Sientes calor, pero también dolor.
Sí, también a ti te está doliendo.
Si pudieras bucear fuera de mi coño verías como tu erección es ahora roja, como mala rozadora.
Te duele.
Y sin embargo no vas a salir de ahí.
No te dejaría.
Tampoco tú querrías.
La polla te duele.
Pero se trata de esa clase de dolor, de esa todavía comprendida en los umbrales del placer.
Es un dolor que has sentido ya en otras ocasiones.
Es el dolor que anuncia que mi coño no patina como esperabas.
A cada embestida de mis caderas las paredes de mi coño te hieren.
Pero tú y yo sabemos que no vas a salir.
No todavía.
No hasta que tú quieras.
No hasta que yo te deje.
Ahora que has llegado hasta aquí arriba, hasta aquí adentro, no pienso soltarte.
No tan fácilmente.
Los caminos del revolcón son inescrutables.
Los caminos del revolcón son inescrutables.
No hay demasiadas opciones para una chica sola en la gran ciudad un viernes noche.
No aunque se trate de una con un culo como el mío de enormes dimensiones.
Perteneciente a una mujer con sobrepeso, se diría, si no fuera porque se encuentra tan perfectamente ensamblado a la altura de la cintura a un cuerpecito tan delgado y frágil que algunos lo calificarían de anoréxico.
Pechos pequeños, las costillas resaltando ligeramente por debajo.
Al extremo superior, una cabeza tan pequeñita que queda casi por completo oculta al cobijo de una melena negra.
Al extremo inferior, ese descomunal trasero.
En todo caso, las opciones son pocas.
La más socorrida suele ser bajar al papa, subirse en un taburete, pedir una copa, fumar.
Entonces abstraerse y rezar.
Rezar como niña para que llegue la acción.
¿Qué le voy a hacer yo si hoy día todas las cartas están ya boca arriba?
Malboro y gin tonic, humo y alcohol, y a suplicar abocanadas y atragos que el macho se acerque.
Las señoras de hoy ya no soñamos con príncipes azules, más bien en venas azuladas resaltando sobre vergas erectas, polos de amor pivotes sobre los que saltar para que la soledad se escurra fluidos abajo.
Rita, he dicho.
Rita, he repetido sonriendo.
Por tu traje raído podría haberte confundido con un comercial aniquilado si no fuera porque al reseguirte con la mirada hacia arriba, pasada la corbata, he dado con una sonrisa afable y repleta de naturalidad, de calidez.
Inmediatamente me he sentido atraída.
Me he llevado el vaso de tuba a los labios y he paladeado mi suerte.
Y entonces me has dado un beso seco, pero firme en la boca que decía, ¿eh, no vamos a andarnos con tonterías, hoyas?
Apenas un par de rutinarios a que te dedicas cruzados, y ya tenía tus gruesas manazas repasando el contorno de mi cabellera morena.
Y comenzada a deshacerme.
Esas manos tuyas, deja que te diga, sabes manejarlas.
Te lo habría dicho en ese momento en el PAP, pero para entonces tu lengua ya había irrumpido mi boca.
Me he dejado hacer y aquí estamos, sin sorpresas.
¿Sobre cuántos coños, bajo cuántos coños has estado?
¿Cuántos de ellos eran cuevas de aceite, tazas de caldo?
Seguro que muchos.
¿Pero qué hay de los otros?
¿Cuántas estrechas cimas pedregosas, grietas rojas en carnes prietas, bestias mordedoras de encías celestiales?
No, no estoy bien lubricada.
Eso ya lo has notado.
Eso lo estamos notando.
Cada vez que mi culo cae sobre tus muslos lo notas.
Y jimes.
Y si no lo hubieras notado aquí están mis gemidos, mis chillidos anunciándotelo.
A cada vez que desciendo sobre ti teniéndote chillo.
Si chillo es solo porque tu erección está rompiéndome por dentro.
Dolores de estrechez.
La carne frotando a la carne, agarrándose como un neumático.
La carne derrapando sobre la carne como si se tratara de un neumático viejo.
Y a cada vaivén mis entrañas chirrian como una máquina de vapor a la que forzamos demasiado.
Pero no soy una máquina de vapor, soy de carne.
Siéntela esa carne.
Ahora voy a descender de nuevo.
Permanece muy quieto bajo mí mientras te jodo.
Ahora te tengo a mi mercet.
Ya no puedes ni quieres salir de mi cuerpo.
Pero tampoco te dejaría.
No, no estoy todavía bien lubricada y es cierto.
Pero deja que te cuente.
Y desciendo otra vez.
