Tengo una personalidad más bien inquieta.
Me aburro con facilidad de las cosas.
Soy enemiga jurada de la rutina.
Por eso supongo yo que he tenido tantos novios y he cambiado tanto de trabajo.
Los he probado de todo tipo machotes, tímidos, gorditos, delgados, inteligentes, tontos, conservadores, progresistas...
y he probado todo tipo de oficios de lo más comunes.
Excepto uno que siempre despertó mi curiosidad.
La pornografía.
Me gusta la pornografía desde que era adolescente y mi primer noviete me puso una película de Serena.
Es un tipo de cine que siempre me ha atraído.
No sé por qué.
Desprende cierto glamour decadente y se pasa en el día follando.
Además del porno han surgido muchas actrices que han terminado haciendo cine convencional.
Y hoy están forradas y son famosas.
Pensé que podía intentarlo.
Y un día, mirando una revista porno de internet, vi un anuncio que llamó mi atención.
Se necesitan chicas guapas para ser actrices de cine para adultos.
Casting supervisado en persona por Jean Paul Brabhamman,
propietario de la famosa productora de cine X, Outline.
Aquello me gustó.
¿Por qué no?
Pensé.
A los 26 años las había visto de todos los colores y no me asustó con facilidad.
Así que decidí llamar.
La voz del teléfono me había citado en un céntrico hotel a las 10 de la mañana.
Llegué puntual como un clavo y me hicieron pasar a una lujosa habitación.
Más concretamente al dormitorio.
Cerraron la puerta atrás de mí y me quedé a solas junto a un curioso tipo.
Rechoncho y bajito que...
sujetaba una cámara de vídeo digital y me miraba sonriendo.
Se presentó chapurreando en un castellano afrancesado.
Aquel energúmeno resultó ser Brabhamman.
El hombre que según la prensa especializada se había follado a más mujeres del mundo.
Sí, pero ¿a qué precio? me preguntaba yo.
Siempre he tenido mucho ojo para clichar a las personas,
únicamente viéndolas una vez.
Y Jean Paul, al que le gustaba que le llamaran JP,
tenía toda la pinta de ser un machista con un exceso de autoestima y una injustificada seguridad en sí mismo.
¿A que el idiota podría haberse follado a todas las tías que hubiera querido?
No lo dudo.
¿Pero a cuántas habría dejado satisfechas?
Menudo perdedor.
Decidí ponerme dura con él,
con el fin de que aprendiera lo que era una mujer de verdad.
Y así, quitarle de su calva cabeza ese concepto que se había formado del sexo femenino
como mera excusa para sacar beneficios.
Me hizo sentar en la cama y tras enfocarme con su cámara,
me pidió que me desnudara con un tono de voz altivo y dominante.
Siguiendo en el juego, no tardé nada en deshacerme de la camiseta,
mostrando así ese jugoso par de senos que llevan sorprendiendo al género masculino desde mis tiempos de estudiante.
Seguidamente me quité los pantalones y las bragas.
Una vez más, me ha afeitado coño, hizo bavear al pipiolo de la cámara.
Ya en cueros, acuplé de nuevo mi culo al colchón.
Me preguntó si era profesional en el campo del sexo y el erotismo,
viendo el desparpajo del que hacía Gaia.
Y ni me había molestado en ponerme sujetador.
¿Para qué?
Pensé, teniendo en cuenta a lo que iba, hubiera resultado francamente molesto.
También quiso saber si me gustaba el sexo oral.
¡Por supuesto!
Y a quién no.
Hacerlo y que me lo hagan.
Y finalmente me puso en jaque preguntando si había practicado antes el anal.
Me pilló.
No lo había hecho nunca.
Ya no por razones de que no me gustara o que me pareciera mal.
Al contrario, me suele gustar probar cosas nuevas, pero por razones varias.
Y aunque cueste creerlo, mi culo era virgen y no era tan grande.
