Tengo 25 años y vivo con mis padres.
Mis hermanos más mayores que yo ya se han emancipado,
así que me he quedado sola en casa con los viejos.
La única zona de mi propiedad en esta casa es
mi habitación.
Cuatro paredes que cierran un espacio bastante limitado.
Para que la estancia
aquí dentro no se me haga tan insoportable, he intentado con los años tapar su feo aspecto
poniendo toda clase de fotos y posters.
Desde ídolos del pop hasta películas que me gustan.
Las estanterías están llenas de libros, la mayoría de los cuales ni me he molestado enojear.
Los espacios vacíos los he llenado con figuritas y marcos con fotos de yo misma cuando era pequeña.
Todo un decorado con el que intento desconectar de todo lo que ocurre ahí fuera.
Mis padres,
Rachel y Ramón, no son mala gente.
Ella es ama de casa, el vendedor de seguros.
El único
problema que tengo con ellos es que siempre están discutiendo.
No hay día en que no se pongan a
gritar por alguna tontería.
Yo sé que se quieren, pero mi viejo es un poco plasta y, al parecer,
mi vieja pierde los nervios enseguida con él.
No me quiero ni imaginar qué pasará cuando se jubile.
Da miedo.
Las discusiones de mis padres son muy acalvoradas.
Ramón es un gallito,
eso de perro ladrador poco mordedor.
Grita y gesticula mucho, pero a la hora de la verdad
no es peligroso.
Mamá es tremenda, tiene una mala leche que espanta.
Grita como una condenada.
Y puesto que se conoce al dedillo los puntos flacos del viejo, los ataca cruelmente a la
primera oportunidad que se le presenta.
Y como es de esperar, nunca falla.
Al terminar la discusión,
siempre gana ella y papá o se siente en el sofá al leer el periódico con cara de pocos amigos o se
pone a hacer alguna tarea tonta, como dar de comer a sus peces o ojear por enésima vez su colección
de sellos.
¿Y qué hago yo en momentos como ese?
Pues bien, hasta hace un año mi reacción natural
era encerrarme en el cuarto, sentarme en la cama y escuchar los gritos mientras no paraba de agobiarme.
Temía que la pelea podría ponerse fea y en ese caso estaba dispuesta a salir y decirles unas
cuantas cosas a los dos.
Lo que pasa es que tras varios meses de rutina descubrí que las peleas
nunca iban a más.
Me di cuenta de que todo eran gritos y más gritos, pero ninguna de las dos
partes recurría a la agresión física, afortunadamente.
Ya más tranquila un buen día,
opté por ponerme un disco de Ricky Martin.
Me conecté los auriculares en las orejas y me
estiré en la cama, intentando ignorar la bronca que tenía a pocos metros de mí.
En la de mis viejos
se estaba averreando el uno al otro con la sangre al rojo vivo y los oídos saliendo de sus órbitas.
Mientras escuchaba una de las baladas de Ricky, comencé a dejar volar la imaginación y a la
cabeza me vinieron varias imágenes de tíos muy guapos, musculosos, con el cuerpo sudroso y unas
miradas penetrantes súper excitantes.
Total que casi sin quererlo me puse cachonda y comencé a
acariciarme las tetas y la raja y bueno, ya os lo podéis imaginar, me hice una paja.
Iba tan caliente
que no tardé nada en corredme.
Fue una pasada y la verdad es que mientras le daba el dedo,
olvidé por completo que había una pelea en el comedor.
Para cuando tuve el sagrado orgasmo,
la discusión ya había terminado, así que seguí escuchando al bueno de Ricky y me dormí.
Fue todo
un descubrimiento.
Ya no tendría que preocuparme más por las peleas de papá y mamá.
Bastaba con
dejar volar la imaginación, tal como estoy haciendo ahora.
En realidad, mis viejos ni siquiera están
en casa, pero da igual.
Para hacerse una buena paja, no hacen falta motivaciones externas.
Basta
con desearlo, que todo el cuerpo te lo pida.
Para llevar a buen puerto o algo así, es fundamental
estar cómoda y nada como mi cama para conseguirlo.
Aquí estirada, esto es un placer de dioses.
Me
abro un poco la blusa y meto la mano en dirección al sujetador.
Cuelo unos dedos por debajo de éste
y presiono sobre el pezón.
Mmm, qué escalofrío.
Se está poniendo duro, duro.
Y hablando de duro,
lo que daría yo por tener una polla en ese estado aquí mismo, delante mío.
