He cumplido ya los 20 años.
Soy rubia y bastante atractiva.
Poseo un montón de
encantos.
Tengo unas piernas largas y finas, un estómago recto y una cintura
sin un gramo de grasa de más.
Unos ojos verdes que encandilan a cualquiera.
Una
carita de niña buena y un pompis pequeño pero gracioso.
Ya lo ves, una
buena colección de excelencias físicas que sin embargo son de lo más corrientes
si las comparamos con mis pechos.
He de confesarte que me siento muy orgullosa
de ellos.
Y es que tengo un par de globos que superan en mucho los que lucen esas
pechugonas que aparecen en las revistas eróticas.
Cuando voy a la playa y me
quito la parte de arriba, más de una amiga se los queda mirando por un buen
rato para acabar soltando la tontería de siempre.
Desde luego no se te notan las
cicatrices que evidente los han puesto.
¿Por dónde te metieron la silicona?
Ah, ya
lo sé, por las axilas.
Yo le aseguro que no me he operado, que son así de
naturales, pero no suelen creárselo.
Insisto una y otra vez que nací tan
plana como cualquier bebé, pero que el tiempo ha sido generoso conmigo y me ha
proporcionado un par de melones que más de un labriego quisiera encontrárselos
en su huerto.
Cuando ponen cara de incredulidad, insisto que para que lo
comprueben por ellas mismas, les cojo la mano y la coloco sobre uno de mis pechos
para que vean que es blando y esponjoso, que pone rígido a medida que aumenta la
intensidad del magreo.
Hasta ahora no te lo había dicho, pero me excita que me lo
soben, que me lo acaricien hasta que los pezones se ponen firmes.
Prefiero eso, a
que me coman los labios de abajo y me exciten el clitoris con la lengua, algo
que también me gusta cantidad.
No cabe duda que la zona más sensible de mi
cuerpo son mis senos y como poseo un buen par he acabado vendiendo
sujetadores en una boutique de lintería fina.
Cada vez que entra un hombre en la
tienda intento tomarle un poco el pelo.
Me doy perfecta cuenta de que les pongo
algo nerviosos.
Clavan su mirada en mis pechos y empiezan a tartamudear como
si les intimidara, como si mi delantera tuviera un efecto hipnótico sobre la
población masculina.
Lo cierto es que quieren sorprender a su
pareja con un regalo y no se acordaron de mirar la talla.
No saben cuál es y
acaban diciendo unos cuantos números al azar.
Entonces para ponerles en
evidencia, aspiro aire.
He hinchó la caja torácica, soco pecho y les pregunto, ¿los tiene más o menos así
como los míos?
Todos dicen que no y los más descarados se atreven a suspirar que
ya les gustaría si su otra costilla disfrutara de un par de naranjas con
tanto zoom, que como mucho cuentan con dos limones agrios.
Naturalmente un buen
par de tetas tienen también sus inconvenientes.
Dado su volumen he de
soportar un gran peso.
Como me paso casi todo el día de pie, acabo la jornada
laboral con los pies destrozados y dolor de espalda.
Mi médico me ha
recomendado que me los opere, que los reduzca de tamaño, pero del momento me
niego.
No quiero estropear lo que las otras envidian y lo que los hombres
desean.
Hay mujeres que pagan por tener un par de domingas tan domingueras como
las mías y a mí me han salido gratis.
Pues bueno, a lo que iba, para sujetar esos
kilos de más he de fortalecer mi cuerpo y muscular, sobre todo la espalda y por
ello me he inscrito en un gimnasio.
Ya he cogido unos buenos dorsales, deltoides y
trapezoides, pero a pesar de esos logros gimnásticos y anatómicos hay tardes que
acabo con los hombros agarrotados y la columna destrozada.
Por ese motivo he
decidido contratar los servicios de un buen masajista.
Ya sé que hay hombres que
pagarían por ponerme las manos encima, pero no creo que consiguieran aliviarme
como yo necesito.
Más bien se aliviarían ellos.
Una amiga me recomendó los servicios
de un buen masajista, un tipo muy profesional que además estaba más
bueno que el pan.
Era todo un tiarrón, uno de aquellos armarios roperos
musculosos, belludos, guapos, de cara a un sospechoso mostacho con el que
cualquiera duraría de sus preferencias sexuales.
Vamos, era el típico macho man,
cachas que aparecen los films gays dejándose dar por detrás.
Fuera de esa o
esta cera lo cierto es que el masajista estaba como quería.
Fui a su consulta y
me tumbé en la camilla completamente desnuda.
Bueno, no del todo, porque tapé mis
vergüenzas con una toalla pequeña.
Bien vale, casi todas mis vergüenzas porque
mis pechos los dejé al aire libre.
Como los tengo muy desarrollados, debería de
haber utilizado una toalla grande y aún así no hubiera sido suficiente.
Además,
tampoco valía la pena hacerlo.
A mí me gusta exhibirlos.
Pues bien, cuando el
masajista me los vio, se le pusieron los ojos como un par de hueros duros.
No había
duda de que le gustaban las mujeres.
Me tendí de bruces y me tapé el culito con la toalla.
Él puso sus manos sobre mi espalda y repasó los huesos de mi columna con los nudillos.
No sé
exactamente qué musculos tocó ni cómo lo hizo.
Me quedé aplatada en la camilla.
Me sentía de
maravilla.
Estaba tranquila y calmada, tan sonorienta que apenas noté cuando puso sus
dedos sobre mis nalgas y empezó a tocarme el culo.
Aquello ya no era el típico masaje.
El tipo estaba cachondo y quería manosear, lo que no debía con tal de calmar su excitación.
En esos instantes le miré el paquete de reojo.
Menudo bulto tenía.
Estaba claro que aquel tipo
estaba muy salido.
Poco a poco fue tomando confianzas, con lo que separó los glúteos
para pasar los dedos lentamente por mi raja, acariciarme el ano y finalmente introduciéndolos
por ambos agujeros.
El hombre se dio cuenta de que estaba propasándose conmigo, con lo que interrumpió
las caricias y me pidió amablemente que me diera la vuelta.
El remedio fue peor que la enfermedad.
Al girarme le mostré las tetas.
Estaban duras y con los pezones erectos.
Dada mi calentura,
él no podía dejar de mirarlas ni tampoco de tocarlas.
Pronto fue su boca en la que
posó sobre ese par de globos mientras los besaba.
Una de sus manos bajó hasta mi conejito,
que acarició hasta conseguir ponerme a cien.
Enseguida se percató de que yo tampoco podía
aguantar más.
Con lo que se bajó la cremallera del pantalón, se la sacó y me la metió en un
solo intento.
La tenía grande, lo suficiente para hacerme temblar las piernas con sus embestidas.
Le dejé hacer y me corrí varias veces antes de que él me llenara con su esperma.
Naturalmente,
no me cobró la sesión de masaje.
Faltaría más.
Desde ese día he vuelto a su consulta en numerosas
ocasiones.
Unas veces le pago y otras no.
Todo depende de lo mucho que me haga gemir.
Por cierto,
la espalda casi no me duele.
Lo que yo necesitaba era un buen masaje y un buen masajista, y no un
quirófano para reducir lo que la madre naturaleza me dio que a jodgar por las miradas y los
comentarios de los hombres es mucho.