Cuando le di la respuesta a JP, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro,
cruzando por entero su cara, de una oreja a la otra.
Se levantó, dejó reposar la cámara de vídeo sobre una mesita
para que siguiera filmando la situación y se acercó a mí.
Supongo que el pobre JP se pensaba que me iba a sorprender o incluso intimidar.
Cuando me preguntase si quería perder el reto,
pero cuanta fue su decepción cuando le contesté con un sí entusiasmado e interesado.
El tío se abrió la bragueta y extrajo una polla más que considerable,
que dejó colgando entre sus cortas piernas.
Estaba repleta de pliegues y el pellejo cubía parte del glande.
Se la señaló con ambas manos, como quien ofrece un plato de carne.
Y me dijo que no podía hacer nada.
Y me dijo que no podía hacer nada.
Se la señaló con ambas manos, como quien ofrece un plato de caviar para degustar.
Obviamente aquel labo no era caviar, ni tan siquiera comparándolo
con los rabos del resto de la población masculina,
que se suponía inferior sexualmente a JP.
Agarré el instrumento con la mano, la miré fijamente un rato,
como estudiando la situación,
y entonces opté por mojar el dedo entre mis labios
e introducirlo bajo la piel,
que cubría aquella rosada forma semiobalada.
Di dos vueltas por la parte cubierta,
antes de tirar de la piel hacia atrás,
para despejar el capullo.
Pues me encanta disponer del mismo en su totalidad.
Le clave la punta de la lengua en el frenillo
y la moví nerviosamente, tal como si fuera una serpiente.
El falo no tardó en reaccionar a mis caricias
y sentí a través de la palma de mi mano
como la sangre recorría el tronco de arriba a abajo.
Comenzaba a hincharlo.
Seguí con mis juegos de lengua.
Y le pasé rodeando la cabeza de la polla un par o tres de veces,
humedeciendo con especial atención la parte superior del capullo.
Mmm...
Sí...
Justo donde termina el tronco.
De ahí me dirigí sensualmente hacia el orificio
y con un dedo de mi mano libre le dediqué unas cariñosas caricias
y roces que volverían locos a cualquier tío, incluso a este.
La curiosidad me pudo más
Mientras repasaba su sexo con una mano de arriba a abajo
no pude evitar una diabólica sonrisa
al ver como aquel pobre individuo estaba en el más absoluto de los éxtasis.
Seguro que nunca se le habían mamado así.
Quería comprobar hasta dónde era capaz de llegar
y dirigí sin freno mi otra mano hacia sus huevos.
Cuando se encerré cuidadosamente entre mis dedos
me inició un masaje que acabó por hacerle perder el tino a ese pipiolo.
A medida que sus ojos se cerraban irremediablemente
su boca se abría más y más, siempre acompañado por un constante jadeo
y un hilo de baba que recorría la mandíbula hasta la barbilla.
Sentí como la verga estaba a punto de estallar.
Me sentía como el hierro fundido y estaba totalmente tensa y dura
fruto de una erección que poco le faltaba para llegar a su límite de resistencia.
Era momento de dársela a probar a mi colo.
Casi tuve que despertarle de su sueño.
J.P. hacía rato que no estaba en este mundo
y ahora le tocó ocuparse de mí.
Así que le dediqué un suave empujón
y sin mediar palabra, di media vuelta, dejándole el trasero bien a punto
a ver si así era capaz de comprender qué es lo que quería.
Y a pesar de las apariencias lo comprendió, ya lo creo que sí.
Regresó de la dimensión en la que se había perdido
y se centró en lo que importaba, prepararme para el momento cumbre.
Primero, lo que hizo fue tirar de cada una de mis nalgas
hacia ambos lados, ere armiano.
Seguidamente se incorporó hacia adelante
y sacando la lengua de su boca me propinó un lenguetazo que logró derretirme.
Jamás nadie se había ocupado de mi parte trasera con tanto afán
y todo aquello representaba un cúmulo de nuevas y fabulosas sensaciones.
