Relatos Hablados

Nunca había visto porno

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Desde que me divorcié de Juan he tenido que recurrir al dedo para satisfacerme sexualmente. Al principio con eso me bastaba, pero mi escasa imaginación me empujó a buscar otros medios con los que motivarme. Y así, después de muchos intentos me armé de valor y finalmente alquilé una peli porno con la que me hice el mejor pajote de mi vida.

Desde que me divorcié de Juan he tenido que recurrir al dedo para satisfacerme sexualmente

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Voz por BellaPerrix
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Llevo casi un año divorciada y todavía no he encontrado a ningún hombre que me satisfaga desde que Juan y yo lo dejamos. Mi vida sexual se ha reducido a lo más básico que masturbación.

Durante el tiempo transcurrido desde aquel ya lejano octubre, me he limitado a darle al dedo, ni tan siquiera me molesté en comprarme un consolador o algún otro aparato de sacate de clase.

Me bastaba con mis propias manos. Dos meses después de haber puesto en marcha dicha práctica, me di cuenta de que mi imaginación empezaba a resultar escasa a la hora de dar con fantasías.

Para que te voy a engañar, nunca he sido una persona dada a tener una gran imaginación. No estoy hecha para eso, pero dentro de mis limitaciones siempre lograba dar con alguna cara, polla o culo que me animaban en la búsqueda de calentones rápidos.

Y es que además soy una impaciente. Pero un día la fuente se agotó y tuve que empezar a buscar alternativas. Probé con revistas, pero me parecía muy aséptico, incluso.

Me metí en internet más de una vez, primero para ver las páginas porno, luego por probar eso del cibersexo. Pero si las revistas ya me parecían frías, no digamos esto.

Total, que una noche estirada en el sofá y a punto de caer rendida de sueño, pillé casi por casualidad un canal que echaban una peli de alto contenido erótico.

No me preguntes ni título ni actores, porque no tengo ni puñetera idea. Solo recuerdo que funcionó. Perdí las ganas de dormir y un cosquilleo empezó a recorrer la espalda.

A los 15 minutos ya estaba otra vez animada con mi dedo campeón. Lo irónico del caso es que no se trataba ni tan siquiera de una película porno.

Era simplemente erótica. Incluso me temo que se trataba de una triste telefilm para adultos. Así que a partir de ese momento decidí contar con esa clase de material para hacer mis noches de desahogo más placenteras.

Claro que por desgracia estos telefilms para adultos no los dan cada día. Así que cuando repaso la programación vi con único que me podía masturbar era con el concurso de la primera cadena o el culebrón de la tercera.

Corría a un videoclub y me hice socia. Me daba un poco de reparo alquilar películas de esta clase que iban a pensar de mí. Y eso que estoy hablando de la sección de cine erótico.

Porque la porno ni broma. ¿Por qué razón? Me daba miedo. De verdad. Cada vez que iba al videoclub pasaba por delante de la sección de cine porno y era como cazar la zona prohibida.

Que escondería ese aviatáculo apartado de todo. Me sentía como una quinceñera. El morbo y la curiosidad me podían más. Pero logré contener mis ganas de desvelar el misterio.

No por mucho tiempo. Dos semanas después de aquellos primeros tanteos me armé de valor y crucé la frontera en dirección a tierra de nadie. Recuerdo que me detuve justo en medio y de pronto me vi rodeada por cientos y cientos de coloridas cajas repletas de mujeres con grandes senos.

Hombres terroríficamente bien dotados y de más imágenes de carácter obsceno. Era aquel el palacio de la perversión. Tanto vicio, enlatado, hubiera vuelto loco a cualquier hombre.

Sin embargo, a mí me frenó. Así que eché para atrás disimuladamente e intenté olvidarme. Pero no nos llevemos a engaño. Se trataba de un triunfo temporal.

Porque dos semanas después, repetí la hazaña. Sólo que esta vez había un fin. Alquilar una de aquellas tentadoras películas. Llevaba las 375 pesetas apretujadas en mi sudada mano derecha.

Y lo hice. No sé cuál alquilé. No miré ni el título, ni los actores. Sencillamente me limité a asegurarme de que la cosa no fuera sobre gays o zoofilia.

Solo me hubiera faltado confundirme por los nervios y coger algo de este tipo. Todavía me pregunto cómo logré soportar los nervios y la ansiedad durante ocho horas.

Pero lo hice. Llegada a las diez de la noche, me preparé para mi desvigamiento. Metafórico, se comprende. No fue difícil desvestirme para la ocasión.

Un batín, unas bragas y unas zapatillas a juego. Sentada allá en el sofá, introduje la película en el aparato de vídeo y apreté el play. Primero el aviso de copyright, el título, el número de expediente y el logotipo de la empresa distribuidora.

