Relatos Hablados

Tonto pero bien dotado

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Las chicas de mi pueblo compartimos a Francisco. Es el típico carabruto pueblerino, pero está muy bien dotado y no tiene un pelo de tonto. ¿O acaso créeis en el tópico de que los chicos de pueblo solo se follan a las gallinas? Pues no, se nos follan a nosotras, y en este relato os narro mi primer encuentro sexual con él, una tarde en la que nos lo montamos en el típico maizal.

Las chicas de mi pueblo compartimos a Francisco

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Voz por BellaPerrix
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Mucha gente piensa que en los pueblos todavía vamos con boina y montados encima de un burro, que el único vehículo motorizado que conocemos es el tractor, y que las mujeres se pasan la tarde haciendo bolillos, y los hombres jugando a las cartas en la taberna.

Los de la ciudad creen que el sexo está muy mal visto, y que el párroco nos amenaza con el infierno los domingos si tenemos pensamientos obscenos, que los únicos revolcones son los que protagoniza la fresca del pueblo, y que los mozos se estrenaron con las gallinas.

Mientras nosotras esperamos el día de la boda para perder la virginidad. Todo eso son tonterías, paparruchadas, proporciadas por los cómicos de televisión que cuentan chistes rurales que debieron ser inventados a principios del siglo pasado, para que se vayan enterando.

Aquí, con tanto campo y tanto rincón solitario, solemos iniciarnos en el sexo de chavales, mucho antes que los adolescentes de ciudad que esperan impacientes a que sus padres se vayan a dar una vuelta para intentar algo.

Aquí no tenemos ese problema. ¿Dónde lo hacemos? En cualquier sitio. ¿Y sitios para hacerlo? Hay muchos. ¿Cuándo? Por la mañana o por la tarde.

Siempre hay un rato perdido. ¿Y con quién? Eso sí que no lo tenemos más fácil los de pueblo. Quizá nos aventaje los de ciudad, ya que en una gran urbe siempre hay más dónde elegir.

Aquí nos tenemos que conventar con lo que hay. Lo que hay no siempre da el peso. Pero bueno, como se trata de sexo, tampoco somos tan exigentes.

Y mientras nos agrade físicamente, tiramos para adelante. Tardé bastante en perder la virginidad. A mis 18 años era la única chica de la pandilla que todavía no lo había hecho nunca.

Se le había tocado a algún mozo e incluso había chupado un par, tragándome el esperma cuando se corrieron. Pero nunca había permitido que me subieran las faldas y mucho menos que me tiraran los dedos o algo más grueso entre mis piernas.

No sé, un poco de miedo por el embarazo, por lo que podía dolerme esa primera vez y por si mis padres podían notar algo extraño. No guardo un igual recuerdo de ese estreno sexual.

El muchacho era casi tan inexperto como yo y después de introducirla, puso los ojos en blanco y se corrió, dejándome con la miel en los labios y sin enterarme muy bien de que era un coito.

La segunda vez no fue mucho mejor, ni tampoco la tercera ni la cuarta. Así que le pedí a mis amigas que me recomendaran a alguien que estuviera bien dotado y fuera bastante diestro con las artes amatorias y no otro flojo que padece de yaculación precoz.

Todas coincidieron en que Francisco era el candidato idóneo. Tiene un cuerpo de gorila, cara de burro, incluidas las orejas y es de aquellos cejejutos que parecen extraídos de una comedia de bufa.

Pobres polerino. No me costó demasiado llevarlo literalmente al huerto. De hecho, lo hicimos en un maizal, revolcándonos sobre la tierra y escondidos entre los tallos de las plantas y sus mazorcas.

Francisco era bruto, pero no tonto y mucho menos descuidado. Así que no solo compró condones, sino que incluso salió de casa con uno puesto.

Tan solo de pensar que nos íbamos a pegar el lote y llegar más allá se pasó toda la mañana con una gran erección. Otro se hubiera masturbado un par de veces, pero él prefirió aguantarse.

Quería tenerla bien dura y erecta cuando llegase el momento. Una vez por los suelos me subió la falda y me quitó la ropa con rapidez. Tantas prisas no podían significar nada bueno.

Por el momento temí que se fuera tan rápido como sus predecesores. Afortunadamente me equivoqué. Puso sus manos sobre mis pechos con mucha brusquedad y las dejó allí, inmóviles, apretando y apretando como si pretendiera que reventaran.

El trasfascisco iba a resultar todo un lerdo y cada nuevo roce no hacía nada más que ratificar su fama de bruto. Tal era mi impresión hasta que posó sus dedos en mi vagina.

Le acarició con pericia y enseguida dio con el clítoris, al que presionó para proporcionarme placer. Sabía lo que se hacía y más cuando bajó la cabeza y la colocó entre mis muslos.

Pasó su lengua por los labios vaginales y la introdujo dentro para ensalivar bien el orificio. Aquellas caricias orales eran nuevas para mí y me estaban conduciendo al séptimo cielo.

Estaba completamente en defensa entre sus mimos y su lengua. Cuando su cara se colocó frente a la mía, me dio un buen beso y en ese mismo instante la clavó.

Por fin su pene había entrado en mi cuerpo. Lo hizo con una suavidad impropia de su carácter rudo y tosco. Se mostró como un amante experimentado y como todo un caballero.

Francamente me estaba desconcertando con sus embestidas y sus movimientos acompasados. No tardé demasiado en sentir como un escalofrío recorría mi columna de arriba abajo.

Su pene me estaba llenando la vagina y rozaba aquellas zonas sensibles que tenemos todas las mujeres. Nunca había sentido nada semejante ni cuando me masturbaba de jovencita.

Aquello era como siempre me lo habían descrito. Maravilloso. Francisco permaneció encima durante un buen rato, pero sin dejarse caer. En ningún momento sentí su peso, tan solo su pene taladrando mis entrañas y arrancándome gemidos de la garganta.

Estuve a punto de chillar como una moribunda, pero me contuve. Estábamos escondidos en un maizal y quizá pasara alguien por allí. Un grito podría alertarle.

Menudo corte si nos descubren. Precisamente en esos instantes, en que me lo estaba pasando tan bien, un orgasmo tras otro. De golpe y porrazo, Francisco la introdujo hasta el fondo, como si quisiera atravesarme o partirme por la mitad.

Se quedó inmóvil, rígido. El sudor de su frente me mojaba las mejillas y su aliento calentaba los labios de mi boca. Noté que su pene perdía rigidez y en ese mismo instante se retiró.

Cuando la extrajo, vi que el condón estaba lleno de un líquido blanco muy espeso. Era evidente que se había corrido y por la cantidad debía de hacer tiempo que no practicaba el sexo, ni tan siquiera el manuay.

Naturalmente he vuelto a acostarme con él. Una experiencia tan gratificante había de repetirse. Procuro que nuestros contactos no sean muy seguidos.

No quiero que se encariñe conmigo más de la cuenta. Tampoco sería justo para mis amigas, ya que todas hemos quedado de acuerdo en compartirlo. El no se queja de su situación. Francisco es muy depueblo, pero de ningún modo es tonto.

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