Ya está aquí la época del año en que no paramos de zampar dulces, marisco y carnes
grasientas, de beber alcohol, de comprar regalos para todos, de gastar el dinero, de cenar
con los amigos, de comer con los insufribles compañeros de trabajo, de aguantar a los
más pesados de la familia y de salir de casa sin ganas para ir a divertirse con los colegas,
para que así no piensen que eres algo rarita o un muermo.
¿Creerás que soy una amargada
o que odio la Navidad?
Muy al contrario, me encantan, son las fiestas en las que mejor
me lo paso, especialmente en lo que se refiere a sexo.
A mí los banquetes pantaruelicos
me hinchan el estómago y me abren el apetito en el sentido más lúbrico de la palabra
apetito.
Un par de langostinos y ya se me acelera el corazón, dos o tres ostras y empiezo
a pensar en hombres, dos copas de champán y se me suben los colores a las mejillas,
un buen asado y me pica lo que tú ya sabes y después de los turrones y los almendrados
me apetecen otras cositas mucho más.
Aún no he metido nada en la boca y yo me están
entrando ganas de hacerlo.
Ya puedes imaginarte qué es lo que me comería ahora mismo.
Si
eres mal pensado lo adivinarás enseguida.
Me muero de ganas de saborear veinte centímetros
gruesos y venosos de masculinidad, de recurrerlos con la punta del lengua, de repasar ese trozo
de carne plieta hinchada desde el glande hasta los testículos.
Por si no lo sabes, soy una
experta en lo que vosotros llamáis garganta profunda, es decir, como las trago enteras
de punta a punta, por muy largas que sean y las pringo de saliva.
Soy una glotona, no
lo puedo remediar y por eso me gusta la Navidad, por eso y por otras cosas como la de comprar
chorradas para regalar, encanta recorrer las tiendas, mirar los escaparates, entrar en
los grandes almacenes y buscar ese objeto inútil que cuesta lo justo para que el bolsillo
no me llore y con el que quedas más o menos bien.
Ya se sabe, es cuestión de hacer un
detalle y no de gastar más de la cuenta.
En mi oficina suelen montar la típica comilona
navideña el último día de trabajo o antes de las consabidas vacaciones.
En esa comida
de despedida hacemos lo del amigo invisible.
El juego consiste en que cada uno compra un
regalo de poco valor económico, lo envuelve en papel de periódico y lo mete en un saco.
Luego,
después de los postres y el café, cada uno de los comensales escoge un paquete y así,
de este modo tan divertido, nos intercambiamos los regalos.
Como soy un poco picarona y malintencionada,
voy siempre a un sex shop a comprar la tontería de marras para hacer la gracia.
He regalado
cazoncillos comestibles, lencería de papel, muñequitos obscenos de todos los tipos,
la polla saltarina e incluso el chochete loco, aquel coñito de plástico al que se le da cuerda
y anda.
Naturalmente, cuando voy por ese establecimiento, también me compro algo para
mí, como un par de paquetes de condones por lo que pueda pasar el día de navidad o la noche
de fin de año y algún juguete para esos momentos en los que estoy muy caliente y no quiero compañía.
Aquí en la mano tengo lo último en vibradores, un aparato grande, grande para que me llene por
dentro y fabricado en un látex transparente, suave y rugoso, con un tacto parecido al que
tiene un pene de verdad.
Por dentro del vibrador hay unas pequeñas bolitas blancas que parecen
caramelitos de anís.
Cuando lo enchufo, las bolitas empiezan a moverse y a dar vueltas.
No sabes el gusto que da un juguete como este.
Y si no te lo crees, prepárate para oírme gemir
como una gatita porque voy a desempaquetarlo para jugar con él.
Por si no te lo había dicho,
estoy completamente desnuda y con muchas ganas de cachondeo.
Mis pezones se erectan con tan solo
pensar en lo mucho que me voy a divertir con el cacharro que tengo en la mano.
Lo crees,
ahora mismo voy a estrenarlo.
Ya lo he puesto en marcha, lo paseo por mis senos,
se me están poniendo las tetas muy, pero que muy duras.
Que gusto Rinín me está dando en los
pechos.
Como me vibra, que gusto.
Es como si una hilera de hormigas paseara por ellos.
Como me pone tocarme y acariciarme este par de melones que la naturaleza me dio.
Hoy los tengo gordos y jugosos, repletos de carne para que los puedas apretar como si fueran dos
balones.
Encanto pasar la lengua por ellos, morderme los pezones y estirarlos o retorcerlos como si
fueran de goma.
Ahora mismo me gustaría tener un hombre a mi lado con unos labios gordos y
carnosos como los de un negro africano.
Necesito un tío con un buen par de ventosas por boca para
que pueda besarlos.
Me volvería loca de gusto con uno de esos mocetones de piel oscura y dientes
blancos y gruesos.
Lo quedaría yo para que clavara sus incisivos con delicadeza en mis tetas.
Uff, como estoy.
Tengo la almeja al vapor abriéndose de par en par.
Estoy tan caliente
que sale humo de mi raja.
Me parece que ha llegado el momento de estrenar el vibrador y comprobar
por mí misma.
Será tanto placer como promete las instrucciones que hay impresas detrás de la caja.
Antes lo chuparé un poco, como si se tratara del pene de un tío.
El tuyo, por ejemplo.
Ya tiene la punta llena de saliva.
Ya está lo suficientemente lubricado para que pueda resbalar
por el agujerito.
Voy a separar los labios mayores y menores y a jugar con el clítores
antes de introducirme el aparatejo.
Que bien.
Que bien.
Que cachonda estoy con tanto toqueteo.
Yo estoy lista para follarme a mí misma.
Coloco la punta en mi abertura y empujo suavemente.
Yo voy entrando poco a poco.
Suelo deslizar en mi interior con suavidad, mientras las bolitas
no dejan de moverse.
Qué gusto me dan esas pequeñas bolitas que hay dentro del vibrador.
Están rascando por dentro de la vagina, como si fuera un cien pies con botas que
avanza por esa gruta carnosa.
Qué bien.
Ahora saco el vibrador y ahora lo vuelvo a meter.
Es como un Papa Noel que baja por la chimenea y va directamente al dormitorio para pegarle un
polvazo a las niñas buenas.
Ese trozo de plástico se adentra en mi coño, como si fuera el tren
eléctrico que nunca me trajeron los Reyes Magos.
Ellos siempre me dejaban carbón porque era mala y
traviesa.
No puedo parar, no puedo parar, no puedo parar de meterme y sacarme el vibrador de mi vagina.
Mis tetas están súper duras y el vello de mi pubis eriza y se pone de punta.
Estoy alcanzando el clímax.
Creo que voy a correrme.
Oh sí, oh sí.
Qué gusto me está dando el juguetito.
Ya, ya.
Oh sí, bien.
Sí, ya me viene.
Me estoy corriendo.
Creo que voy a dejar de jugar.
Iré a ducharme con agua templada a ver si me calmo un poco.
Yo apago mi fósida.
Luego me vestiré con unos vaqueros ceñidos y una blusa apretada.
De esas, las que margaré los sus tenes y me iré a dar una vuelta.
Todavía me quedan algunos regalos por comprar y alguna prenda de ropa para arreglarme.
No es cuestión que me excite más de la cuenta.
Y así de algo independiente cachas.
Feliz Navidad y que folles mucho.