Relatos Hablados

Una provocadora lésbica

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Lo siento chicos, no soy bisexual, soy 100% lesbiana, pero lesbiana de las que están buenas, de las que se cuidan, de las que son femeninas. Resulta que la semana pasada conocí en un local de ambiente a una chica llamada Ana y con la cual, debido a la calentura que llevábamos, me lo monté allí mismo, delante de todos, ¡menudo espectáculo dimos!

Lo siento chicos, no soy bisexual, soy 100% lesbiana, pero lesbiana de las que están buenas, de las que se cuidan, de las que son femeninas

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Voz por BellaPerrix
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Me gustan las mujeres. A la mayoría de los hombres le gustan las mujeres. Vaya novedad. Pero es que yo soy una mujer. Una de esas que calienta motores cuando piensa en chicas.

No es que tenga manía a los tíos, ni tampoco me dan asco. Simplemente no me dan ni frío ni calor, ni funefa. Vamos, que no me ponen. Vale, vale.

Ya sé lo que estás pensando. Que nunca he topado con un tío hecho y derecho. Eso es un tópico al que recurren muchos hombres, cuya fantasía sexual es llevarse a la cama una de nosotras, a quien no le gustaría redimir a una lesbiana.

Seguro que te encantaría hacerme el amor para que luego te dijera, Oh, cariño, antes de conocerte me gustaban las mujeres, pero ahora me gustas tú.

¡Qué macho eres! A mí me gustan las mujeres y no voy a cambiar. Me gustan desde siempre, desde que tengo uso de razón. Aunque no me atreví a dar el paso hasta que no cumplí los 20.

Al principio negué mis inclinaciones homosexuales y salí con varios chicos. Incluso hice el amor con alguno de ellos y gocé todo lo que se puede gozar una mujer con un hombre.

Sin embargo, nunca fui tan feliz como la primera vez que lo hice con una mujer. Como no tengo pareja estable, suelo ir a ligar a uno de esos bares de ambiente en los que no dejan entrar a tíos.

Allí conocí la semana pasada a una chica que se llamaba Ana. Era alta, morena, de piel blanca y unos labios gruesos y rojos que decían bésame.

Tenía un cuerpo increíble, unas piernas largas y esbeldas, un culo muy tentador y un par de pechos pequeños, pero muy apetecibles. Se encontraba al final de la barra tomándose un whisky.

Debía de ser el tercero porque tenía los ojos bastante rojos, aunque también podía ser por culpa del humo del tabaco, pues el ambiente estaba bastante cargado.

De todos modos, la muchacha estaba bastante alegre y muy predispuesta a pasar un rato en compañía de otra fémina. Pronto nos sentamos en el rincón más oscuro del bar.

Allí puedes montártelo de forma discreta, sin dar demasiado el espectáculo. Empezamos con un beso de tornillo. Juntamos nuestros labios, abrimos nuestras bocas y nos tragamos la lengua de la otra.

Aquel morreo me encendió como una cerilla. Mis manos explotaron y exploraron su cuerpo como si fueran dos legiones de hormigas en busca de un terrón de azúcar.

No dejaron un solo centímetro de su blusa o de su falda sin inspeccionar. Iban de un lado al otro y luego volvían a pasar por el mismo sitio.

Qué cuerpo tenía, sin un centímetro de grasa, como el de una modelo de 18 años. Era todo mío. Ella empezó a desabrocharme los botones de la blusa y yo le dejé hacer.

Tenía las manos frías, congeladas, pero me daba igual. Estaba deseando que me metiera mano, que me tocara las tetas, que me las liberara del sujetador y jugara con ellas.

Cerró los ojos y me concentré en sentir sus dedos, cogiendome los pezones. Con estos tocamientos consiguió ponérmelos duros. Yo por mi parte tampoco había perdido el tiempo.

Le había desabrochado la blusa y extraído sus tetas. Las tenía pequeñas y puntiagudas como las de una quinceañera. A que par de torciniños de cielo me daban mucho morbo.

