Relatos Hablados

Da igual un coño o una polla

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Estoy muy escarmentada de los tíos, por eso me he vuelto una auténtica puta y sólo me importa disfrutar del sexo sin compromiso. Como me da lo mismo una polla que un coño, acudo con frecuencia a un local de lesbianas donde es fácil encontrar alguna perra como yo a la que le guste mover la lengua.

Estoy muy escarmentada de los tíos, por eso me he vuelto una auténtica puta y sólo me importa disfrutar del sexo sin compromiso

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Voz por BellaPerrix
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Tengo treinta años y todavía vivo en casa de papá y mamá, sin un duro en el bolsillo y con la sopa boba de menú diario. La culpa de todo ello la tiene el cabronazo de mi ex, un hijo de puta que me encabronó al convencerme para que dejara mi trabajo a cambio de un anillo en el dedo.

Cinco días antes de la boda me la metió doblada y por detrás al anular el compromiso. Mi familia perdió la paga y señal del restaurante en el que se iba a celebrar el banquete y yo tuve que devolver los regalos, los billetes de avión del viaje, anular la reserva del hotel y colgar en el armario ropero un traje de novia que me había costado setenta mil pesetas.

Ha pasado más de un año desde esa gran cagada y no me he repuesto todavía. Mis amigas intentan animarme y pretenden convencerme para que me eche otro novio.

Oportunidades para ligar no me faltan. Dado que estoy buenísima, tengo un par de cocos de los que ponen vizcos a los hombres, unas piernas largas y esbeltas, un culete gordo y mullido, un agujero de detrás en que entra de todo y uno delante en el que cabe mucha más carne.

Cuando voy al supermercado siempre se me acerca el amo de la casa Moscón que me toma por un terron de azúcar y no para de encordiar mientras intento leer la revista de las compras.

Los hay de todos los tipos y tamaños, delgados, gordos, calvos, barbudos, jóvenes, maduros, solteros, casados, aunque todos ellos se caracterizan por sus ganas de meter y por lo mal que se lo montan.

Lamentablemente, a excepción de cuando voy al mercado, no acostumbro a salir y menos de noche. Las chicas con las que solía irme de juega están casadas, con lo que solo van al cine o a cenar con otros matrimonios y lo de ir de copas a bailar ya ni se lo plantean, pues prefieren irse a dormir pronto para levantarse el domingo con el canto del gallo e ir de excursión con el marido y los mocosos.

Cuando el chocho se me calienta más de la cuenta, no me queda más remedio que montármelo de Han sola e ir a caza de... ...porteadoras que analicen la velada.

Como no tengo que dar explicaciones a nadie sobre mi comportamiento, ya estoy muy escarmentada con los tíos. Prefiero buscar el placer en garitos de lesbianas.

No es que me entusiasme mucho las días, pero tampoco que digo que no a una buena comida de bajos, aunque su precio sea el hacer bollitos. Lo cierto es que siempre he disfrutado más con el juego amoroso, es decir, con los preámbulos que con el coito en sí.

Me encanta que me besen y me toqueteen. Si saben magrearme bien, alcanzo el orgasmo con rapidez y sin necesidad el mete y saca de rigor. Desde que tenía 12 añitos, cuando necesito enfriarme la chona, me encierro en mi cuarto, me echo sobre la cama y me la acaricio suavemente, juego con mi coñito y me toco las tetorras, unos globos gordos que lleno de moretones de tantos, o bármelos.

Me encanta masturbarme, introducirme los deditos, un buen cacharro de plástico, de esos que van a pilas y vibran. Si en lugar de hacerlo yo, lo hace otra, encantada de la vida.

Y dado el tetamen que gasto, me sobran candidatas, las bolleras acuden a mí como las polillas a una bombilla. Cuando entro en un bar de tortilleras, yo no me corto un pelo.

Si me apetece magrearme un pezón, me desabrocho la blusa y lo hago delante de cualquiera. Y si tengo que abrirme de piernas y quedarme en pelota picada en un cuarto oscuro para poder gozar como una perra, no me lo pienso dos veces.

