Gastamos tanto en las fiestas de Navidad que la cuesta de enero nos dura hasta mediados de febrero.
Con tantos regalos, turrones y mandangas, no nos queda otro remedio que tirar de la tarjeta de crédito.
Naturalmente, luego hay que pagar los extras y como no nos alcanza para llegar a final de mes,
echamos mano a la tarjeta milagrosa y nos volvemos a endeudar.
Afortunadamente, este mes de febrero, una ya empieza a salir de los números rojos.
Si la cosa llega a durar un poco más, acabo poniendo un anuncio a la ascensión de relax del periódico
para sacarme un dinero extra.
Las prostitutas sí que se lo pasan chachi, todo el día tumbadas en la cama y ganando un dineral.
De vez en cuando soportarán a algún viejo o algún tío raro.
Alguna pega tendría que tener el trabajo, si no sería un auténtico chollo.
De todos modos, lo que ganan compensa todos los sudores, la paciencia y los malos rollos del oficio.
Yo trabajo más de ocho horas al día y seis días a la semana en una fábrica de conservas
y acabo la jornada laboral con dolor de espalda y de pies.
Además, tengo que aguantar a un encargado que es un pulpo y siempre te mete mano disimuladamente.
Me dan ganas de mandar el trabajo de la fábrica al cuerno e intentarlo del oficio más viejo del mundo.
Que si es tan viejo y todavía da dinero, ¿por algo será?
Tú que estás al otro lado del ordenador pensarás, esta tía está loca.
Pues no, no lo estoy.
¿Qué pasa?
¿Acaso una mujer no puede tener sus fantasías eróticas?
Pues mira, la mía sería trabajar en un burdel.
Me gustaría exhibir mi cuerpo, contemplar como se les hace la boca agua a los tíos nada más verme en ropa interior.
Más de uno pagaría un buen dinero por pasar un rato conmigo.
Muchas de mis compañeras de trabajo dicen que soy muy atractiva y que si no tengo novios porque no quiero.
Hay incluso una que no me quita la vista de encima cuando me cambio de ropa en los vestuarios de la empresa o me enjabona en las duchas.
No sé si me tiene envidia o se pone cachonda viéndome.
Para mí que es bollera.
Como te iba diciendo, tengo las piernas largas y esbeltas, un poco de barriguita pero poquita y unos pechos medianos no muy grandes pero tampoco pequeños.
Del tamaño justo para poder jugar con ellos.
En ocasiones cuando me doy cuenta de que estoy sola en las duchas me los enjabono bien y me los acaricio hasta que los piezones se ponen duros.
Me gusta jugar con mis tetas, maoreármelas, sovármelas hasta que cogen un poco de color.
Incluso me doy pequeños pellizcos cuando estoy un poco salida.
Por ese motivo tengo más de un mueretón en los pechos.
Algunas de mis compañeras de trabajo creen que es por culpa de algún muchacho al que le gusta morderlos.
Yo les digo que la culpa la tiene mi gato, que juego con él desnuda en la cama y que siempre acaba arañándomelos.
La verdad es que soy yo quien no para de tocárselos.
Me chifla jugar con ese par de jugosos melones y con mi conejo.
Lo tengo peludito.
Y negro.
Muchas de las chicas sorrían de mí porque en lugar de enjabonarme con gel de baño lo hago con una pastilla de jabón.
Me preguntan si lo hago para ahorrar dinero.
Yo paso de ellas.
Les contesto.
Son tontas porque no saben lo que puede divertirse una con una pastilla húmeda, gastada y rebaladiza.
Qué gusterrinin me da cuando me la paseo por todo el cuerpo, cuando froto con ella mis tetas o me la introduzco en la raja, como si fuera un consolador.
Uff, cómo me pongo cuando sujeto mi clitoris con los dedos y lo froto con la puntita de la pastilla hasta que se pone colorado.
Alcanzo un orgasmo tras otro y no paro de gemir.
Ay, gemir, así ya sé.
Claro, intento ser discreta y me masturbo cuando no hay nadie en los vestuarios.
Me gustaría que me escucharan jadear.
