmo normal de la respiración se acercó para besarme
y seguidamente apoyó su cabeza sobre las tetas blanditas y calientes.
Nos dormimos en tan esperpéntica
posición y así estuvimos hasta que salió el sol.
Nunca olvidaré las sensaciones que sentía aquella
mañana al despertar.
Estaba curada de complejos y de miedos.
Mis tetas servían para algo en el juego
del sexo, para algo único y que solo aquellas que compartieran mi cualidad podían llevar a cabo.
Según cómo se mirara era una privilegiada y hacer toples en la playa me hacía sentir especial,
diferente y por qué no, incluso mejor que muchas otras mujeres.