Relatos Hablados

Mi profesor de matemáticas

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Cuando me dí cuenta de que Ernesto, mi profesor de matemáticas, me devoraba con la vista, empecé a vestirme cada vez con faldas más cortas, y cuanto más cortas eran, más se le abultaba el paquete, hasta que una tarde di pie a una situación que él supo bien aprovechar...

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Voz por BellaPerrix
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Tenía 18 años, y a pesar de lo extrovertida y marchosa que era, todavía no me había comido un rosco. Mis primeros novios los tuve a los 14, y con ellos tan solo tonté como una pava, sin llegar a nada.

Ellos no se atrevieron nunca a dar el primer paso, y pensé que era mejor así. Prefería que en el colegio me llamaran estrecha, que fresca o cosas peores.

Mis primeras experiencias sexuales. Los primeros tocamientos. Fueron juegos inocentes en chichicas. Nos metíamos en los lavabos, y allí nos subíamos la falda, y metíamos la mano entre las piernas de una compañera, y le frotábamos la raja hasta hacerla gemir.

Por aquel entonces, ya tenía unas ganas locas de ver a un tío en pelota, y de tocar un pene grande, grueso, largo y bien erguido. De vez en cuando, algunas de las colegas traían alguna revista por uno de su padre.

Desajes tan llenas de fotos guarras. No eran tan fuertes y atrevidas como las de ahora, aunque también mostraban penetraciones chupadas, eyaculaciones y unos señores de hipotes.

Nos poníamos muy cachondas ojeando las páginas y leyéndolas. La lectura era el preámbulo de los juegos, de esas mismas inocentes metidas de mano, con las que nos desahogábamos.

Lamentablemente, a los 16 años, mi padre enfermó, y no tuve que dejar la escuela para hacerme cargo de la granja. Entre cuidarle y cuidar a las gallinas, no tenía tiempo de ir al pueblo para divertirme con los amigos.

Los ratos libres los aprovechaba para estudiar. Rosa solía venir los martes y jueves. Se trataba de una profesora de matemáticas, que como favor muy personal, me ayudaba a repasar sus ennaturas.

Así fui sacándome los estudios. Pero bueno, un año, cuando acababa de cumplir los 18, faltaban pocos meses para los exámenes finales de COU.

Se presentó en mi casa a Ernesto. También era profesor de matemáticas y estaba sustituyendo a Rosa, que estaba de baja pues acababa de tener un niño.

Ella le pidió que viniera para darme algunas clases de repaso y aceptó encantado. Ernesto tenía unos 40 años, era alto y fuerte, y su bigote le hacía muy atractivo.

Enseguida congeñamos, incluso nos hicimos amigos. Nunca me hubiera ocurrido que me miraba con ojos pecaminosos. Pensaba en mí como algo más que una alumna, pero lo cierto es que me deograba con la vista.

Cuando me di cuenta de ello, empecé a vestirme con la falda corta, y cuanto más corta más se le abultaba el paquete. Más de una vez, pensé en tocar con disimulo aquel bulto, pero no tenía suficiente valor.

Una tarde, cuando regresaba del pueblo, oí el clasón de un coche. Me giré, y allí estaba Ernesto, sentado al volante. Me pregunté dónde iba, y yo le respondí que a casa.

Se ofreció a llevarme, pues hacía mal tiempo y empezaba a llover. Todavía me faltaba más de media hora de camino, así que no le dije que no.

Abrí la puerta, entré en el automóvil y me senté a su lado con tan mala fortuna que la falda se levantó más de la cuenta. Me llegaba a media rodilla y dejaba parte de mis muslos al aire.

Menudo par de cachas tiene la moza, debió pensar. No les quitó la vista y tampoco la mano. Posó sus dedos sobre un muslo y empezó a palparlo.

Aquellos tocamientos me estaban poniendo a cien, y despertaron en mí unas sensaciones que creí haber olvidado desde que dejé de masturbarme con mis compañeras en el colegio.

Sabía que me tenía ganas, por lo que empecé a inquietarme. Aquello me gustaba y se lo iba a consentir, aunque tampoco deseaba que llegara mucho más lejos, porque pronto subió hasta alcanzar las bragas y sin darme cuenta tenía toda la mano dentro.

Sus dedos se enredaban en los pelos del pubis y flotaban los labios vaginales para irse adentrando en la vagina que estaba húmeda y caliente.

Por cómo me acariciaba, temí que no se conformaría con el manoseo. Empecé a sudar de gusto y también de miedo, pues sospechaba que me iba a violar de un momento a otro.

Se percató de que no estaba a gusto, y se detuvo en seco. Me pidió perdón y me confesó que era la primera vez que le sucedía algo parecido, que no había podido contenerse.

Le dije que no tenía por qué disculparse, que sus caricias me habían complacido, pero que no quería que me penetrara, pues todavía era virgen, y no me apetecía dejar de serlo.

Me tranquilizó, me dijo que no temiera nada, que no era su intención llegar mucho más lejos, y me aseguró que podíamos gozar sin necesidad de practicar el coito.

Tan solo quería jugar un poco, sin llegar a mayores. Le creí y le insistí para que siguiera con la mano entre los muslos. Así lo hizo. Volvió a introducir los dedos en la raja para masturbarme, los metía y los sacaba con rapidez, mientras rozaba el clítoris con la muñeca.

En esos instantes, cogió mi mano y la giró hasta la cremallera de su pantalón. La bajé sin perder tiempo. Estaba ansiosa por ver aquel trozo de carne firme y erecta.

En efecto, su pene estaba duro, a punto de estallar. Era largo y muy grueso. Pensé en lo mucho que podía gozar una mujer con aquello clavado en su sexo.

Lo estaba acariciando, cuando posó la palma de la mano sobre mi nuca y me obligó a agacharme hasta alcanzarlo con la boca. Quería que se la chupara, y yo no me iba a negar, pues lo estaba deseando.

Nada más lamer la punta, presionó mi cabeza para que me lo tragara por completo. Me lo enterré en la garganta y mis labios rozaron sus testículos.

Los tenía todo dentro, y nunca antes hubiera creído que pudiera ingerir semejantes al chichón. Me presionaba en la nuca para que moviera la cabeza de arriba y abajo, como si no tuviera voluntad y mi cuello fuera un muelle.

De vez en cuando, se me escapaba de la boca, pero yo volví a atraparlo sin perder ni un segundo. Me gustaba tanto aquel manjar que no quería parar de comérmelo.

Se me abrió el apetito sexual hasta alcanzar una gula enfermiza por aquel miembro. Finalmente, Ernesto empezó a suspirar cada vez más fuerte, como si le faltara el aire.

Al tiempo que yo, notaba que aquello se iba poniendo cada vez más gordo. Traje mi, descargó el semen en mi garganta, me lo tragué todo, hasta la última gota, y no por vicios ni morbo, ni por gratitud, ni mucho menos porque me gustara su sabor.

Simplemente lo engullí por temor a que pudiera mancharme la blusa. Ernesto, en el decimiento de la mamada, me lamió el chichi. No sé si llegué al orgasmo.

Todavía era novata en lo concerniente al sexo. Tan solo sé que me quedé colorada. Mi corazón se aceleró y tuve la certeza de que aquellas carecias bucales eran mejores que los juegos de niños de la escuela.

Después de aquella merienda de sexos, no volví a ver a Ernesto. Aprobé los exámenes de matemática y me saqué el COE. Mi padre se recuperó y yo pude estudiar una carrera. Me casé hace un año y ahora llevo la granja junto a mi marido y a mi padre.

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