Aquella prometía ser otra de esas mañanas tontas en las que no entra nadie en la tienda.
Había sido la primera y parecía que también iba a ser la última en abrir la puerta.
Mucho me temía que por ese umbral no iba a pasar ni las moscas, ni siquiera el aire.
Me aburría tanto que empecé a jugar con mis rezos.
Primero fueron los de la nuca, luego los del coño.
Y así, enredando pelos, encendí la caldera.
Ese cuenco con bello que toda mujer tiene entre las piernas.
El anular, el medio, el índice, el corazón y el meñique.
Fueron los troncos que avivaron el fuego.
Los introduje suavemente en el chochito.
Al principio de uno en uno, suavemente.
Luego, a medida que el agujero se dilataba de dos en dos,
de tres en tres y todos a la vez.
Los hice rotar.
Rusé con ellos las paredes de la vagina.
Y luego los retiré y los chupé.
Imaginándome que eran diminutos cipotes a punto de verter la leche.
Mis dedos estaban húmedos como yo.
Mojados por los jugos de hembra en celo.
Gotas lascivas y melosas, crossbalan por las uñas.
Los lurdillos, la palma y la muñeca.
Y que mi lengua capturaba con la impaciente voracidad de un oso.
Los colores de las mejillas subían de tono.
Del rosa pálido al rojo intenso.
Y anunciaban un orgasmo remolón.
Cotardaba lo suyo, pero que ya venía.
Un río de sudor bajaba por el cañón.
Cornoso de entre mis piernas y entre mis pechos.
Y su caudal era tal como desabroché la blusa por temor a empapar la tela.
Necesitaba un hombre.
O si más no, una pesada.
Que con un poco de conversación me apagara la calentura de la cabeza.
Que me distrajeras revolviendo cajas y cajones.
Para después acordarme de su familia al no comprar nada.
Quería que entrara alguien.
Por lo que empecé a pintarme las uñas.
De la mano, claro.
Un ritual mágico.
Difundido entre vendedoras.
Y que nunca falla.
Tan solo destapar la botellita de esmalte.
Se abrió la puerta y apareció ese hipotético cliente.
Un hombre tono elegante, de piel moreno.
Ojos verdes y una sonrisa de anuncio.
Por su planta y su maletín.
Me di cuenta de que poco iba a venderle.
Más bien, al contrario.
Representaba una firma muy importante de cordones.
Y venía a enseñarme el muestrario.
Le miré a los ojos.
Y le insinué que si quería que le firmara un buen pedido.
Antes debía de darme a probar la mercancía.
Es decir, quería un buen trozo de carne en mi boca.
Las ventas deben estar muy mal.
Pues no tuve que insistir mucho.
Corrí el pestillo de la puerta.
Pasamos a la tras tienda.
Y allí nos desnudamos sin dar tiempo a desabrochar botones o bajar cremalleras.
Estaba cachonda.
Dispuesta a ofrecerle todos los rincones de mi cuerpo.
Incluido mi recto.
Él comprendió que tenía ganas de ser perforada cuanto antes.
Y como su polla ya se había levantado.
Se echó sobre mí.
Me besó las tetas.
Y clavó el miembro en mi vientre.
La mirada, absombrada.
Era un portento.
Mucho más grande de lo que nunca me hubiera imaginado.
Aún no había parado de crecer.
Y pronto me sobrepasó el ombligo.
Alargué la mano.
La cogí por el glande y la acaricié.
Notaba dura.
Y tan caliente como mi coño.
El vendedor me empujó.
Me hizo caer sobre una alfombra frente a una estantería de metal.
Repleta de restos de serie.
Allí me la clavó hasta las entrañas y me folló como un animal.
Yo gruñé como un jabalí herido.
Y él empujaba su miembro como si quisiera atravesarme.
Como si quisiera sacarse el capullo por el agujero de mi culo.
Aquel trozo de hombre permaneció dentro de mí.
Durante casi una hora.
Tieso, duro y herido.
Provocándome un gran orgasmo.
Antes de que explotara e inundara la vagina de leche caliente y esponjosa.
Luego la sacó.
Se subió los pantalones.
Se puso la camisa.
Extrajó un bolígrafo de la chaqueta.
Sacó una hoja de pedidos de maletín.
Y me hizo firmar lo que quiso.
Cuando se fue.
Me cuidé durante un buen rato en la tras tienda.
Con las piernas abiertas y haciéndome una pajita.
Aquella mañana no entró nadie más.
No vendía un clavo.
Bueno, ni un maldito sostén.
Porque soy dueña de una mercería.
Ya se sabe.
Cuando las queridas se retiran.
Sus amantes les montan una mercería.
Y yo, de puta, aún lo soy un rato largo.