Relatos Hablados

Lesbiguarras

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Soy como Zerolo pero a la inversa. Soy lesbiana, o mejor dicho, lesbiguarra, y mi amiga Francisca y yo exploramos todas las posibilidades que esta sexualidad nos ofrece. Sí, nos lo pasamos de vicio, ¿queréis saber cómo? Escuchad entonces este relato.

Soy como Zerolo pero a la inversa

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Voz por BellaPerrix
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Mi amiga Francisca y yo lo tenemos todo para ser felices. Ambas gozamos de un buen sueldo, lo que nos permite vivir bien y no privarnos de ningún lujo ni capricho.

También disponemos de mucho tiempo libre para estudiar idiomas, ir al gimnasio y llevar a cabo todo tipo de actividades lúdicas. Pero todo esto no es nada.

Lo más importante en nuestras vidas es que nos tenemos la una a la otra. Somos lesbianas y el ejemplo más palpable de que el amor no entiende de sexos ni del instinto de reproducción de la especie.

Unas nacen para tener hijos y otras, como nosotras, para ser felices amando. El amor se siente con el alma y con el corazón y no con la cabeza o con los genitales.

Mucha gente nos juzga mal por el hecho de ser lesbianas, pero a nosotras no nos importa. Si hablan mal, que hablen. Lo único cierto es que nos deseamos a unos niveles casi casi de novela rosa, culebrón o película clasificada X.

Cualquier momento del día es idóneo para demostrarnos físicamente lo que sentimos la una por la otra. Y por ese motivo no nos escondemos para besarnos, tocarnos y acariciarnos.

Hacemos el amor como solo las mujeres saben hacerlo entre ellas. Y aprovechamos instantes en que estamos en casa para desprendernos de la ropa y revolcarnos por el sofá o por la cama.

El lugar es indistinto si hay feeling. El domingo solemos levantarnos muy tarde, con lo que decidimos no comer demasiado para no juntar el almuerzo con la comida.

Eso sí, a media mañana y con el estómago vacío nos apetece tomarnos un aperitivo, como si se tratara de un pequeño anticipo alimenticio de los platos que nos aguardan al mediodía.

Sí, bueno, las patatas fritas, las latas de almejas, navajas y berberechos, los cacahuetes y una copa de vermut son caprichitos que están muy bien, pero nosotras tenemos otra idea muy diferente de lo que es un buen aperitivo.

Para Francisca y para mí es un adelanto de la fogosa tarde y noche que nos aguarda. Es el primer polvo del domingo y aunque durante la noche anterior nos hayamos dado un lote hasta hartarnos, no tardamos demasiado en ponernos a tono.

Yo, que soy la mayor de la pareja, tomo la iniciativa y con toda picardía le ofrezco un buen trago de vermut casero a Francisca. Se desobras que esa bebida se le sube la cabeza enseguida y cuando termina empieza a marearse.

También se pone muy cachonda. Cuando está contentilla, justo en esa fase mental que está entre la euforia y la borrachera, le da por tocarse, por frotarse entre las piernas hasta que su clítoris enrojece y se hincha pidiendo unos buenos lametones.

Yo, que soy muy compasiva, viéndola en ese estado de lujuria y excitación, hundo mi cara entre sus muslos y se lo como a conciencia. Le lamo los labios vaginales y el clítoris e introduzco la lengua hasta que siento cómo está a punto de salir disparada de mi boca.

Cuando la penetro de ese modo, ella hincha el pecho y contiene la respiración. Su almeja se abre como si estuviera el vapor y tras unos pocos lenguetazos alcanza un violento orgasmo.

Está más salida que una niña explorando su cuerpo y masturbándose por primera vez. Ella me pide y me implora con la boca llena de saliva que la joda bien jodida, que la haga mía, que la penetre con la mano y que le introduzca lo primero que encuentre con forma fálica.

Bapea como una perra feidera al ver a su ama y sus ojos se ponen en blanco cuando le muestro un enorme doble consolador de látex que tengo para estas ocasiones.

Para ponerse más cardíaca se lo introduce bruscamente y lo empuja hacia dentro con el pie sin dejar de comerme mi sabroso conejo negro y peludo.

Sigue así hasta el fondo. No pares. Si rompe el coño me grita como si estuviera a punto de perder el conocimiento. Cuando ya tiene medio consolador introducido hasta tocar el principio del útero, entonces es cuando decido meterme la otra mitad.

Me abro de piernas frente a ella y sin perder el tiempo me lo incrusto en el coño hasta que nuestras nalgas se tocan. Lo mejor de estos descomunales penes de látex es que apenas hay que utilizar las manos por lo que se meneen por el interior de la vagina, ya que el movimiento de una hace que se desplace por el interior de la otra y viceversa.

Es como si estuviéramos siendo penetradas por un hombre cada una o nos folláramos la una a la otra recíprocamente. Sea como fuere, cada una de nosotras se está metiendo el cacharro tan adentro que nuestros labios vaginales no solo se rozan sino que hasta se dan besitos.

La ventaja de dicho artilugio de sex shop es que a diferencia de los de verdad no se arrugan nunca, no se deshinchan, siempre están erectos y lo más importante, ni manchan ni producen embarazos no deseados.

Mientras tenemos esos 25 centímetros de látex en nuestro interior cambiamos de postura y nuestros cuerpos rotan sobre sí mismos. Los orgasmos se suceden como los números de un sorteo de la lotería, gadeamos, gemimos, irritamos e incluso rebotnamos como burros en celo.

No lo pasamos de muerte y a pesar de que tenemos metido ese trozo de goma aprovechamos la calentura para jugar con el clítoris de la compañera.

Yo le toco el suyo y ella el mío. Sí, llega, llega el momento en que Francisca ya no puede seguirme al ritmo. A mí me cuesta más que darme satisfecha.

Entonces se saca el consolador, se incorpora y se dispone a hacerme gozar. Para ello me mete por delante y por detrás, al mismo tiempo los dos extremos de ese descomunal consolador.

Es una doble penetración en toda regla. Me llena los dos agujeros y me tiemblan hasta las piernas. Ella aprovecha para morderme los pezones de los que salen chispas.

Esto es lo que nosotras llamamos un aperitivo sexual. Pero por hoy ya está bien. Otro día te explicamos lo que nosotras consideramos hacer el amor hasta quedar agotadas.

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