Escritora zorra
Soy escritora y escribo novelas eróticas. Seguro que todos pensáis que una chica que escribe novelas de este tipo debe ser un poco puta, ¿verdad? Pues no os equivocáis.
Soy escritora y escribo novelas eróticas
26 escuchas
Soy escritora y escribo novelas eróticas. Seguro que todos pensáis que una chica que escribe novelas de este tipo debe ser un poco puta, ¿verdad? Pues no os equivocáis.
Soy escritora y escribo novelas eróticas
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Su mano descendió por su peludo pecho, luego por la barriga, y se posó justo encima del paquete, que estaba a punto de estallar. Con la ayuda de su otra mano le bajó la bragueta y liberó su polla, tiesa como el palo de una bandera.
La chica se agachó frente a él y rápidamente rodeó su pene con una lengua que parecía viva. Él se estremeció. Ella palpó su pecho y agarró uno de sus pezones.
Comenzó a retorcerlo con pasión. Él murmuraba, ¡Sigue así! ¡Que bien la chupas! Y ella no cesaba de embestir aquel trozo de carne duro como una piedra.
Esto es una basura, dijo el señor gordo sentado detrás de la mesa. Dejé de leer. No vale nada. No es literatura. Siguió exclamando furioso y muy gesticulante.
Me quedé bastante desanimada. Me había presentado en el despacho de aquel editor, de segunda, con toda la ilusión del mundo. Desde que estaba en la universidad, mi sueño era escribir novelas eróticas.
Me encantaba. Si la buena literatura se supone que tiene que crear sensaciones en aquel que la consume, qué mejor que historias con sexo y pasión.
No era mi primera visita a una editorial. Tampoco era la primera vez que tiraban mi trabajo por el suelo. Pero sí era novata en aquello de tener que escuchar tantos insultos.
Escuche, no se pase, ¿de acuerdo? Dije yo, defendiendo mi posición. Él, entonces, bajó el tono de voz. Y mientras intentaba repeinarse los cuatro pelajos que le colgaban de su sudorosa cabeza, añadió.
Compréndelo, querida, nuestros lectores necesitan algo más. Más realista, más creíble. Algo que hable de personas humanas, no fantasías de una jovencita soñadora.
Aquello me irió. Si su intención era meter el dedo en la llaga, lo había conseguido. ¿Jóvencita soñadora? Dice. Grité. Me quedé luego unos segundos en silencio.
Hice trabajar rápidamente mi cerebro, buscando una buena contestación. Se encendió la bombilla. Al fin y al cabo no tenía nada que perder. Oiga, sinceramente, ¿usted ha follado alguna vez?
Le solté sin remilgos. El tipo se puso colorado. Pero ¿cómo te atreves, niña? Siguió. Soy un hombre casado. Aquello para mí no era una respuesta.
Así que insistí. Creo que no me ha entendido. Hablo de follar, de disfrutar del sexo y no de hacer el amor con su mujer. Esta vez era yo quien había metido el dedo en la llaga.
El tipo se puso nervioso. Se arregló la corbata y entonces, mirándome con bastante desprecio, exclamó. Será mejor que abandone mi despacho, por favor.
No me dio la gana. Aquel ser repulsivo había sido muy mal educado conmigo y tenía que pagar por ello. Dejé mi manuscrito sobre la mesa. Me puse en pie.
Me quité el jersey de lana negra con toda naturalidad. Dejé mi sujetador a la vista. También me deshice de él con la misma actitud despreocupada.
Mis redondas tetas eran ahora el centro de atención de aquel tipo, que se hinchó como un pavo y comenzó a sudar de forma desmedida. Ya no decía nada.
Sin duda estaba disfrutando del espectáculo. Me subí sobre su mesa y él se abalanzó aferrándose a mis piernas. No me toques cerdo o me voy, dije con un tono muy agresivo.
Se apartó rápidamente, pero seguía mirándome con sus ojos saltones. Me desabroché la falda, me senté sobre sus papeles y otros bártulos y entonces lo que me quité fueron las bragas.
Apenas abrí las piernas, lo máximo que pude, y dejé ver mi suculento coño. Dejé que oliera mi vulva de labios gruesos, que imaginara que podía pellizcarlo con sus temblorosas manos.
Me voy a hacer una paja y quiero que tú te la hagas conmigo, le dije con un sensual tono de voz. Y él no se contuvo. Se desabrochó la bragueta y tardó bien poco en tener su pequeña y arrugada polla punto de caramelo.
El tipo no cesaba de sudar y jadear cuando comenzó a meneársela de forma desesperada. Me llevé el dedo al clítorix e inicié un fluido masaje que iba increscendo.
Mientras lo hacía le indiqué cuál iba a ser su siguiente movimiento. Ahora acércate y pellízcame los pezones. Pero solo eso. Como me toques algo más, me marcho.
La sintió nerviosamente. Se aproximó unos centímetros y aferró sus redos chonchos dedos a mis pezones. Jugueteaba con ellos como quien busca el dial de una radio.
Me percaté de que su polla la tenía cerca de mí. El ridículo músculo se tambaleaba y su capullo se dejaba entrever rojizo. Mientras se dedicaba con especial disfrute a emagrear mis pezones cerré las piernas y agarré su falo entre mis pies.
Comencé a acariciarlo y golpearlo con suavidad. Me reía mientras intentaba sujetarlo entre mis dedos. Él estaba que no podía más. Los ojos inyectados en sangre.
Su camisa estaba completamente mojada. Y su verga quemaba. Quemaba casi como si fuera acero al rojo. Tanta respiración incontrolada le había secado los labios.
Y una baba blanquecina y llamativa se había acumulado en los bordes de su boca. —Ahora quiero que te corras —grité. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo.
Dirigí mi pie izquierdo a sus huevos y comencé a removerlos sin compasión. Seguro que era la paja más original que nadie le había hecho aquel tipejo.
—Quiero que te corras. —No, aún no —supplicaba él— ahora mismo. Ordenes sin compasión. Se aferró a su polla y se lameneó. Volví a abrirme de piernas para sentir su semen estrellarse contra mi coño.
Durante unos segundos sentí unas irrefrenables ansias de agarrarle fuertemente por la verga y succionarla hasta dejarla seca. Pero me contuve.
—Córrete —dije. Al grito de sí, sí, un chorro de esperma brillante y cálido salió disparado de su falo y dio en el blanco, embadurnando todo mi coño.
—Así me gusta —exclamé. El tipo entonces notó el cansancio en su débil y pesado cuerpo. Pareció desmayarse. Cayó bruscamente sobre su sillón, jadeante, mirándome con el rostro desencajado y su polla totalmente flácida colgando de forma triste por su bragueta.
Una vez hubo limpiado el semen, bajé de la mesa, recuperé mi ropa, me vestí, agarré el manuscrito de mi novela y, dirigiéndome a la puerta, me despedí de él.
—No vas a volver —dijo con notable disgusto—. Quizá el día que hayas aprendido a follar. Y me marché de ahí, dejándole totalmente tonito.