Y subo y desciendo.
Y ahora los lagrimones de dolor me brotan mejilla abajo.
Me escurren por la barbilla.
Van a dar en tu pecho.
Pero déjame recordarte.
Hemos subido a mi piso.
¿Quién lo ha propuesto?
¡Vayamos a tu casa!
No, no me suena que hayas dicho nada parecido.
¡Ven, sube conmigo, por favor!
He dicho tomándote de la mano.
Pero tampoco es así como ha sucedido.
No consigo recordarlo.
¿Importa?
¿Importa?
Los dos sabíamos lo que queríamos.
Las cartas andan todas boca arriba.
Hoy día.
Ya digo.
Y los detalles carecen de importancia.
Cualquier otro desenlace tras el mutuo calentón en el pub de abajo habría resultado inconcebible.
Tal vez simplemente hemos salido por la puerta y hemos echado a andar en silencio.
Mi casa era la más cercana después de todo.
Y aquí es donde estamos.
Hace apenas media hora has creído tenerme bajo control.
Me has echado la lengua al cuello y has comenzado a treparme hasta la boca.
Si he tratado de mantenerla cerrada de nada ha servido.
De nuevo, igual que en el pub se ha abierto camino y pronto estábamos ya sumergidos el uno en el otro, intercambiando humedades.
Pero ahora ya no hay humedades que valgan.
Estás seco allá abajo.
Y cada vez que dejo caer mi cintura, cada vez que mis nalgas golpean tus muslos, tú lanzas un respingo de dolor.
Porque te duele.
Pero con tus manos alrededor de mi cintura me instas a seguir porque te gusta.
Pero antes volvamos al antes.
Rita, oh Rita, has jadeado.
Un tremendo bulto a la altura de tu bragueta.
Tus manazas prácticamente arrancándome la ropa.
Has estado acariciándome las tetas después de besarme.
Trabajándome los pezones con los pulgares, luego con la lengua.
Jadeándome en la oreja, besándome el ombligo, acariciándome el bello púbico como si fuera un animal de compañía silencioso y adorable.
He sido yo quien durante todos esos besos, caricias, jadeos y humedades he puesto distancia entre los dos.
Te he borrado de la realidad.
He permanecido resguardada en algún lugar lejano hasta que tu polla me ha sacado de mi letargo.
Se puede decir que hasta que no he comenzado a montarte, no me he apercibido de tu presencia.
Que te he ignorado hasta que ya no he podido seguir ignorándote porque he sentido tu polla desgarrándome como castigo medieval.
Tal vez de ahí me olvido respecto a todo lo previo a este polvo delicioso.
No, tal vez no estoy lubricada.
Solo que tal vez no quiera estarlo.
Tal vez sea así como a mí me gusta.
No puedo decir que haya sido fácil mantenerme fría, permanecer distante mientras me decorabas la noche con preliminares.
Sí, así es como quiero ser jodida y así es como lo obtengo.
Pronto no podré evitarlo y comenzaré a lubricar.
Los juegos que brotarán de mi coño harán más sencilla mi cabalgata.
Sí, un poco más.
Siente los manar.
Nota cómo facilitan cada sacudida.
Siente los manar.
Y manar y humedecerte serán un huento para tus heridas.
Bautizarán, bendecirán y santificarán tu polla.
Drenarán la soledad de mi cuerpo.
Ahora estoy humedeciéndome, sí.
Con tus muslos y tus manos aferrándome la cintura me marcas un ritmo más y más frenético.
Estás empujando tanto que pronto no podré contenerme más.
Pronto estaré húmeda del todo.
En nada mojada.
Para entonces quiero que me pongas a cuatro patas y me desgarres por detrás, por allí, por donde todavía podemos encontrar esa sequedad que duele y deleita.
Apuesto a que ya la estás echando de menos.
Apuesto a que todo en cuanto puedes pensar ahora es en hacerte sitio en mi otro orificio.
Siéntete en casa.
Jódeme.
Aprieta los dientes.
Siénteme ahí.
¿Me estás mirando?
Sí, me estás mirando.
Mírame, usuario.
Soy lo que tú quieres que sea.
Pinta mis formas en el lienzo de tu cabeza.
Dame forma a cada embestida.
Jódeme, usuario.
Seas quien seas.
He olvidado tu nombre porque nunca me importó.
Me gusta que dispongas de mí al tiempo que te vampirizo con mis hoyos.
Tal vez la baraja entera se encuentre boca abajo.
Después de todo.
Es posible que ni siquiera me llame Rita.
Fui dada a luz para ser usada.