Y por fin, la carne empezó a palpitar. Fue literalmente un shock. Para mí aquello era lo más parecido a descubrir, que una leyenda urbana era tal como la vida misma.

Existía todo aquello, de los grandes genitales, los descomunales anales, los primeros planos de densas penetraciones vaginales, el chorreante semen blanco estrellándose con la cara de una chica.

Casi no podía creérmelo. Tremendo. Tras 15 minutos de película, la dire la duración ideal para calentar motores. Casi prendada del actor protagonista, el típico yanqui fibrado rubio y de mentón prominente.

Yo dueño de una polla que daba miedo, gruesa, hinchada y con serpente antes venas repletas de sangre recorriéndole el tronco hasta su grueso, resplandeciente y castemorado glande.

No me costó nada entrar en su juego. Tiré del cinturón del batín y éste se abrió con una antena parabólica, dejando al aire mis tetas. Estuve unos segundos pellizcándome el pezón izquierdo, mientras que con el mando a distancia ponía una mamada a cámara lenta.

Luego me enteré de que normalmente se hace con las películas porno es pasar a cámara rápida las escenas monótonas, pero en mi caso claro hay que comprender que era una novata.

¿Cómo os llamaría aquel mancebo? Me daba igual. Decidí bautizarle Jim. Sonaba bien. Oh, fóllame Jim. Sí, racéame con tu gran polla Jim. Jimmy, lo que yo digo sonaba bien.

El caso es que sentí una envidia terrible de la chica que se estaba trajando semejante tranca. Y durante un rato recordé aquellas inolvidables sesiones de sexo oral que Juan y yo nos montamos Sentí su glanda en mi paladar, el calor de su pene inundando mi boca, mis labios enroscados en su palpitante tronco.

Oh, sí Jim, soy toda tuya. Cércame tu polla. Me fascina ver las gotitas de humedad que asoman por el edificio de tu capullo. Jim, zarandea tu sexo cerca de mi cara.

Yo abro la boca e intento cazarlo al vuelo. Oh, sí, qué malo es Jim. Me gustaría que me follara por el culo, pero él es un profesional y sabe que cada cosa es su tiempo.

Así que mi improvisado amante se dedica a la mermel ardiente coñito durante un rato. Primero su lengua sacude con cariño mi almeja por encima.

Me estremezco. Suvidamente se clava en mi cleitoris y juega con él, lo marea. Yo cierro los ojos. Oh, sí, qué gustazo. Me encanta que Jim se coma el coño de ese modo y las artes de ese macho son divinas.

Sus labios muerden las paredes de mi vagina y penetran hasta la uretra, chupando su paso sin compasión. Oh, no me dejes de esconder. Sí, los pelos se merizan, los poros de mi piel se abren.

Deja un momento sus labores para ascender y meterme la lengua en mi boca. Déjame probar el sabor de mi propio coño semental. Pero el ejercicio dura poco.

Jim vuelve a situarte frente a mí y albro las piernas hasta que se meten en mi boca. Hasta que se meten en los músculos. Me empujo hacia arriba con cuidado y sin previo aviso.

Y para mayor alegría me abre las nalgas y clava su monstruo osso en mi ano. Oh, primero noto un calambre. Siento dolor. Pero a medida que ese falo indescriptible castiga mi parte trasera.

El dolor pasa a placer y el placer invade mi cuerpo por entero. Jadeo sin cesar. Sí, el dolor. Así me gusta con más fuerza. Me siento fallecer.

Grito, me corro, me corro. Y lo hago, ya lo creo. Ya lo creo que sí. Durante unos segundos que parecieron eternos, deje reposar pesadamente mi cuerpo sobre el sillón.

Al poco decidí abrir los ojos y me di cuenta que la película había terminado. La nieve de la pantalla del televisor. Así lo hacía suponer. Quedé totalmente anudada.

Era la mejor paja que me había hecho desde que empecé con el tema. Y todo gracias a Jim, a mi querido Jimmy. No hace falta decir que me volví adicta al cine porno durante unas semanas.

Seguía alquilando películas. En aquel videoclub hasta que perdí el interés. En parte porque nunca más volví a saber de Jim. Ahora he descubierto una nueva forma de estimulación sexual.

La música. Os aseguro que no falla. Y no hay nada más excitante para una buena paja que los grandes éxitos de George Michael. Podéis llamarme retorcida.

Quizá lo sea. Solo espero que eso me dure mucho más. Y encuentre algún motivo. Por lo menos un rollete. Pronto. Porque a este paso acabaré poniéndome caliente. Con las películas de las folklóricas de los años 40. Y eso sí que sería ya preocupante.

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