Son las dos y media de la noche y aquí estoy en mi taxi recorriendo la diagonal de Barcelona
de un extremo al otro.
Es sábado y los sábados siempre tienes mucha clientela, de la más
variada y exótica.
El trabajo de taxista puede llegar a ser realmente aburrido y muchas
veces se debe a la falta de clientes interesantes, aunque otras veces sencillamente es porque
estos no aparecen por ningún lado.
Aún así, siempre me queda la radio para los momentos
más soporíferos.
Pero basta de chachara.
Ahí delante hay una pareja que me hace señales.
Voy a recogerlos.
Detengo el coche y entran al asiento de atrás de forma atolondrada y
ruidosa, soltando sonoras risotadas y gesticulando sin cesar.
No hay duda de que estos dos han
bebido un poco más de lo normal.
Seguro que vienen de una fiesta por lo elegantes que
van.
¿A dónde les llevo?
Pregunto como se supone que debo hacer.
Me indican el lugar.
La verdad es que está bastante lejos.
En fin, vamos para allá.
Conducir de noche tiene
algo de mágico.
Nunca estás sola del todo, yendo por las calles de una gran ciudad, pero
a esas horas el tráfico es mucho menor.
Apenas se ve gente y todos los comercios lógicamente
están cerrados.
Es como si el tiempo se hubiera detenido durante un rato.
Por cierto, hace
ya unos minutos que no oigo reír a mis pasajeros.
¿Qué estarán haciendo?
Como una mala película
policiaca, me sirvo del retrovisor para espiar qué ocurre en el asiento trasero y, como
en una mala película eléctrica, veo lo que imaginaba.
Los dos andan muy ocupaditos, sobre
todo la boca de ella.
Y es que nunca dijo nadie que hacer una afelación fuera una cosa
fácil.
Ya sabía yo que salir a trabajar el sábado noche no tenía por qué ser tan
malo.
Es en situaciones como esta cuando un taxista debe demostrar su talento en el
volante, porque no es nada fácil seguir con el coche en marcha carretera abajo y al mismo
tiempo observar los acontecimientos que se desarrollan en la parte trasera de tu automóvil.
Y lo que ocurre en el mío es francamente muy excitante.
La tía sigue chupándole la
polla a su amiguito.
La sujeta por la zona de los huevos con una mano mientras su lengua
se enrosca en el rosado capullo.
Me pone a cien ver un rabo tan tieso como ese.
Me encanta
verlos cuando están a punto de estallar, con todas las venas hinchadas, aunque más
cachondo es verle la cara al tío, echado hacia atrás, en pleno éxtasis, con los ojos
cerrados y la boca semiabierta.
Joder, esto me está poniendo mala.
Procuro concentrarme
de nuevo en mi trabajo.
La verdad es que ya no sé ni dónde estoy.
Por unos momentos desconozco
totalmente la calle en la que me encuentro.
Ya, ya sé, sí, esto es la plaza de Tuán,
vale, estamos a medio camino.
Pero con toda esta acción en el asiento trasero no hay
quién pueda conducir.
¿Qué hago?
Me he puesto muy caliente y no paro de huir jadear al
cobrón este.
Creo que voy a dedicarle unas caricias a mi entrepierna.
Se lo merece.
Me
toco en la raja a través de la ropa de los tejanos y un dulce cosquilleo me corta la
respiración un instante.
Miro por el retrovisor y esta vez le descubro a él mirándome.
No
aparta sus ojos del reflejo de los míos.
¿Qué hago?
La solución es bien simple.
Voy a aparcar el puto coche y entregarme a la faena.
Al fin y al cabo, hace demasiado
tiempo que no me mojo.
Este trabajo me roba las mejores horas para la diversión y si
encima estoy soltera, ¿yo me dirás tú qué puedo hacer?
Pues eso, no me lo pienso más.
Ahí veo un hueco donde colaré el coche.
No me costará aparcar, apenas una maniobra
de lo más sencilla.
Bien, apago el motor y de pronto el silencio es total.
Sólo los
jadeos del tío se dejan huir a intervalos, pero básicamente no se escucha ni el zumbido
de una mosca.
Esto gana en interés.
Mis inquietos ojos vuelven a ver avalerse del retrovisor
en busca de inspiración.
Han cambiado las posturas.
Ahora la lengua tareada es la del
tío.
Perfecto.
Me acomodo en el asiento colocando mi culo al extremo.
Necesito espacio vital
para lo que voy a hacer.
Me desabrocho los pantalones y tiro de ellos hacia abajo.
Apenas
puedo arrastrarlos hacia la mitad de los muslos, pero ya es algo.
Introduzco la mano
por dentro de las bragas y corroce mi coño.