Yo intento contenerme, pero no puedo.
Un día de estos me van a pillar.
Bueno, mejor que me pillen.
Así, a ver si me echan de una fábrica de una vez, que ya tengo ganas de trabajar de otra cosa.
Si me coge el director, me da una patada en el culo.
Pues, que no se haga daño en el pie, porque yo tengo un buen culo.
Macizo y duro y redondo.
Seguro que se pondría cachondo.
Se le pondría bien tiesa al golpearme las nalgas con el zapato.
A todos los compañeros de la fábrica les excita mi culo.
Y es que el mío causa admiración por su forma y su tamaño.
No tiene nada que envidiar al de una mulata.
Más de uno de los que están limpiando sardinas a mi lado,
me pagaría unos cuantos billetes por colocar su pescadilla en la hendidura de mi trasero
y perforar el agujero estrecho y redondo que hay en medio.
No sé qué maniél ya se ha entrado a los hombres con la sodomía.
Claro, con tanta peligroarrade esas, no me extraña.
Ahora, lo que mola es el sexo anal y todos lo hacen lo que sea con tal de meterla por detrás.
Como la mayoría de mujeres les horroriza, se niegan en redondo.
Pues, que los maridos pasen por el tubo.
Todos son iguales.
Buscan lo prohibido.
Pero lo prohibido cuesta una pasta.
Así que si quisieran un colo jugoso y servicial, que paguen.
Si tú estás dispuesto a aflojar la mosca,
me pondría cuatro patas y con las bragas a la altura de los tobillos.
A mí no me importaría que me dieran por detrás.
Es más, me gusta un montón.
En mi casa tengo consoladores de varios tamaños
y el más pequeño suelo utilizarlo para darme gusto ahí.
Suelo ponerme de rodilla sobre la cama completamente desnuda
para jugar con mi tierno y urgente pandero.
Antes que nada me muerdo las tetas y me las pellizco.
Luego me acaricio el chichit durante un buen rato
hasta que me pongo tan húmeda que mojo hasta las sabanas.
En ese momento cuando el corazón me vacíe, estoy realmente caliente.
Me arqueo e intento elevar el pompis al máximo
hasta apoyar una mejilla contra las sabanas.
Una vez que el trasero apunta al techo,
coloco el vibrador en el centro de la diana
y empujo con fuerza y decisión hasta introducírmelo por completo.
Cuando ya he entrado, lo pongo en marcha
y me revuelco por la cama con el aparato dentro de mí.
Ah, sé que el juguetito es un poco arriesgado.
Y que un día se puede quedar ahí
y que me tendré problemas para extraerlo.
Pero de todos modos el riesgo vale la pena.
¿Me lo paso tan bien?
Prefiero introducirme yo misma a cualquier objeto por la retaguardia
que esperara que un tío me torpede donde más duele.
Si encima lo quiere gratis, me niego enredondo.
La mayoría de los hombres son un sin pacientes
y follan con prisas, como si tuvieran una pila en un testículo
y temieran que se se acabara la energía.
No tienen ni aguante ni paciencia.
Por lo guay que es que vayan poco a poco
para poder disfrutar de esa manguera roscada
que se va abriendo paso como un buque rompe hielos.
Puede parecer un suplicio, pero aseguro
que si es lo que te cuela así a lo burro,
sabes que le interés un anillo carnoso y muy tozudo
y muy poco amigo de las visitas.
Para convencerle de que te deje pasar,
hay que ser muy educado y cortés.
Hay que ir enterrando la milímetro a milímetro
para darle tiempo a dilatarse.
Que no, que a los tíos les pone el hacer sufrir.
Te voy a partir el culo, dicen ellos, así.
Al meterla por el sitio más estrecho,
les da una sensación de que la tienen más gorda.
Se creen más machos y les da más gusto.
Pues si quieren darse el capricho, que lo paguen.
Yo no creo que aguante mucho más en esta fábrica.
Así que ir ahorrando que un día de estos
me anuncien el periódico en la sección de Relax
y con el nombre de la reina de la Nal.
Naturalmente.