De hecho, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera me tomo la copa de rigor. Voy directamente a los reservados a buscar el rollo. Hace un par de meses entré en un local de este tipo.

Me fui hasta uno de los compartimentos, abrí la puerta y me senté a esperar a que viniera alguna mujerona. Tuve suerte. Se me acercó una muchacha de 35 años, con unas copas de más y un cuerpazo de alivio.

Vamos, que no le colgaba nada. A mí, las chechas flacidas me dan bastante asco, especialmente si son de hembra cuarentona. Se sentó a mi lado, me sonrió y sin pedir permiso o mediar palabra, me puso una mano sobre la rodilla, por encima de los pantalones, subiendo y bajando por el muslo hasta alcanzar la cremallera.

Esto me puso a cien y me empapó aún más. Yo estaba dispuesta a llegar hasta el final con esa guarra, y esa guarra me había leído el pensamiento.

Y vista la mancha de humedad del pantalón, justo por encima del triángulo de las bermudas, donde desaparecen los dedos y lenguas y pollones.

La chica se levantó la falda y me mostró las piernas y las bragas. Me cogió la mano y se la metió entre los muslos. Al tocar su piel de melocotón, sentí un escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral y me hizo jadear.

Mientras tenía la mano aprisionada entre sus piernas, me desabrochó la blusa para contemplar mis melones. Me quitó el sostén con pericia y rapidez y me besó los pezones.

Yo estaba muy, pero que muy salida, con los mofletes como tomates, y tan caliente que mis nalgas se derretían y el orificio del culo se dilataba.

Deseaba pasármelo bien, que me comiera la almeja, las tetas, el trasero y el resto de mi cuerpo. No tardó mucho en morrearme los labios y su aliento a whisky de garrafón me encantó.

Cuando se disponía a comerme las tetas, se detuvo un instante y me pidió que la desnudara. La complací con cierto nerviosismo. Sin embargo, cuando vislumbré sus pechos pequeños, puntiagudos y tan tiesos como un recluta en la jura de bandera, tuve que contenerme para no pegarles un muerdo.

Mis manos recorrieron su torso y se detuvieron en su cintura de niña anoréxica. Le solté la falda y surgieron sus bragas, que estaban tan mojadas como las mías.

Se las bajé con la boca y de este modo pude olerle el coño. Un monte de venos oscuros, sudoroso y lleno de pelos. Tan frondoso que dudo que hubiera recibido la visita de alguna tijera o cuchilla de afeitar.

El exceso de vello no me molesta. Al contrario, me excita mucho más. Pues certifica que aquella raja era juvenil, virginal y silvestre, como el gato de los dibujos animados.

Mientras contemplaba tanta hermosura, ella reemprendió la iniciativa. Me desabrochó el cinturón, tiró de la cremallera del pantalón, me lo bajó y lo mismo hizo con mis bragas.

Cuando las dos nos quedamos desnudas, me pidió que me sentara y me abriera de piernas. Me puso de rodillas frente a mí y me chupó la almeja hasta beberse todo mi caldo.

Luego un tos, una mano de vaselina y la colocó en la entrada. Me metió todo el puño y a lo bruto. Una vez dentro, empezó a moverlo como si buscara algo.

Lo cierto es que lo encontró. Y cuando lo hizo, perdí el control. No podía más y me oriné encima. A eso no le gustó nada, por lo que retiro la mano con brusquedad y me soltó un guantazo en plena cara.

Aquella torta me extituó de tal modo que le pedí que me pegara de nuevo. Posó la palma de su mano en mi mejilla con más rapidez y energía y violencia.

Se dio media vuelta, cogió la ropa y se fue. Desde ese día ya no la he vuelto a ver. Es una lástima porque pienso mucho en ella. Y cada vez que lo hago acabo masturbándome.

Y cuando me masturbo recuerdo su cuerpo, sus diminutos pechitos y su mala leche. Y eso me excita todavía más. Con lo que me pajeo de nuevo hasta perder el control y me arme encima. Hace un par de meses que mojó las sábanas de mi cama como si tuviera cuatro años.

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