El verano ya se acaba, por lo menos las vacaciones.
En cuanto al calor, todavía nos quedan algunos
días para sudar la gota gorda e ir con poca ropa por la calle y algún fin de semana a la
playa.
Aunque ya pasó la temporada del desenfreno, la noche loca, los combinados, las discotecas y el
ligoteo.
Aún quedan guiris para un revolcón rápido y sin complicaciones.
¿Qué quieres que te diga?
No es que me vayan los hombres de importación.
Simplemente ellos aceptan de buena gana que son
el rollo de una noche o de una tarde.
Regresan a su país y te olvidan.
Odio que después de hacer el
amor con un desconocido, éste te dé el coñazo para repetir la experiencia.
Sí, es cierto,
me encantan los tíos.
Y me chifla aquella parte anatómica que les diferencia de las mujeres.
Se me hace la boca agua tan solo pensar en un buen miembro, como esos que aparecen en las películas
de vídeo que suelo alquilar.
Si tuviera uno delante, lo agarraría suavemente con la mano,
lo descapullaría, le daría un buen beso en la punta y lo damería hasta que vertiera el relleno.
Ojalá los penes no estuvieran adheridos a los hombres.
Los tíos suelen complicarte mucho la
vida.
Y yo, francamente, paso de liarme, de tener movidas y malos rollos porque un tipo
esté colado por tus huesos y no te deja en paz.
Como si fueras de su propiedad.
A mí me gusta ser
libre, no estar atada a nadie, aunque en algunos momentos tenga ganas de mimitos y de
un pavo alto y musculoso que me ponga tono.
Bueno, lo cierto es que tengo ganas de jugar
con su herramienta.
En estos instantes me introduciría una por mi agujero más estrecho.
No, mejor por delante, que da más gusto.
¿Sabes?
¿Sabes lo que voy a hacer?
Voy a echar mano de
este enorme consolador que tengo cerca para meterme entre las piernas y así quedarme bien
satisfecha.
¡Qué gordo y blandito está!
Es de color rosado, como uno de verdad.
Me chifla este
tipo de juguetes.
Son mucho más divertidos que las videoconsolas y también tienes que hacer
ejercicio con las manos.
Ahora voy a meterme este enorme trozo de plástico, pero antes le pediré
a mi vecina si quiere que lo compartamos.
Sí, ya desde niña me gustaba compartir mis juguetes,
eso es algo que me inculcaron en la guardería.
Mi vecina es una muchacha alta, morena, de pelo
negro y un par de tetas que cortan la respiración.
Jóvenos globos tiene, son blanditos y esponjosos,
y no como esos pechos de silicona duros y acartonados.
Además, no tengo que avisarla
por teléfono ni ir a buscarla, porque esa pequeña zorrita está aquí, a mi lado, tocándose por encima
de las bragas.
Me está poniendo muy, pero que muy cachonda.
Sí, es cierto, me gustan los hombres,
pero también el sexo y a falta de pan, buenas son las tortas y el tortilleo.
Mi vecina y yo nos llevamos
muy bien, jugamos entre nosotras y no nos comprometemos a nada.
Después de haber gozado,
nos vamos cada una a nuestra casa y hasta la próxima vez.
Hoy le tengo preparada una grata sorpresa,
tengo en la nevera una cacerola inmensa repleta de nata de pastelería.
Es suficiente como para
embadurnarnos y todavía sobra para el almuerzo de mañana.
Mi amiga es tan golosa que cuando le
menciono la palabra nata se le abren los ojos y también se le abren las piernas.
Lo he dispuesto todo en el comedor para el revolcón.
Ella está impaciente, así que no se ha hecho de
rogar y ha empezado a quitarse la ropa.
Está muy caliente, tanto como yo en estos instantes.
Al ver
la cacerola rebosante de nata ya sabe a qué vamos a jugar.
No tengo que decirle nada, por lo que me
tomo encima de la mesa con la mirada fija en el techo, dispuesta a todo, incluso a que me introduzca
mi enorme vibrador por el culo.
Ella me levanta las piernas y me las dobla, me quita los zapatos,
me sube la falda y me quita las bragas, me separa los mulos y me moja el coña con saliva.
Mi amiga
unta uno de sus dedos con nata fría y separa con la otra mano mis labios mayores para cubrir toda
la raja.
Luego introduce el dedo poco a poco, mientras siento la frialdad de esa sustancia espumosa
en mi interior.
¡Qué fresquito!
Ahora que estoy jadeando de placer, mi vecina se inclina sobre mi
rostro y me besa apasionadamente en la boca.
Introduce la mano en la cacerola y agarra un buen
puñado de nata para extenderlo sobre mis pechos, mi ombligo y el monte de venos.
Tengo el chocho
impregnado de nata que poco a poco se va derritiendo dada la temperatura de la zona.
Los pelos de mi pubis están blancos y pringosos.
Ella me los va a limpiar con su lengua, la pasa
por arriba y por abajo como si se tratara de un cepillo para la ropa y cuando llega el clítoris
se entretiene con él.
¡Sí!
¡Cómo me gusta lo que estás haciendo!
Para que veas que no soy ninguna
desagradecida, voy a devolverte esa comida de coño tan tórrida.
Ella me sonríe mientras acaba
de quitarse el sujetador y se echa sobre la mesa.
Está completamente desnuda, sin nada y muy cachonda
porque tiene los pezones en punta como si fueran de piedra, casi casi pinchan y todo.
Se los muerdo
hasta que se ponen morados.
Mientras le acaricio con la mano izquierda, los pechos con la derecha
agarro el super vibrador y lo hunto de nata.
Sí, así se lo introduzco bien adentro.
Tiene los ojos
en blanco, eso es que le gusta.
Gime, gime, mientras te meto esto, pero estáte quieta,
deja de moverte, que cada vez que te penetro, has de cerrar las piernas, así no voy a poder
follarte bien.
Me pondré de cuclillas sobre tu boca y me lo comerás mientras te doy con el vibrador.
Ah, que bien lames.
Sí, toma.
Bien adentro.
Para que no te quejes.
Sí, así sigue chupándomelo.
Cacochunda, me pones.
Sí, me pones a cien.
Cómo te gustan los coños, cómo te gusta que te metan cosas.
Y qué lengua tienes.
Tendremos que parar.
Estoy toda sudada y todavía hace calor para
ciertos juegos.
En cuanto a la nata, lo voy a guardar rápidamente en la nevera, no sea que se
estropee.
Así podemos jugar con ella otro día.