Como buena aficionada a la lectura que soy, me había vuelto muy astidua a visitar la biblioteca que hacía esquina con la calle donde vivía.
Y si al principio toda mi obsesión eran los libros de ciencias, poco después la cosa cambió.
Y mi punto de mira se centró en el nuevo chico que entró a trabajar, en sustitución de la marchitada anciana,
que hasta el momento era la que te abría ficha y te echaba la bronca si devolvías alguno de sus libros más tarde de lo previsto.
El caso es que aquel nuevo chaval era más joven que yo, tendría tres años menos,
pero era tanto su atractivo y tanta su calidez e ingenuidad que después de algunas charlas espontáneas consiguió atraparme.
Harta de esperar que ocurriera algo más, un buen día accedía a atacar sin piedad.
Tenía un plan muy estudiado que no podía fallar.
A lo largo de una semana, mis peticiones eran sólo de lectura relacionada con el sexo.
Si un día le pedía cuentos eróticos, al siguiente libros con pinturas de desnudos masculinos...
Recuerdo especialmente el día que mi petición fue la más absurda.
Le convencí para que encontrara un libro sobre masturbación masculina,
pero lo curioso del caso es que aquello fue, sin yo saberlo, lo que finalmente logró despertar su curiosidad
y seguramente su morbo, su excitación, su lívido, no sé, llamadle como queráis.
Estábamos ahí de pie, rodeados de miles de libros.
Yo sujetaba entre mis manos el que le había pedido, un curioso libro que explicaba originales modos de hacerse pajas,
convenientemente ilustrado con imágenes de pollas tiesas, manoseadas de arriba abajo.
¡Uf!
Me ponía como una moto todo aquello.
Durante nuestra corta conversación, el chaval me preguntó muy cortado que para qué quería tanto libro de sexo.
Yo sabía perfectamente cuál iba a ser mi respuesta, ya que la tenía bien pensada desde hacía semanas,
esperando recurrir aquella cuando llegara ese momento.
Le confesé que era una adicta al sexo, una ninfómana.
Lo que dicen los que saben, que aquellos libros avivaban mis fantasías y que cuanto más realistas y científicos, más calientes me ponían.
El chaval se quedó algo impresionado.
Yo diría que hasta se puso colorado, pero eso no le frenó a la hora de indagar más en mis apetencias sexuales,
ya que me pregunto si me autoestimulaba.
Un modo muy raro de llamarle a las pajas con esta curiosa lectura.
La verdad es que... no.
Yo me masturbo muchas veces pensando en lo que le haría él entre las piernas si me dejara,
pero a la hora de cumplir con la papeleta, evidentemente le dije que sí.
Que mi dedo estaba gastado de tanto pasar páginas y de tanto fregar la raja de mi coña.
Recuerdo perfectamente que aquello le puso más cachondo.
Estoy segura de que en aquel momento su polla comenzó una prominente reacción.
Así que decidí atacar.
A ver si el niño se decidía de una vez.
Fingí que reaccionaba casi indignada de verle tan sorprendido,
y le increpé preguntándole si es que él no se masturbaba.
Para entonces, el chico ya había entrado en el juego, y no pareció avergonzarle afirmarlo.
Con toda convicción.
Ahora sí que ya era tarde para echarse atrás.
Nos quedamos en absoluto silencio,
porque iba muy acorde con el lugar en el que nos encontrábamos.
Nos miramos.
No había falta decir más.
Nos deseábamos.
Pero era necesario que alguien apretara el pedal del acelerador,
para que todo viniera rodado.
Decidí ser yo.
Apenas comenzaba a inclinarme hacia él,
que el tío, sorprendiéndome gratamente, se abalanzó sobre mí.
Sus manos se aferraron a cada lado de mi rostro,
y sus labios se clavaron en los míos,
iniciando un apasionado y algo torpe primer beso
para uno de los polvos más curiosos de toda mi vida.
Así como uno de los más placenteros.
Mientras nos besábamos de modo frenético,
recuerdo cómo nuestros cuerpos cayeron apoyados
sobre una de aquellas inmensas estanterías.
El golpe hizo retumbar la estantería,
y un par de libros del estante más alto cayeron al suelo.
Uno de ellos chocó con nosotros.
Afortunadamente era un libro sobre sociabilidad,
por lo que su escaso grosor representaba peligro.
Nuestras manos se agarraron al cuerpo del otro.
Ambas lenguas se hacían entrelazadas dentro de nuestras bocas,
y tanto su entrepierna como la mía echaban humo.