Tenía un amigo gay,
muy simpático, que siempre decía, a mí me gustan las pollas gordas con venas y con el glande grueso
y rojo.
Recuerdo que entonces me reí y no dije nada, pero la verdad es que estoy totalmente de
acuerdo.
Me encantan las vergas, me chifla cogerlas con la mano y tirar de la piel.
Lo mejor es escupirse
sobre la palma y hacer que la mano resvale por el tronco del falo.
Si haces eso, la verdad es que un
tío alucina.
Mmm, estoy poniendo caliente, pero como un volcán, de verdad.
Afortunadamente llevo
pantalón de chándal.
Ya sé que no es muy buena combinación con una blusa, pero estoy en mi cuarto
y aquí me he visto como me apetece.
Aunque el resultado pueda parecer tan estrafalario como ahora,
lo bueno de un pantalón de chándal es que no utiliza ni botones ni cremallera.
Basta con colar
la mano por debajo de la goma o ir a lo que interesa.
En este caso, mi conejo.
Primero unas
cuantas caricias sobre las bragas.
Siempre lo ponen a un atono.
Uff, si.
Fíjate cómo se abre la raja.
Está deseando que alguien la alimente.
Ojalá estuviera que Javier ese sí que está bueno.
Apuesto lo que quieras a que tiene una polla de esas que dicen cómeme.
Mmm, sueño con cómo me la
ristriega por todo el cuerpo.
Como apoya el glande ardiendo sobre uno de mis pezones.
Mmm,
déjame que te acaricie los huevos.
Me encanta juguetear con ellos.
Sentir cómo burbujean,
esperando soltar un chorro de semen sobre mí.
No sé si chuparte la polla o pedir que me la metas
bien adentro.
Te acercas a mi boca.
Veo que sabes lo que quieres.
Siempre me han dicho que la
amo como las actrices de las pelis porno.
No sé si será verdad, pero te aseguro que en cada lengüetazo
me dejo la piel.
Humedecer un rabo a base de chuparlo es una experiencia alucinante.
Metértelo
en la boca y sentir cómo se ensancha por segundos.
Especialmente delicioso.
Resulta mamar el capullo.
Mmm, eso a los tíos.
Os encanta.
Os pone como motos, eh.
Yo suelo dedicarle a esto más tiempo
de lo normal, porque es una pasada ver al tío tensar todas sus extremidades tal como si alcanzara
alguna dimensión paralela.
Es brutal.
Mmm, me he metido los dedos dentro de la raja y le estoy
dando mucha caña al asunto.
Mmm, dejo de acariciarme el pezón y cuelo mi otra mano justo donde termina
la espalda.
Introduzco dos dedos dentro del culo.
Uff, esta idea me la dio una amiga que dominaba
mucho el tema de la masturbación.
Cuando me contó lo mucho que se puede flipar cuando te metes algo
por el culo, recuerdo que la tomé como loca.
Pero un día lo hice casi por confirmar que era
una estupidez.
Y bueno, desde entonces es una práctica que nunca olvido.
Jugar con el coño y
el culo a la vez realmente te puede hacer llegar al polimax exactamente tal como me ocurrió a mi hora.
Parece como si de pronto la cama se hubiera hecho pequeña.
Me estremezco tanto que voy a acabar
cayéndome.
Uff, esto es una pasada.
Por favor, córrete encima de mí.
Quiero ver esa polla
tiesa junto a mi cara.
Quiero ver cómo la ameneas sin parar.
Mmm, dobla la velocidad, por favor.
Quiero
ver tu miembro ardiendo.
Yo te ayudaría.
Pero tengo las dos manos ocupadísimas.
Sí, ahora expulsalo
todo.
Es el momento perfecto porque siento que yo también voy a correrme.
Voy a...
Dios.
Es toda esa leche para mí.
Apunta bien.
No quiero perderme ni una gota.
Estoy sedienta.
Quiero sentir toda esa materia orgánica.
Dislizarse por encima de mí.
Vozía tus pelotas.
Quiero que no te guardes nada.
Uff, cuánto placer.
Que no termine nunca.
Sí, sí.
Uff, has visto.
Yo necesito emanciparse.
Cuando notes que el ocaso se te cae encima, hazme caso, querido.
Cierrate en tu cuarto y dedícate una buena paja.
Piensa en quien más te guste.
En una actriz,
en una cantante, una amiga.
O, por qué no, piensa en mí.
Si me utilizas para animar tus horas de
omanismo, yo haré lo mismo contigo.
Al fin y al cabo, para que estén los amigos, ¿no?