Relatos Hablados

Mi amigo es un pajillero

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Nunca imaginé que me acabaría follando al pajillero de mi amigo Miguel, pero un día me pregunto con su habitual tono de voz ¿Oye, las mujeres eyaculan? Entonces me eché a reír al oír semejante estupidez de pregunta. Pero al ver su avergonzada cara comprendí que realmente no lo sabía y me dio tanta pena que al final decidí enseñárselo personalmente.

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Voz por BellaPerrix
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¿Las mujeres se yaculan? Miguel llevaba preguntándoselo desde hace años y asegura que a veces incluso no puede dormir obsesionado en encontrarle la respuesta a tan enigmática cuestión.

Su experiencia sexual era bastante escasa. De hecho, lo que más le gustaba era espiar a las parejas mientras se pegaban el lote en los bancos de los parques.

Unas veces le bastaba connotar con su polla en durece dentro de los pantalones. Otras necesitaba meneársela de manera obsesiva. Hasta correrse.

Es la única manera con la que Miguel disfruta de los placeres que brinda la carne. Aunque hasta hoy las medidas de dicha carne se reduzcan a 16 centímetros de largo, lo que no está mal, pero tampoco está excesivamente bien.

Los tíos, antes de corrernos, echamos un líquido por la punta del rabo. ¿Me lo dices o me lo preguntas? Ya lo sé, he estado con suficientes hombres como para saberlo.

Y si por un casual no bastará con eso, he leído más de un manual sobre sexualidad, en concreto uno que regalaba un periódico hace años. Pero al parecer, Miguel me toma por una tonta.

Así que ni corto ni perezoso se abre la bragueta, introduce la mano, rebusca, encuentra y saca su falo por el orificio. Me mira sonriendo como si aquello tuviera que excitarme.

Y la verdad es que jamás sentí tanta indiferencia. —Te gusta, ¿eh? —exclama mientras sus dedos juguetean con el pequeño músculo arrugado. —Es que no puede ser más patético este infeliz.

Me pregunto. A base de meneársela, la pequeña picha se ha puesto morcillona. La piel que rodea el glande incluso tira para atrás y comienza a asomar el clavo rosado.

Parece interesante. Quizá podría animar a este... infraser, a que tan deseada erección crezca más rápidamente. —¿Por qué no? Me desabrocho el pantalón y mientras introduzco los pulgares en los costados, elevo el culo del sillón y tiro para abajo.

Me quedo en bragas. Miguel sonría entre dientes mientras prosigue con su labor manual. —Te veo el coño. Pues aún no he quitado la ropa interior, idiota.

Huele el dedo por la parte inferior de la braga que cae justo entre las piernas y tiro de ella para airear lo que se esconde detrás, mi rozjiza almeja.

Unos jugosos labios que caen uno encima del otro, dispuestos a ser abiertos por una mano maestra. El falo de mi amigo está en plena erección.

No pensaba verla tan tiesa. La verdad es que su apariencia flácida engaña. No estoy diciendo ahora que sea enorme, no. Sencillamente me he apillado por sorpresa su grosor y las contundentes formas del glande.

Miguel sigue empujando de la piel que cómicamente cubre y descubre tan subulento capullo. Algo bueno tenías que tener, ingrata persona sin alma.

Soy cruel, lo sé. Pero la verdad es que cuanto más le insulto, más excitada estoy. Le pido que me diga barbaridades, que si soy una puta, una perra y esas cosas.

Pero no puede. Miguel es idiota y feo. No lo niego. Pero es buena persona y su educación raya lo ridículo. Es tan generoso y atento que da asco.

El ambiente no podría estar más cargado. Los ardores que desprenden nuestros maduros cuerpos se están comiendo el oxígeno e incluso comienzan a costar respirar.

Hace tanto rato que mantengo las bragas en esa posición que al final se me van a dar de sí. Pero no importa. Mi raja es más importante. Acorde con el ritmo de Miguel y voy acariciándome los labios de mi coño.

Primero, superficialmente. Dibujando formas geométricas por encima. Un círculo, un cuadrado. Le sigue también un rectángulo. Pero mi favorito es el hexágono.

Es una delicia sentir como los dulces picores de la masturbación parten de entre las piernas y tal como el ejército invasor ocupan todas las zonas del resto de mi anatomía.

El infeliz no ha parado ni un segundo de pasear la peluda mano por el tronco de su sediento rabo. ¿Cómo le gusta? ¿Y cómo me gusta? Los hombres, cuando se masturban, se vuelven locos.

