¿Te gusta viajar?
¿Solo?
¿Acompañado?
Yo, desde las últimas vacaciones, no sé qué
responder.
Mi amiga Mirenchu y yo decidimos hacer un viaje de relax, a algún lugar sin
demasiadas complicaciones, donde nos lo dieran todo hecho.
Decidimos ir a la isla de Menorca.
Días antes de partir, me enfadé con Mirenchu.
Se lo había comentado una pareja de amigos
suyos y se apuntaron en las vacaciones.
A mí no me apetecía conocer gente nueva, tener
que esforzarte por caerles bien y todo eso.
Pero bueno, como mínimo, pensé que Mirenchu
me tranquilizaría con algo del estilo.
Que no, que son gente muy agradable.
Que no,
ya verás qué simpáticos que son, les encanta la broma.
Todo lo contrario.
Me dijo que lo
sentía mucho.
Que quizá no debería haberlo dicho.
Que al fin y al cabo sí que eran
un poco raritos, pero que ya no podía decirles que no vinieran.
Que vaya feo les haría.
Que, que, que.
Que al final me convenció.
Y tuve que tragar.
Pues vaya una manera de
comenzar las vacaciones.
Les conocí el día que nos embarcamos.
Tengo la manía de comparar
a las personas con animales, no sé.
Por la cara, por lo que me sugiere su carácter.
Cuando los vi, se me puso la carne de gallina.
Él, con aquellas greñas y aquel ceño tan,
tan protuberante, parecía un león.
Un león de mirada extraviada.
Y ella, tan fina y comedida,
como un zorro.
Bueno, como una zorra.
Por cierto, Mirenchu, mi amiga, nos lo he dicho
antes.
Era, claro esta, una ovejita.
Y yo, para que nos entendamos.
Es difícil.
Yo nunca
me he considerado un solo animal.
Soy muy versátil.
Vamos, que tengo un punto de ambigua.
¿Puedo ser mansa como una ovejita, como Mirenchu?
¿O fría y calculadora como una
serpiente?
Al cabo de ocho tediosas horas de travesía, desembarcamos en el puerto de
Mahon y nos dirigimos a la punta sudoeste de la isla.
Dejamos el equipaje en el hotel
y fuimos a dar un paseo por la zona.
El paisaje no era muy bonito.
Casi todo hoteles y urbanizaciones.
Pero al llegar al cabo de Ardruich, la naturaleza se recompuso.
Las rocas negras y faro blanco
con una franja pintada de color que subían espiral hasta la luz.
La isla de Mallorca
desleída en el horizonte.
En una parte aproveché para bromear con Mirenchu.
Le expliqué lo
que haría con el faro si mi coño diera suficientemente de sí.
Y ya se escandalizó.
Me dijo, por favor, a veces pienso que estás loca.
Vaya, respondí.
¿Acaso tú no tienes coño?
Mirenchu se sonrujó.
Yo continúe provocándola.
¿Acaso tú no tienes coño?
Al final, forzada por la venguenza de que la pareja nos oyera,
reconoció que sí.
Muy tímida ella, que sí que tenía coño.
Pero yo no dejé de atosigarla
de buenas a primeras.
Y no se te abre el coño y el culo y la boca entera cuando ves
un faro así de grande.
La pareja se había acercado y Mirenchu, al darse cuenta, se puso
más rojo aún si cabe.
Me sorprendió que no hicieran ningún comentario sobre la conversación.
Sólo noté un extraño brillo en los ojos de ambos.
En sus ojos de león, en sus ojos
de zorra.
Una chispa de gas tibia, de complicidad que me tranquilizó.
Regresamos al hotel de noche y decidimos acostarnos.
Ya tendríamos tiempo de sobras para recorrer
la isla.
Mirenchu y yo dormíamos en la misma habitación, la pareja en la habitación contigua.
Escuché los primeros gritos mientras Mirenchu se duchaba.
Me acerqué a la puerta contigua
y estaba procurando no hacer ruido y enganchar la oreja.
Era ella quien gritaba, decía,
¡No te vayas, no te vayas!
Quise avisar a Mirenchu, pero al entrar en el cuarto de baño
vi a través de la manpara que se estaba masturbando con el marmo de la ducha.
Estaría recreándose
con lo que le dije del faro.
Preferí no molestarla.
Y no tenerme más.
Y no me lo pensé dos veces.
En el balcón las dos habitaciones daban allí.
La pareja tenía las cortinas corridas,
pero con la luz de la habitación se veía lo que estaba ocurriendo perfectamente.
Ella
estaba rodillada en el suelo completamente desnuda.
Bueno, completamente no.