No le bastó con aquella mojada sacudida
y prosiguió introduciéndome tan jugoso apéndice
y el truco de los recovecos de mi cada vez más dilatado culo.
Los escalofríos no cesaban de castigar mi cuerpo
recorriendo mi espalda por entero y debilitando la tensión de mis extremidades.
Llegó el tan ansiado momento, jotapé
y aún conservaba la tremenda erección de mis artes.
Había logrado entre sus piernas, se sujetó la verga
y apoyó el rosado hinchado glande
sobre mi aparentemente inaccesible ano.
Noté el dulce calentón que se expandió por el resto de la zona trasera
e imparable el tío empujó lentamente hacia adentro.
Mi esfíncer cedió poco a poco a las demandas de aquella polla indomable.
Las paredes se abrían mientras un dolor punzante y desgarrador
recorría desde la parte más baja de mi vagina
hasta clavarse en mi cerebro sin compasión alguna.
Chillé entre dientes mientras sentía como si me hubiera sentado sobre la hoguera de un campamento.
Me era del todo imposible de cernir entre que era sencillamente dolor y que placer.
No sirvió de nada que mis manos se hundieran desesperadamente entre las sábanas
aferrándome a ellas como si mi vida dependiera de ello.
Jotapé había introducido su gruesa verga hasta la mitad
y estaba dispuesto a llegar al final.
Así que inició el ritmético mete y saca.
Primero lentamente y controlando sus embestidas.
Pero no tardó mucho en recuperar velocidad.
A cada roce de su sexo me sentía morir.
El constante irí venir de cada vez más sutil diferencia entre placer y dolor.
Logramos que mi cerebro terminara decantándose por lo primero.
Comencé a sentirme mejor.
Incluso me atrevería a decir que comencé a disfrutar de aquel vigoroso anal.
Quizá fuera un poco tarde, pues los huevos de Jotapé bullían ansiosos por expulsar el esperma contenido.
Aún así conduje mi mano hacia mi vagina y me acaricié el clítoris desesperada
por incrementar la sensación de placer.
Mi improvisado amante no tenía esa clase de problemas.
Me apoya de mi culo y echando mano, nunca mejor dicho de varias escuetas y concisas sacudidas,
despilfarró todo su esperma sobre mi espalda.
Acompañando, claro está, de una banda sonora de gemidos y jadeos.
Las gotas siguieron el camino de mi columna y las que se desviaron cayeron deslizándose por los costados.
A punto de perder el equilibrio, Jotapé se dejó caer sobre la cama.
Su duroso y aún maravillado por la experiencia.
Me levanté despegando mi mojado cuerpo de las sábanas,
las mismas que utilicé para secarme el esperma que había quedado impregnado sobre mí.
Me vestí tan rápidamente como me había desnudado.
Me quedé durante unos segundos observando a un entusiasmado Jean-Paul Berman.
Estirado por completo mientras su aún erecta polla,
se ríe cómicamente tal como el mástil de un barco.
Solo faltaba la bandera.
El pobre individuo no cesaba de vaticinar el éxito de mi carrera,
como porno star del cine para adultos.
En aquel momento me di cuenta de que la idea de dedicarme al porno había dejado de interesarme.
Y en caso de que algún día en el futuro volviera a intentarlo,
estaba claro de que no sería en producciones online.
Tenía que destruir las pruebas.
Me dirigí directamente hasta la cámara,
la agarré de la mesita sobre la que reposaba,
y sin pensarme lo dos segundos la lancé con fuerza contra la pared,
logrando que gracias al choque se partiera en varios pedazos
y quedara en un estado totalmente irreparable.
Sale de la habitación dejando a Berman con la palabra en la boca
y la verga cayendo hacia un lado abatida.
Aquel fue un día feliz en mi vida.
Primero porque le había jodido el negocio JP.
Y segundo porque había descubierto algo nuevo
que acoplara mi vida sexual.
Y que me gustaba.
El anal.