Se humillan a sí mismos de forma inconsciente. Jadean, pierden el control y los chorretones de sudor se deslizan por su frente. Afortunadamente, yo soy hembra y para los menesteres relacionados con el arte del onanismo no me hace falta perder la cabeza.

Me basta con mis figuras geométricas y el saber hacer de mis dedos. Métete los dedos en el coño. Miguel se debe pensar que alguien le ha dado derecho a ordenar mis actos, pero una es muy buena y no puedo negarme.

¿Hay acaso algo más encantador que ver a un chico con cara de tonto masturbándose frente a ti mientras te dedica una absurda sonrisa desencajada?

Lo dudo. Así que dicho y hecho, ya que mi almeja posee unas medidas considerables, puedo permitirme el lujo de introducir dos dedos juntos y acariciar las paredes interiores lo suficiente como para ponerme a cien.

Cierro los ojos e intento imaginarme que me encuentro en compañía de un hombre como Dios manda. Alto, de complexión grande, de espalda ancha y que no vaya sobrado de barriga y de tetas.

A veces pienso que Miguel tiene más pecho que yo, pobre chico, pero en fin no quiero pensar en él. Me pongo más cachonda si para mi paja me imagino un tío bueno follándome con agresividad y entrega.

Me pone a cien que me diga aguardadas al oído mientras siento su polla dura y caliente clavarse como un arpón dentro de mí. Es tan dulce y placentero notar unos huevos chocar contra el culo.

Los tíos que buscan desesperadamente la vagina de la chica con la intención de penetrarlas es una situación también muy excitante. Sus jadeos, sus torpes movimientos, mientras con la mano libre se agarra en un pene que lucha por cobijarse.

Joder, me estoy poniendo mala. El clítoris. Ya sabía yo que Miguel me iba a cortar el rollo. Abro los ojos e intento entender qué quiere, pero él insiste con el rollo del clítoris.

Tengo que dejarle claro que hace rato que me estoy acariciando el clítoris. Es algo tan divertido que un hombre no puede entenderlo. Claro que para eso ellos tienen el frenillo, la parte más sensible del cuerpo de un varón.

Dicen los libros. ¿Tendrá sensibilidad Miguel? Afirma con la cabeza y me acerca la polla hacia la cara. La levanta y me enseña el frenillo.

Ya sé dónde está el frenillo. La de veces que con la punta de la lengua me he colado por la parte inferior de el glande con el único fin de incrementar el placer de mi pareja.

Se lo recomiendo a todos mis amigas. Esto parece que funciona. Noto como un cosquilleo. Se desliza en dirección a mi cabeza. Creo que ha llegado la hora del orgasmo.

Aquí y ahora. Es el momento en que nada existe. Solo yo y mi paja. Por unos segundos desconecto totalmente del mundo que me rodea y me limito a auto infligirme placer en mayor grado.

Por aquello de darle variedad al espectáculo, deslizo la mano por debajo de la camiseta y corro en busca de alguno de mis dos pechos. Doe con uno y rápidamente pellizco el duro pezón.

Todo esto acontece mientras no ceso de meter y sacar los dedos, por lo que tengo... ...entre las piernas. Quiero que sepáis que... ...corro.

Sí. Éxtasis desatado. Placer. Me encanta. Sí. Tener un orgasmo no tiene nada de malo, pero tenerlo en presencia de Miguel ya es otro cantar.

Abro los ojos con calma y, aún degustando la reciente corrida, y me veo al paquidermo dándole al manubrio. De pronto el chico se entusiasma, salta de felicidad y se aproxima a mí, exclamando en traspavientos.

Ya sale líquido, ya sale. Arrima su glande a mi rostro y, justo cuando me centro en el punto negro del mismo, para ser testigo de tan lujurioso acto, un chorro de esperma de la marca Miguel sale disparada y se estrella en mi cara, empapándome con entero.

Labios, nariz, pestañas, cejas... Quedo prácticamente cubierta de materia blanca y pegajosa, mientras escucho como banda de sonido los inhumanos jadeos del chico.

Berrea como un animal en celo, al mismo tiempo que termina de descargar sus semen sobre mí. Eres un cerdo alegrito enfadada. Por lo menos podrías haberme avisado de que todo era una broma, pero el pobre elemento lo único que sabe hacer es reírse y reírse mientras su poña se va volviendo a su aspecto inicial.

Y, por cierto, no es lo que se dice bonito. Estas cosas me pasan por ser idiota. No sólo entre cejudo coleccionista de colillas me ha dejado mojada con su lefa, sino que encima me he quedado con las ganas de ver ese famoso liquidillo que sale por el orificio del glande de un hombre antes de correrse. Lastima.

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