Le pegué un muerdisco al derecho y me lo metí por completo en la boca. Era dulce, suave, tierno, delicioso. Ella gemía y suspiraba. Le gustaba que le comieran el pecho.

Luego hice lo mismo con el izquierdo. La chica estaba fuera de sí, completamente excitada, sin cortarse ni un pelo. Puso su mano entre mis piernas.

Me bajó la cremallera del pantalón y la introdujo. Estuvo acariciándome a mis bragas hasta que se abrió paso por ellas para llegar a los pelos del pubis.

Parecía un chiste, pero tenía la raja el rojo vivo. Jugo con los pelos durante un instante y me arrancó un buen manojo. Aquella mujer quería depilarme sincera.

No me quejé, pues aquel acto de sadismo me calentaba aún más. Mientras ella arrancaba trocitos de pelo, de ese campo carnoso, húmedo y ardiente, yo posaba mi mano derecha en su rodilla y recorría su muslo.

Tenía una pierna fina, delgada, suave y mullida, a pesar de que se le marcara el hueso. Después de acariciar el muslo subí un poco más hasta alcanzar la goma elástica de sus bragas.

La estiré para poder colar la mano y tocarle el conejito. Menuda mata de pelo tenía, tan reizado y duro que casi pinchaba. La entrada de su vagina estaba mojada y ahorita hinchada.

Era toda una invitación. Introduje uno de mis dedos en aquella apertura carnosa y ella suelto un pequeño grito. ¿Te he hecho daño? Le pregunté.

No digas tonterías. Me contestó con una amplia sonrisa. Su de sigue, pero no me metas uno solo. Méteme más. Toda la mano. Me suplico. Yo, como no soy una chica bastante obediente, le hice caso y le introduje dos y tres dedos.

Los fui metiendo y sacando, metiendo y sacando. Ella ponía los ojos en blanco y permanecía inmóvil. No jugaba conmigo. Se mostraba pasiva y cachonda.

Yo seguía masturbándola cuando noté cómo metía su mano por mi pantalón y me volpaba el trasero. Agarró con firmeza una de mis nalgas y apretó la mano como si quisiera comprimir un puñado de arena.

¡Qué apretón más delicioso! Luego empezó a buscar el orificio y cuando lo encontró introdujo uno de sus dedos. A mí no me gusta demasiado que me metan el dedo ahí, pero a ella le hacía tanta ilusión que le dejé hacer.

Ya se cansaría. Después de explorar mi esfinta durante unos segundos sacó la mano del culo y la volvió a poner sobre mi pubis. Hizo lo mismo.

Cogió el monte de venos y lo apretó como antes. Después avanzó hasta encontrar el capuchón del clítoris y lo bajó hasta dar con él, que estaba completamente directo.

Lo cogió entre los dedos y jugó con él. No pude contenerme y empecé a gemir cada vez más fuerte. Sin importarme para nada que pudieran oírme.

A ella sí que le importó y para ahogar mis gemidos me dio un morreo en toda regla. Enseguida me di cuenta de que estábamos dando el espectáculo y no paraban de mirarnos, que aquella no era la forma correcta de comportarse en un local público.

Aunque el local fuera un garrito de lesbianas, donde suelen suceder este tipo de cosas. Nosotras no nos cortamos ni un pelo y seguimos al nuestro.

Nos estuvimos magreando durante un buen rato hasta corrernos varias veces. Y luego la dueña del bar dijo que iba a cerrar. Yo le dije que venir a mi casa, que podíamos seguir allí.

Ella me respondió que no, que estaba cansada, que debía irse a dormir y que ya nos veríamos otro día. Espero que así sea. Mañana hace una semana que la conocí y mañana volveré a ir a ese local de lesbianas. Como la encuentre, esta vez no se me escapa. Lleva siendo hora de que viva en pareja.

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