El simple roce de los dedos ya me electrifica
todos los sentidos.
Sí, detrás de mí oigo los jadeos descontrolados de la chica, una
cría de unos veinte años de pelo rubio, anda con las tetas por fuera de la blusa.
Eso me recuerda que yo también dispongo de ellas y que no les iría mal un buen meneíto.
Desabrocho la camisa y cuelo la mano libre por debajo de la camiseta blanca de algodón
que llevo para combatir el frío de estas fechas.
No me cuesta dar con uno de mis senos porque
aparte de tenerlos grandes no llevo sujetador que interfiera en mis intenciones.
Me basta
con palpar un instante y atrapar el pezón con los dedos.
Lo pellizco cariñosamente.
¡Mmm!
¡Ay!
Noto cómo endurece rápidamente.
Tengo la piel de gallina y los escalofríos
que me proporciona trabajarme el coño con los dedos recorren mi cuerpo de arriba abajo.
¡Oh!
Sí, miro mi espalda, veo al tío chupándole las tetas a la chica.
Ambos están totalmente
entregados al juego.
Sus movimientos son atolondrados y no cesan de jadear y suspirar profundamente.
¡Oh!
De hecho les envidio.
Mientras mis dedos acarician mi raja por entero, la tía esa
polla del muchacho se cuela en la húmeda raja de la hembra y lo hace con un gesto agresivo.
¡Oh, joder!
Cuánto hubiera dado por sentir ese rabo entrando dentro de mí.
Durante unos
segundos cierro los ojos intentando imaginar tan erguida verga metiéndose entre mis piernas
y acelero el ritmo de la paja.
Los dedos han entrado por la vagina en un esfuerzo por imitar
el placer que proporciona el aparato masculino cuando se encuentra en plena faena y en plena
forma.
Acaricio el clítoris sin descanso y mi culo se tensa levantándose unos centímetros
en el aire.
A cada roce noto unas descargas en la columna.
Será por eso que durante unos
instantes el cuerpo se me queda rígido y soy incapaz de detener el acto masturbatorio
a pesar de que me noto cansada.
Ante tal sensación siempre va bien recargar las pilas de la piel
y vuelvo a centrarme atención en los amigos de la parte trasera del auto.
Sigan con el
mete y saca sin cesar.
Van tan desenfasados que el tío le aclava los dientes en un brazo
a la chica.
¡Uff!
Esto es más de lo que puedo pedir.
Aún así la envidia me delata.
Ella me mira un momento y parece percatarse de ello.
Supongo que debe ser cosa de mujeres.
Agarra a su amante por el cuello, se acerca a su oído y le sosurra algo.
Como esto me
dure mucho me van a cortar el rollo y estoy a punto de correrme.
Para mi sorpresa detienen
el coito.
Él se pone en pie a pesar de la notable falta de espacio y como por arte de
magia sudora polla suma por encima de mi hombro.
¿Qué tramarán?
Detrás suyo la chica sonriente
agarra la verga y comienza a sacudirla.
Oh, ya veo por dónde van.
Uff, no puedo creerlo.
Esto supera mis expectativas.
Oh, sí.
Pero no puedo agradecérselo ahora.
Yo ahora lo
haré luego.
Antes tengo una cosa más importante que hacer.
Me centro completamente en mi paja
mientras no aparto la mirada del falo que tengo a la derecha.
La mano de ella parece
la mía.
Entregada a la faena, a cada embestida, el tío quime sonoramente.
No hay ni un momento
de respiro.
Su técnica masturbatoria es imparable y muy acelerada.
Con la mano recorres desde
la base al grande en un movimiento mecánico que irremediablemente conduce al tío al orgasmo.
Gritas, estremece mientras un chorretón de semen cae por encima de mi brazo, el mismo
que en ese momento logra mi propio orgasmo.
Oh, sí, qué gustazo.
Captó ese momento
y lo incremento en mi cabeza.
Me estoy corriendo en mi taxi mientras una lluvia de semen cae
por encima de mi hombro.
Qué pasada.
Todavía disfruto de las secuelas del orgasmo.
No puedo
más.
Mientras el tío se desploma pesadamente en el asiento de atrás.
Un calor espantoso
se ha dueñado del automóvil por entero.
Incluso los cristales de las ventanas están casi
empañados.
Creo que voy a abrir uno, que entre un poco el aire.
Estamos los tres respirando
cansinamente mientras unas sonrisas de satisfacción se dibujan en nuestras caras.
Aunque la que
más feliz se muestra soy yo.
Sin duda me basta con mirar cuando dinero lleva acumulado
el taxímetro para lograrlo.
Yo nunca dije que follar en mi taxi fuera gratis, ¿vale?