Cuando llega el verano suelo trasladarme los fines de semana a una pequeña casa, situada
a pocos kilómetros de la playa.
La vivienda se encuentra en un paraje apartado y bastante
inaccesible para los que no tienen un vehículo todoterreno, ya que el camino que llega hasta
allí es estrecho y empinado y está sin asfaltar.
Los sábados por la mañana me gusta tomar
el sol, tumbada sobre la arena.
Para llegar a la playa he de recorrer un sendero angosto
y lleno de piedras.
Solo coger la bicicleta para ir más deprisa y no cansarme tanto.
Aquella mañana hacía mucho, pero que mucho calor.
Eran las nueve y el sol ya pegaba de
lo lindo.
Elegí el bikini más sexy y más pequeño que tengo y una camiseta blanca
muy ceñida.
Me coloqué unas zapatillas deportivas y unas gafas de sol.
Cogí una toalla y una
de esas cremas para protegerse de los rayos del sol y me subí a la bicicleta.
Al cabo
de unas horas de pedaleo tenía la ropa empapada de sudor y las costuras de la pieza de abajo
del bikini se me clavaban en la rajita como si quisieran penetrarme.
La tela se restrijaba
contra el clitoris cada vez que movía las piernas.
Esa fricción, ese roce tan intenso
y ese sensual, no sé, me enrojeció en los mofletes.
Elevo la temperatura de mi cuerpo
y me excitó sexualmente de tal modo que incluso dudé entre seguir o parar para masturbarme.
Casi casi no tuve tiempo de replanteármelo.
Tuve que detenerme pues se pinchó una rueda.
Aparqué la bicicleta, cogí un parche y lo pegué en el agujerito.
Luego agarré la bomba
de aire con firmeza y empecé a hechar la rueda.
Aquel objeto cilíndrico parecía una
gran verga en movimiento.
En mi mano al bombear el aire era similar al que suelen hacer los
hombres cuando se pajean.
Poco a poco fui imaginando que la bomba de plástico era un
enorme consolador de diseño fabricado para satisfacer el aplito de cualquier hembra solitaria.
Oh, con esos pensamientos mi calentura fue a más.
Mi frente y mi espalda estaban empapados de sudor
por el esfuerzo de hechar la rueda y mi conejito también estaba mojado.
Pero por mis fantasías
lóbricas me apetecía jugar un poco con aquella bomba alargada y de color negro.
Pudí introducírmela
como si fuera un vibrador.
Cuanto más cachonda estaba, más blanda y suave me parecía.
Y eso que
estaba construida de plástico rígido.
Estaba tan húmeda que hubiera podido meterme cualquier cosa,
por áspera y rugosa y dura que fuera.
Me senté sobre una roca con las piernas muy abiertas e
introduje la mano por debajo de la parte inferior del bikini con la intención de tocarme, pronto
palpé los pelos de mi bubis.
Estaban muy pringosos, como si hubieran caído sobre el monte de venos
un vaso de zumo de melocotón.
Pulposo, grumoso, espeso y azucarado.
Sonredaban y enganchaban en mis
dedos como si fueran los pinceles de un bote de cola líquida.
Mi mano fue bajando hasta alcanzar
los labios vaginales que estaban hinchados por la excitación y un poco irritados por el roce con la
tela.
Me introduje un par de dedos e inicié una paja que me llevó al jadeo más descontrolado.
En
cinco o seis movimientos alcancé el clímax y el orgasmo.
Mi mano se empapó de jugos.
No tenía
suficiente con uno solo.
Se iba a gozar hasta marearme y perder el mundo de vista.
Así que cogí el
tubo de la bomba y me lo introduje hasta las entrañas.
Empecé a bombear como si quisiera que
mi gutero se llenara de aire.
Yo no sé si aquello era saludable.
Lo que sí puedo asegurarte es que
me estaba refrescando.
Parte del aire se escapaba de mi raja y me rozaba el clítoris, proporcionándome
mucho placer.
Tenía la misma sensación que cuando un hombre sopla dulcemente en dicha zona.
Estaba
en pleno bombeo vaginal cuando escuché el motor de un vehículo.
Estrojé el tubito de goma, me levanté
de donde estaba y volví hacia la bicicleta para disimular.
Se trataba de un todoterreno antiguo,
sucio, con manchas de óxido en la chapa y las puertas un poco abolladas.
Se detuvo a mi lado,
bajo la ventanilla y su conductor me ofreció su ayuda.
Era un muchacho de 20 años y no estaba
nada mal.
Salió del todoterreno y se agachó delante de la bicicleta para mirar la rueda.
Luego
cogió la bomba y bombeó y bombeó hasta acabar de echarla.
Yo tenía ganas de sexo y aquel tipo
era un buen candidato para un revolco campestre con toda regla.
Le pregunté si tenía una goma y él
me contestó que no, que no llevaba encima ningún parche para reparar pinzazos de bicicleta.
Yo le
volví a insistir y le comenté que la goma no era para la rueda sino para su pene.
Del sonrío
metió la mano en el bolsillo y sacó la billetera y me enseñó un par de condones.
¿Bastarán?
preguntó mientras se bajaba la cremallera y me enseñaba el pajarito.
Lo cogí con la mano y noté
cómo se ponía duro.
Nos besamos apasionadamente mientras se lo meneaba.
Él, por su parte, me había
subido la camiseta y me estaba comiendo los pechos, que estaban tan firmes como su pene.
Pronto me metió
mano en el culo, le puse el condón, me abrí de piernas y me la introdujo hasta el fondo y de pies
sin darme cuenta y tiempo a apoyarme sobre las puertas de su vehículo.
Aquella posición era muy
incómoda pero tampoco me atrevía a interrumpirle, no fuera que le cortara cuidado lo dura y gruesa
que se le había puesto.
No era cuestión de enfriarle con una pausa.
Su blande me perforaba
las carnes y se adentraba en su agujero con el ritmo acelerado.
Empecé a chillar y cuanto más
gritaba más rudo se mostraba él.
Me vestía con violencia como si quisiera tirarme el suelo o
atravesarme como un pincho morono.
Mis pezones estaban erectos y él los mordió hasta irritarlos.
Le pedí que se detuviese y yo ya no podía más, estaba agotada y ya tenía suficiente.
Él me miró
con ojos de perro abandonado y yo le dije que se tranquilizara, que no se preocupara, que no lo
iba a dejar así.
Le quité el condón y me agaché y le veía unos cuantos lametazos hasta que noté que
ya estaba a punto de nieve.
Aparte mi cara del pene me puse de pie y le hice una paja.
Se lo ameneé
hasta que descargó todo el néctar.
Mientras nos vestíamos le comenté que un polvo como aquel se
merecía otro favor.
Le pedí que me llevara hasta la playa.
Me acercó hasta el mar y una vez me
tumbé sobre la arena me quedé dormida.
Estaba muy cansada.