Reconquistando a mi marido
El aburrimiento sexual y la búsqueda del pleno placer me hizo verme obligada a reconquistar a mi marido, a demostrarle lo que necesito y lo guarra que soy. Para mi suerte, su reacción fue de lo más positiva.
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El aburrimiento sexual y la búsqueda del pleno placer me hizo verme obligada a reconquistar a mi marido, a demostrarle lo que necesito y lo guarra que soy. Para mi suerte, su reacción fue de lo más positiva.
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Muchos hombres prefieren que las mujeres se casen vírgenes, para que no sepan lo que se pierden. Eso mismo me ocurrió a mí. Los primeros años de matrimonio con Antonio fueron de película romántica.
Parecía que era la protagonista de uno de esos films en los que la chica se casa con el macho de su vida. Yo con mi esposo no tenía ninguna queja, pues pensaba que un coito no podía durar más de cinco minutos y que los penes no medían más de 10 centímetros.
Mi amiga, me pusieron la mosca detrás de la oreja al explicarme todo lo que sus maridos no daban de sí en el catre. Tanto se quejaban que acabé convenciéndome de que eran unas hipócritas, que si no eran felices en la cama era por su culpa, pues no le contaban a la pareja cómo debía de hacerles el amor.
Ingenua de mí, no quise caer en la misma trampa que ellas y le dije a mi marido todo lo que esperaba de él en el momento de follar. Incluso le confesé unas cuantas fantasías eróticas.
El muy cabrón ni me respondió. Pasó de mí y me miró como si fuera una golfa que se vende por placer. Con lo cabezota que soy yo, su pasotismo sólo hizo que animarme más en mi empeño, en que se esmerase más en el meteisaca.
Cada noche, cuando volvía del trabajo justo antes de ir a dormir, le enumeraba mis frustraciones y él me contestaba con monosilabos, sin saber cómo reaccionar.
Se daba cuenta perfectamente de que en casa tenía una mujer insatisfecha. Le dejé muy claro desde el principio que no deseaba deprimirle, que le amaba profundamente y que follar bien se puede aprender.
Tanto le atosigué que acabó por convertirse en un pelele impotente al que le daba pereza en meterla en caliente porque teme de fraudar, porque no sabe moverse como el pollactor de un largo metraje clasificado con la letra X.
Si quería recuperar su vidilidad, tenía que pasar a la acción. Un día, cuando descansaba sobre la cama después de comer, me abracé a él, desabroché esa camisa, la lancé por el aire y le mordí los pezoncitos como si fueran caramelos.
Me lancé sobre su espalda y recorrí toda su columna vertebral con mi lengua. La cosa le gustaba y su polla empezó a crecer y crecer hasta ponerse morcillona.
Me arrancó la poca ropa que llevaba encima con la ira de un violador y posó sus manos sobre mis pechos. Estaba cachonda y dispuesta a todo con tal de que jodiera como un hombre.
Me dejara el chocho hecho unos zorros y me abriera por primera vez la puerta trasera. Estaba excitado, como loco, completamente salido, pero su verga aún no había alcanzado las proporciones de la noche de bodas.
Para conseguir esa dureza y esos centímetros, me puse manos a la obra, es decir, se la cogí y le paje con furia. Estuve un buen rato agitando ese trozo de carne, suficiente para que se pusiera como una piedra.
Cuando empezó a dolerme la mano, paré en seco, pues no quería que se corriera antes de hora. Con él, unos cuantos movimientos de muñeca, conseguí ponerlo a cien.
La encendí de tal forma que me tiró con brusqueda sobre la cama y empezó a besarme el cuello. Con la lengua me limpió las orejas, pringió de babas mi nuca y me arrancó pelos de cabello con sus dientes.
A la vez sus manos empezaban a explorar mis caderas y el monte de Venus hasta dar con la raja y el clitorix. Sus caricias me hicieron perder el sentido.
Volví a recuperarlo cuando plantó el plátano en mi bosque tropical. Lo introdujo en el coño rozando los labios. Al principio la metió y la sacó despacito, pero después aceleró el ritmo.
Estuvo así durante un cuarto de hora y frenó en seco. Creía que ya se había corrido o que estaba a punto. No era así. Se detuvo para darle tiempo a la polla, para crecer un par de centímetros más, hasta alcanzar una medida que yo desconocía.
Aún así, no me dolía en absoluto, pues con su vaivén había conseguido lubricarme la galería genital. Dejarme la pringosa de jugos, hecho que permitía que se deslizara sin problemas.
Siguió, dale que te pego clavándomela hasta los ovarios y haciéndome gritar de placer y dolor durante una hora. Cuando la sacó, me la acercó a la boca y me pidió que se la chupara.
Creía que iba a verter el sémene en mis labios. Pero lo cierto es que deseaba que se la ensalivara para romperme el culo. Antes de intentarlo, me preguntó si lo deseaba.
Yo asentí con la cabeza y él colocó el glande en la diana, dispuesto a taladrarme. Empezó el mete saca y creí morirme. Le pedí que parara, que la sacara cuanto antes.
Muy a pesar suyo, me obedeció. Le agarró con la mano y empezó a masturbarse. Le pedí que parara, que no siguiera. Que deseaba que volviera a intentarlo.
Necesitaba más lubricante. Necesitaba un buen escupitajo en todo ese agujero enrojecido. Descargó la saliva y la colocó nuevamente en la entrada.
Empujó y la insertó de un solo movimiento, arrancándome un grito desgarrador y unos cuantos lagrimones, mientras me penetraba por detrás. Me acariciaba el coño y el clítoris proporcionaba tanto placer que me hizo correr dos veces seguidas.
Mi culo se contorsionaba, se agitaba de arriba y abajo, mientras ese salchichón rozaba el recto. Ahora me arrepentía de no haberlo probado antes y me juraba a mí misma que aquella no iba a ser la última vez de mi vida, en que sería sodomizada.
Y dada la cara de satisfacción que ponía mi esposo, estaba segura de que lo repetiría de nuevo si yo le dejaba. Y yo le iba a dejar. Me estaba trabajando el ano como un auténtico maestro, como si fuera un bisexual que le pone los cuernos a su mujercita con cualquier marinero cachas que encuentra por la calle.
Tanta habilidad me hizo sospechar que de niño en el colegio hubiera jugado con sus compañeros de clase a ciertos jueguecitos, aunque con lo que le gustan las mujeres, lo más seguro es que prefiriera el de los médicos.
Sus pacientes habrían sido niñas a las que les hubiera recetado un supositorio de carne que él mismo aplicaría tras la consulta. En estos instantes placenteros, mi imaginación se desbordó y él no tardó mucho en eyacular, en pintarme el recto de blanco.
Cuando les conté a mis amigas mi experiencia, ellas me respondieron que estaba loca, cómo le permitía a mi marido hacerme esas cosas. Entonces me di cuenta de que no solo eran unas hipócritas, sino también unas estrechas. Ellas, al igual que yo, se casaron vírgenes y siguen siéndolo, al menos por el culo.