Relatos Hablados

Compañeras de piso y de cama

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Julia, mi compañera de piso, me pilló masturbándome con una revista porno gay que había encontrado y me había puesto muy cachonda. La cuestión es que acabamos las dos revolcándonos desnudas y sin ningún tapujo le puse los cuenos a mi novio con ella.

Julia, mi compañera de piso, me pilló masturbándome con una revista porno gay que había encontrado y me había puesto muy cachonda

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Voz por BellaPerrix
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Soy Susana y hace un par de años me casé con Francisco, mi primer amor y el novio de toda la vida. Durante nuestro noviazgo mi esposo estuvo cinco años fuera del pueblo para estudiar veterinaria y cuando por fin consiguió el título y regresó entonces hice las maletas y me fui para aprender la misma carrera ya que íbamos a vivir juntos.

¿Por qué no podíamos trabajar también juntos? A mis padres no les falta el dinero con lo que no tuve que buscarme un trabajo basura al instalarme en la ciudad.

Pude dedicarme en exclusiva a clavar los codos sobre la mesa, aprender y sacar buenas notas. Alquilé una habitación en un piso de estudiantes donde vivían tres chicas.

En aquellos días sólo pensaba en mis estudios y en Francisco y no perdía el tiempo en ir de fiesta como mucho me iba al cine y casi siempre sola.

Mi vida social podía calificarse con una nota de suspenso y en cuanto a la sexual pues un cero patatero. No me relacionaba con los chicos salvo para intercambiar cuatro frases o cuatro apuntes.

Una no es de piedra y pasaba auténtica hambre tanta que cuando regresaba al pueblo en las vacaciones de navidad, semana santa y verano, dejaba exhausto al pobre Francisco.

Durante esas fiestas me hartaba de hacer el amor y saciaba mi apetito momentáneamente pues a las dos semanas de estar en la ciudad ya notaba su ausencia.

Por fortuna me quedaba el consuelo de guardar aquellos maravillosos revolcones en la memoria para recordarlos durante mis desahogos solitarios.

No pienses que no estuve tentada en ponerle los cuernos pero una es una romántica, una antigua y también una tonta. Cierta tarde cuando estaba en la pensión me encontré unas cuantas revistas de temática gay esparcidas por la mesa de la salita.

Sus páginas estaban llenas de tíos desnudos mostrando su pene directo y jugando con otros hombres. La visión de aquellos cuerpos aquellos miembros y aquellos juegos me puso muy pero que muy cachonda.

Tanto que las cogí me las llevé a la habitación para mirarlas mejor y tocarme de paso. Me quité casi toda la ropa tan sólo me quedé con las prendas más íntimas y me tiré sobre la cama para deleitarme con todas aquellas fotografías obscenas.

Aquellos tipos estaban buenísimos y mi calentura fue en aumento. Metí la mano dentro de mis bragas para jugar con los pelos del pubis y acarizarme el clítoris.

Me estaba masturbando cuando entró Julia, una de las compañeras de piso. Me pilló con las manos en la masa y en los pelos y yo enrojecí de vergüenza.

Quería preguntarte si habías visto un montón de revistas de hombres desnudos pero veo que sí. Me dijo mientras su mirada no se apartaba de mis pechos erectos por la excitación.

Se acercó poco a poco y clavó sus pupilas en la zona más oscura de mis bragas. Al que ver lo peludo que lo tienes. Me comentó con una sonrisa en los labios.

Se puso frente a mí y sin decirme nada cogió las revistas que estaban sobre la cama y las tiró al suelo. Luego se sentó a mi lado para acercarse a mí de forma insinuante.

Julia por favor no te acerques tanto. Le pedí con tanto de nerviosismo. Ella no me hizo caso y arrimó su mejilla a la mía y colocó su mano encima de mis muslos.

Aquellos tocamientos me hubieran repugnado en cualquier otra ocasión pero estaba tan excitada que se lo permití con la curiosidad de ver hasta dónde era capaz de llegar.

Sus dedos fueron avanzando por mi pierna hasta llegar hasta los labios mayores y menores de mi vagina. Como quien calla asiente no abrí la boca.

Mi compañera, envalentonada por mi silencio, empezó a jugar con mi almeja. En ese momento decidí pasar a la acción con lo que empecé a desabrocharle el pantalón sin que ofreciera resistencia.

Después hice otro tanto con su blusa y acabé por quitarle las bragas y el sostén. Ella tampoco se había quedado quieta pues me había despojado de los pocos centímetros de tela que cubrían mis zonas más íntimas.

Nos abrazamos completamente desnudas, piel contra piel y nos besamos en los labios con dulzura y pasión. Julia era más baja que yo, de complexión pequeña pero con un cuerpo muy bien proporcionado y unos pechos más grandes y redondos que los míos, si bien aún no los tenía tan tiesos y duros.

Por favor no sigas que luego nos arrepentiremos. Intenté convencerla para que las cosas no fuera más pero por suerte para ambas ya no había marcha atrás.

No me hizo caso y aceleró sus caricias. Me excitaba sentir el contacto de sus dedos en mi cintura, mi vientre y mi sexo y aún me ponían más atonosos besos en mis pezones.

Caí de rodillas sobre sus muslos y hundí la boca en su sexo. Su sabor era agradable y estimulante y olía hembra. Lo lami suavemente y acabé introduciendo la lengua en el interior.

Julia se removió inquieta, era obvio que le estaba gustando. De hecho nos gustaba a ambas poco a poco. Fue moviendo el culo hasta arrimar los labios vaginales a mis dientes.

Me corro, me corro, gritaba ella mientras no paraba de culear como una perra en celo. Al final puso los ojos en blanco y cerró las piernas presionándome la cabeza y aplastándome las orejas hasta dejármelas tan rojas como un par de pimientos.

Me hacía daño y aún así no paraba de lamer y lamer y ella está, no sé, tan excitada que tampoco paraba de gemir y gemir. Cuando alcanzó el orgasmo Julia me retiró la cabeza de su triángulo negro y velludo.

¿Qué quieres que haga por ti? me preguntó. Hazme una paja, le respondí. Me abrí de piernas, le cogí la mano y la acerqué a mi raja. Introdujo los dedos y jugó con mi clítoris.

Luego posó la palma de su mano en la abertura y empezó a moverla. Le imprimió un ritmo candencioso y excitante como si fuera mecánica y funcionara corriente.

Pronto me puso a cien, tenía los pezones erectos y la cara colorada enrojecida, sudorosa, ardiendo, como si el sol se encontrara a un palmo de mi nariz.

Aquella mano sabía masturbarme mucho mejor que la mía. Julia era toda una experta en el autoratismo. Sigue, sigue, le pedía mientras ella me lamía las tetas.

Mis toqueteos solitarios no se podían comparar con lo que aquella mujer me estaba haciendo. El orgasmo ya se avicinaba y yo intentaba reprimirme para saborear mejor aquellos instantes.

No pude contenerme más y gemí como nunca antes lo había hecho, mucho más que cuando hago el amor con Francisco. La mano de mi amiga continuó durante un buen rato en la misma posición.

Ya te puedes imaginar que repetimos la sesión muchas otras veces y que nos hicimos dos grandes amigas y que acabamos compartiendo la cama y el dormitorio cuando otra estudiante se instaló en el piso.

Después de casarme continué la amistad con ella. Vine a visitarme al pueblo muy a menudo y cuando mi marido ha de ausentarse para realizar alguna visita, aprovechamos la ocasión para rememorar los tiempos de la universidad.

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