El chico se agachó frente a mí y hurgó dentro de mis tejanos.
Les recuerdo moído mordiéndome precisamente ahí,
lo cual me produjo unos placenteros escalofríos
para luego desabrochármelos, arrancármelas baragas
y currarse uno de los cunilingos más desastrosos,
y por ello alucinantes que jamás me habían hecho.
Chupó mi coño con locura, su lengua inexperta,
la mía mirraja como un perro bebé, su agua.
A intervalos metía el dedo hacia dentro y lo hacía voltear.
Cuando se acordaba dedicaba unos toqueteos agradecidos al clítoris,
y aunque parezca mentira, me estaba excitando muchísimo.
No sé...
Sí...
Oh, sí...
Yo andaba casi loca conteniéndome los gritos
y agarrada con fuerza un par de libros.
Si no recuerdo mal, mi mano derecha un día sus uñas
en el libro de la sexualidad adolescente,
mientras que la izquierda se decantaba más por los secretos
de la excitación masculina.
Curioso...
Cuando el chico dio por acabada la faena,
ascendió lentamente y su cabeza se introdujo dentro de mi camiseta.
Nada le detuvo hasta que encontró mis pequeñas,
escondidas tímidamente tras mi sujetador.
Sí, lo sé, un error grave por mi parte llevarlo puesto.
Dejé de agarrarme a los libros y algo tolondrada le abracé por la cabeza,
que luchaba a regañadientas por descubrir mis pechos.
Tras un leve esfuerzo, consiguió liberar uno de mis pezones
y seguidamente dio paso a los consabidos lametones.
Mmm... que estaban surgiendo efectos.
Unos segundos después, casi tuve que forzarle a que se dejara chupar la polla,
la cual apultaba alarmantemente a través de aquellos pantalones negros.
Una vez tuve su falo, no descapullado en mi mano,
me dediqué con fervor a repasar con mi lengua la piel de los bordes del glande,
girando graciosamente aquello le ponía como un amoto,
era algo que no fallaba nunca.
Siempre me pareció más interesante y divertido trabajar sobre una polla no descapullada,
y ahí estaba yo aplicando toda mi sabiduría.
Tiré de la piel con suavidad hasta que vi aparecer aquel rosado capullo
ardiente al que dediqué unos lamentazos muy generosos.
Empuje la verga hacia arriba y chupé el frenillo el tiempo suficiente
para oírle gemir entre dientes, conteniendo su deseo de gritar sin freno,
pero claro, estábamos en una biblioteca.
Me dediqué un minuto a juguetear con sus peludos huevos,
los acaricé suavemente y me los metí uno tras otro en la boca, mamándolos a placer.
El chaval tenía una erección de campeonato, aquello apuntaba hacia el cielo con firmeza,
estaba duro como un bastón y ardía, así que lo agarré y lo introduje dentro de mi sedienta vagina.
Me abracé a él de nuevo con lo que otro libro cayó sobre nuestras cabezas,
esta vez había dolido un poco más, pero daba igual.
Sentí su hinchado y palpitante músculo dentro de mí y quería llegar hasta el final,
así que iniciamos los pertinentes ejercicios de met y saca,
eso sí, siempre intentando ensordecer nuestros gemidos con húmedos besos franceses.
Aquel polvo era pura energía desbocada, asufalo siguió durante unos segundos entrando y saliendo,
acariciando a cada embestida mi coño, llenándonos de pie a hacer a ambos,
tensando nuestras extremidades, abriendo exageradamente nuestros poros.
Recuerdo que cuando noté el cosquilleo enunciador del orgasmo, solo pensé en evitar gritar,
cerré la boca, así como los ojos, y aceleré el ritmo de embestida.
Él siguió mis pasos, teníamos que llegar al final, costara lo que costara,
así que entre convulsiones contenidas nos corrimos como dementes.
Yo, yo, o que el orgasmo silenciado fue brutal, casi lo hizo más dulce y placentero,
no pudimos evitar soltar algún sentido gemido entrecortado.
Al final, al leal cabo, el éxtasis era demasiado como para callárselo de ese modo.
Fuera como fuera, aquel polvo literario había sido una pasada.
Aunque la verdad pasada fue el descubrir al salir de detrás de las inmensas estanterías de libros,
que hacía media hora que la biblioteca se supe ni había cerrado.
La sala se encontraba vacía por completo, nos miramos sorprendidos y estuvimos un buen rato riendo
con son sonoras carquejadas, sin importarnos ya demasiado aquel llamativo cartel situado en la entrada que decía
Silencio, por favor.