Hace un par de semanas bajaron tanto las temperaturas por la noche que no tenía
ni ganas de ir de marcha.
Me quedaba en la cama viendo la televisión y tapada
hasta las orejas.
Pasaba tanto frío que me enroscaba en la manta y me quedaba
frita, durmiendo como un hámster con la boca llena de pipas.
Para huir del frío
cerraba los ojos y me imaginaba en una playa paradisíaca y en pleno mes de
agosto.
Como me gustaría ahora tomar el sol
completamente desnuda y notar como los granos de arena se clavan en mi culo y
se adhieren a los labios de mi raja.
Lo que daría ahora mismo por sentir esa tierra caliente y pegajosa enganchada a
mi espalda, a mis piernas, a mi trasero y en mis agujeros más íntimos.
Ya me pongo cachonda con solo pensarlo.
Si tuviera dinero me iría a una de esas
playas de postal, a una de esas islas del pacífico a las que tan solo pueden
viajar los millonarios.
Me pondría como una gamba con tanto tomar el sol
completamente desnuda y para acamar mi apetito sexual echaría mano de alguna
fruta tropical.
Un buen plátano apagaría mi fuego.
Me encantaría toquetear una
buena banana, una de esas largas y gordas.
Jugaría con ella y la pelaría para
llevármela a la boca y drogármela.
¡Qué rica!
La chuparía como si fuera una polla dulce y jugosa.
Me encanta el sabor de los plátanos.
Yo prefiero los verdes a los maduros.
Los
verdes porque son más sólidos, más duros y consistentes y no se rompen con
tanta facilidad.
Además, ¿quién te ha dicho a ti que lo que quiero para
alimentar mi tripa y no es para saciar mi apetito sexual?
Un buen plátano y una
mano incansable hacen milagros, pero a pesar de todo lo que puedes llegar a
gozar con esa fruta clavada en plena diana, es mucho más divertido tener
entre las piernas un pene auténtico.
De verdad, vamos, de carne y hueso.
Lo quedaría yo por un buen miembro.
Ahora mismo cierro los ojos y respiro
profundamente.
Me imagino que estoy en una playa solitaria, estirada sobre la
arena y desnuda.
No estoy sola.
Por ahí viene un chico.
Vaya, es bastante alto y
muy guapo.
Seguro que no le importaría pasar un rato agradable.
Francamente, ¿qué hombre se niega a una chica?
¿Y quién niega su plátano para
jugar un rato?
Se lo voy a pedir con educación.
Por favor, ¿le importaría a
bajarse los pantalones y sacarse el pene para que se lo pueda chupar?
Qué silencio.
El tipo no reacciona.
No acaba de entenderme.
¿Se cree que se lo
he dicho en broma?
Le estoy dando la espalda.
Me pongo a cuatro patas.
Le muestro
el culo y me abro bien de piernas para que vea lo húmeda que estoy.
A un
trasero como el mío sobran las palabras.
Vaya, ni por esas.
Se ha quedado
pasmado.
Quieto como un pasmarote.
El muchacho se siente cohibido ante una
proposición tan indecente y no se atreve a dar el paso.
Pues no sé qué.
¿A qué
espera?
Es una invitación en toda regla.
Si mi improvisado semental se corta,
entonces tendré que insistirle y bajarle yo misma la cremallera del
pantalón para sacársela fuera.
Qué gorda.
Larga y la nuda la tiene.
Se la cojo, la vuelo, la lamo.
Froto la puntita con mis labios, la ensalivo y la meto en la boca.
Cómo me gusta comer una buena polla.
Debe de ser afrodisíaca porque me estoy
poniendo muy cachonda.
Tengo los pezones erectos y el chichi goteando como un polo
sobre una estufa.
Venga, ¿qué esperas?
Hazme tuya.
Introdúcela en mi raja.
No voy a pedirle permiso, así que se la agarro y me la
hundo entre las piernas.
Qué bien, ya va entrando poco a poco.
Como es bastante gruesa, duele.
Pero me da igual porque me gusta sentir como se
abre paso a lo bestia.
Qué placer, me da notar toda esa carne creciendo en mi
vagina.
Ahora me la he introducido toda.
Métela y sácala cada vez más rápido.
Sin parar.
Si sigues con este ritmo no tardaré demasiado en encasar el clímax.
Así, así.
No pares.
¿Lo ves?
Ya me he corrido.
Tú sigue empujando, cariño, que yo me voy a
acariciar los pechos.
Qué gordos y erectos se me están poniendo.
Sigo
metiéndola toda, que ahora me voy a tocar el sexo.
Está el rojo vivo.
Aprovecho que tengo al muchacho debajo para hacer unos movimientos de rotación
y así conseguir frotar el clítoris contra su pubis.
Creo que me voy a correr otra vez.
¿Eh, tú?
No te pares.
Sigue dándole.
Continúa perforándome hasta que
encuentres petróleo.
Estoy encima del muchacho cabalgando sobre su miembro y él
nos está quieto.
No sé quién de los dos está beneficiando a quién.
Yo me muevo
y él se mueve y los dos nos acoplamos a la perfección.
Tengo una silla de montar debajo de mi culo que me saca los colores de las
mejillas.
Es un asiento de carne caliente, ideal para combatir el frío de las
noches invernales.
Sí, qué gusto me das sin vergüenza.
Qué corta y dura la tienes.
Sigue clavándola y empuja bien fuerte, que
quiero que me atravieses con ella.
Este tipo posee una buena herramienta.
Qué
aparato capaz de satisfacer a una hembra tan ardiente y fogosa como yo.
Sería el hombre perfecto si no fuera porque es tan cortito.
Pero no te pares.
Introduce la, muévete, no dejes de moverte.
¿Cómo?
¿Que ya está?
¿Ya te has corrido?
Tan pronto.
Has vertido todo tu néctar en mi interior y no me has avisado.
Yo
quería que me salpicaras, que me pringaras, que esparcieras toda tu leche
sobre mi vientre.
Pero bueno, ¿qué le vamos a hacer?
Tú no eres un robot, eres
humano y no hay cosas que cuestan de controlar.
¿Podemos seguir?
¿Te apetece
otro revolcón?
¿Qué dices?
¿Que vas?
¿Que te vas?
¿Y que me dejas sola en la
playa?
¿Que tienes prisa?
¡Oh vaya qué fastidio!
Cuando una mejor se lo estaba
pasando.
El muchacho se sube los pantalones, se viste, me da la espalda y se
marcha sin decirme nada.
Será desgraciado.
No me he dado ni las gracias, ni su
número de teléfono para que le llame algún día.
¿Qué?
¿Te ha gustado mi historia?
¿A que te has creído que estaba en la playa?
Pues
no.
Estoy en mi dormitorio.
Ya te he dicho antes que me encontraba en la cama,
topada con una manta y bastante caliente, casi, casi sudando.
Si me he imaginado lo
de la playa paradisíaca, lo del muchacho y lo del revolcón, todo ha sido mentira,
menos lo de los orgasmos.
No he hecho el amor con un chico, sino conmigo misma.
He
cerrado los ojos y me he introducido los dedos.
Me he estado tocando mientras
dejaba volar mi imaginación.
Está bien eso de fantasear mientras te masturbas.
¿Tú no tienes fantasías eróticas?
Pues yo sí.
Me gusta revolcarme con un
tipo en la arena y también me apetecería montármelo en una sauna.
Si quieres,
te explico lo emocionante que es estar con un hombre en una calurosa habitación
revestida de madera repleta de vapor.
¿Te gustaría probarlo?
Pues te lo cuento otro
día.
Ahora tengo sueño y necesito dormir.