Relatos Hablados

La vecina pide más que un poco de azúcar

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Tenía ganas de montármelo con una tía, por eso decidí meterle caña a Charo, mi vecina. Conseguí ponerla cachonda con mis travesuras y artimañas, hasta que una noche llamó a la puerta y a los cinco minutos estábamos haciendo un 69...

Tenía ganas de montármelo con una tía, por eso decidí meterle caña a Charo, mi vecina

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Voz por BellaPerrix
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Tengo 25 años y estoy muy bien, al menos eso opinan mis amigos. Mis pechos son grandes y firmes y mis pezones siempre están erectos. Hasta no hace mucho era una heterosexual convencida y nunca había hecho el amor con una fémina, aunque tenía cierta curiosidad por saber qué tipo de placer podía proporcionarme una mujer.

Lo cierto es que soy bisexual, aunque hasta hace poco lo había ignorado. Pude saber de mi bisexualidad hace un par de meses cuando cambié de domicilio.

Me mudé a la zona alta de la ciudad. En el piso de al lado vió una chica llamada Charo. Es alta, rubia, de pechos pequeños y tan firmes como los míos y unos labios de patito, con una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida.

En la actualidad hago el amor con ella todas horas y no me cuestiono en absoluto mi nueva sexualidad. Reconozco que todavía me van los tíos, pero por Charo siento algo que no había sentido por ninguno de mis ex novios.

¿Me estaré enamorando de ella? Nuestra relación empezó de la manera más tonta. La ventana de mi dormitorio anda justamente enfrente de su alcoba.

Un domingo, justo después de levantarme, miré por la ventana y la vi. Pensé en lo bonita que es y no sé qué debió pasar por mi cabeza que empecé a ponerme cachonda.

Abrí las cortinas de par en par y me desprendí del pijama para liberar mis tetas y quedarme en bragas. Pieza de ropa que no tardé en quitarme también.

Me froté entre las piernas y empecé a masturbarme, como si no me diera cuenta de que ella me estaba mirando y de que sus ojos se clavaban en mi sexo.

Me observaba sin ningún tipo de disimulo y eso me ponía todavía más caliente. Me exhibí durante cinco minutos y luego, un poco avergonzada, cerré de nuevo las cortinas, repintiéndome de lo que había hecho.

Me olvidé del asunto, me puse una bata y me fui a la cocina para prepararme el desayuno. Estaba calentándome la leche cuando llamaron a la puerta.

Abrí y me encontré con Charo, sonriendo como solo ella sabe hacerlo. Se había puesto unos pantalones muy ajustados y un jersey muy ceñido, con lo que se podía adivinar lo que había debajo.

La invité a pasar y le ofreció un café con leche. Nos sentamos en el sofá y nos contamos nuestras vidas. Charo reconoció que me había visto por la ventana y que mi cuerpo la había excitado.

Yo enrojecí de vergüenza. De pronto se quitó el jersey, con lo que pude contemplar sus pechos, que como ya he dicho, no son muy grandes pero están muy bien.

Después se bajó el pantalón y con mucha convicción me pidió que le quitará las bragas. Me acerqué a ella y la obedecí. En esos instantes perdí el control, me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas y empecé a comerle el sexo, algo que no había hecho anteriormente.

Mis labios besaban sus labios vaginales y mis manos se posaban en sus murlos para obligarla a abrirse más. Mi lengua la penetraba como si fuera un pequeño pene, entrando y saliendo y percibiendo el sabor de sus jugos.

Estaba fuera de mí cuando introduje tres dedos en su raja y la misu clítoris hasta hacerla gemir de placer. Mientras jadeaba Charo me abrió la bata y me chupó los pezones para acabar con un 69 muy lúbrico.

Me encantaba su conejito, no podía parar de comérselo. Estaba al lame que te lame cuando ella me pidió que le introdujera los dedos por detrás y le diera unas cuantas palmaditas en el pompis.

La obedecí en todo, por lo que le practiqué un beso negro que nos puso a ambas a cien. Eso sí, le lame, chupé, besé e incluso mordí su agujerito, pero sin descuidarme un solo momento de aclariciarle el sexo o las tetas, ya que las tenía tan duras como las mías.

Nos revolcamos por el suelo y tal era la temperatura de nuestros cuerpos que no cogimos frío a pesar de que las baldosas estaban heladas. Nos besamos y acariciamos como si fuéramos amantes con la misma pasión que dos colegialas que acaban de descubrir su propio cuerpo.

Le lame las mejillas, la besé en la boca, sus labios de patitos se pegaron a los míos como si fueran un par de ventosas, mientras nuestras lenguas luchaban en un combate sexual.

Estábamos en pleno morreo cuando Charo se levantó y me dijo ahora vengo. Se vistió, se fue y me quedé un poco consternada, sin saber cómo reaccionar.

Regresó en cinco minutos con una bolsa de plástico que contenía, ya puedes imaginártelo, un consolador enorme. Coloqué las rodillas y las palmas de la mano sobre el suelo y me puse a cuatro patas, con el culo en pompa y de espaldas a ella, mostrándole mi hermoso trasero y ofreciéndole la raja.

Esperaba que me penetrara vaginalmente con aquel juguete, pero no fue así. Ensalivó mi ano dulcemente con la lengua y lo dejó pringoso de saliva y bien lubrificado.

Colocó el consolador en la diana y presionó hasta introducirlo por completo. Pensé que iba a desmayarme. Nunca antes había sentido aquella sensación tan placentera, esa peculiar mezcla de dolor y placer.

No era la primera vez que tomaba por detrás, aunque nunca con algo tan grueso. Mientras ella movía rítmicamente aquel trozo de plástico en mi recto, yo me separaba los labios de la vagina y me acariciaba el clitoris, que estaba en plena erección.

Estaba tan mojado que podía haberme metido el puño entero por delante y de hecho me faltó poco para conseguirlo. Introduje media mano dentro, casi casi hasta la muñeca.

Charo se percató de lo que estaba haciendo y empezó a besarme el coño como si se tratara de un perrito faldero. Aproveché ese instante para extraerme el consolador.

A pesar de haber permanecido en lo más hondo de mi trasero, salió completamente limpio, por lo cual no tuve ningún reparo en introducírselo en plena raja.

Se lo clavé con violencia y lujuria y lo moví hasta que ella me suplicó que parara. Así estuvimos casi toda la mañana del domingo y habríamos seguido, si no fuera porque teníamos hambre y si nos hacía tarde, pues habíamos quedado con nuestros respectivos amigos para comer.

Nos fuimos al baño, nos duchamos y mientras nos japonábamos, nuestras bocas y lenguas no se despegaron ni un solo instante. Nos gustó tanto la experiencia que quedamos esa misma noche para dormir.

De hecho, ya hace un par de meses y durante todo este tiempo, unas noches las pasamos en mi casa y otras en la suya. Estamos tanto tiempo juntas que nos hemos replanteado compartir uno de los dos apartamentos. Es una tontería que paguemos dos casas cuando prácticamente vivimos en una.

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