Llevaba
unos zapatos de aguja que antes no llevaba.
Y le gritaba, ¡No te vayas, no te vayas!
Él se pasaba por la habitación con el pecho descubierto.
De vez en cuando se tocaba entre
pierna.
Estaba empalmado.
Y vaya si estaba empalmado.
Entonces me di cuenta de que había
empezado a mojarme.
Él se quedó mirando.
Y le gritó que tal como se fue ayer, sería
hoy.
Ella seguía pidiéndole que no se marchara, que no se marchara, que lo haría, que lo
haría.
¿Que haría qué?
Me preguntaba yo.
Mi fantasía empezó a fluir.
Me la imaginé
ahí ya bailando con los zapatos de aguja encima de la polla de él.
¡Qué morbo!
Empecé a tocarme allí mismo, en el balcón.
Y es que sentía el coño tan hinchado y tan
abierto.
El balcón daba jardín del hotel.
¿Habría alguien?
No.
Aquella hora no había
nadie.
Sólo un jardinero que iba de aspersor en aspersor.
Y desde donde se encontraba no
No podía verme.
Me bajé los pantalones y colomqué la mano en la raja.
Me entraron
los tres dedos de golpe, a la primera y hasta el fondo.
Estaba empapadísima.
Deslice las
uñas largas por dentro del coño.
¡Uah!
Eso me mata de gusto.
Por mi asombro.
Él se
estiró en el suelo y se abrió la bragueta.
A ver si tenía yo razón.
Y ahora comenzaría
ella con el taconeo.
Pero no.
Lo que vino se me hubiera ocurrido jamás de los jamases.
Ella de pie le movilizó las muñecas pisándoselas con los zapatos de aguja.
Y lentamente bajó,
doblando las rodillas, hasta colocar su coño a escansos centímetros de la cara de él.
Y su boca muy, muy, muy cerca de la polla.
¡Qué vaya polla, por cierto!
Aquel aparato
no me lo acababa yo en una noche.
Yo estaba tan excitada que ya me notaba el coño vibrándome
alrededor de la mano.
Y es que la tenía toda dentro.
Cuando de repente noté algo caliente
y húmedo en el agujero del culo.
Y un respingo.
Y una mano me cogió del hombro para que no
me moviera.
Era el jardinero.
O mejor dicho, la polla del jardinero.
Que la mía me ajeté
ardiente, con tanto brillo, que poquito entró de una pieza.
Lancé un grito y tuve que apoyarme
en la ventana, de lo que me temblaban las piernas.
Dentro no se dieron cuenta de nada.
Ellos seguían.
Seguían con lo suyo.
Mientras yo los miraba.
Empalada por el culo, por una
polla impresionantemente dura.
Estaba tan caliente su polla.
Entonces ella empezó a
escupir.
Ella empezó a escupirle en la punta de la polla.
Y él, inmovilizado por las
manos, sólo podía que contemplara el coño y el culo de ella.
Cómo se encontrarían.
Y se replicaban como las valvas de una lemeja hambrienta.
Cómo echaban espuma.
Espuma
hasta por el ojete.
La tía sueltaba jugo hasta por el culo.
Y el gemino de placer.
Más fuerte, más fuerte cada vez que ella le propinaba un escupitajo.
Fuera, el jardinero
me metió la mano en la boca buscándome la lengua.
Él mordía los dedos.
Jadeaba como
un animal, como un lobo.
El jardinero era un lobo que me daba por detrás y me atrapaba
la lengua con sus zarpas.
Me la estrujaba mientras yo abría la boca más y más.
Ahogando
los gemidos de puro gusto.
Lo mejor de todo es que nos corrimos los cuatro a la vez.
Yo
no podía aguantar más y exploté.
Noté como el jardinero con un empellón definitivo
me abría las carnes y se corría dentro de mi culo.
En la habitación ella abrió los
labios empapados de saliva y se abalanzó sobre la polla que se estremecía en el aire.
Grande
como la de un caballo y se la metió entera en la boca.
Todavía no entiendo cómo.
Se
la trago hasta la raíz y cuando la sacó de su boca el capullo lleno de baba se hinchó
de tal manera que remantó llenándole la cara de leche hirviendo.
¡Qué torrente!
Él se incorporó al suelo, tenía la cara tan perdida de jugos como ella de semen.
Se
habían corrido sin tocarse, vamos.
Si el primer día de las vacaciones fue así, imagínate
el resto.
O mejor no.
Mejor te doy alguna pizza para que te recrees.
Imagínate cómo
el lobo al día siguiente se comió la ovejita o como el león y la zorra.
Hicieron un festín
con la serpiente.