Hace un par de meses leí un artículo en una revista sobre los cuartos oscuros y
lo cierto es que me dio tan el morbo que quise comprobar por mí misma si lo que
ponía en aquellas páginas se aproximaba a la realidad.
Ya había ido más de una ocasión a una sala X con mi anterior novio.
Ninguno de
los dos trabajaba y ambos vivíamos en casa de los papás, por lo que si
queríamos un poco de intimidad no teníamos más remedio que al tirar una
habitación en un moble o alguna pensión barata.
Pero como no teníamos dinero
debíamos conformarnos con ir a un lugar silvestre solitario y apartado de la
ciudad o sentarnos en la fila de los mancos en uno de esos cines en los que
únicamente se exhiben filmes pornográficos.
Al principio me daba mucho
corte ir a una sala X.
Me ponía muy nerviosa al sentirme observada, al
advertir como había alguien se acercaba poco a poco y se sentaba en
nuestra fila para no perderse detalle.
Luego fui acostumbrándome y al final me
excitaba la idea de tener espectadores que se pajeaban viéndome follar.
Allí todos iban a su rollo y nosotros nos los montábamos pasando de los
mirones.
La primera vez mi novio y yo nos pusimos en el rincón más oscuro de la
platea.
Con la penumbra como cuartada le baje la cremallera del pantalón
se la saqué con disimulo.
Se la ameneé un poco, se la puse dura y se la mame hasta
que se corrió en mi boca.
La segunda hicimos más o menos lo mismo, aunque él
se mostró mucho menos pasivo al meterme su mano por debajo de mis bragas y jugar
con mi conejito.
Me lo sobo hasta que sus dedos se quedaron pringosos con mis
jugos vaginales.
A la tercera fue la vencida y en aquella ocasión me
libiré de mi timidez.
Le puse un condón, me subí las faldas, me senté encima y
cabalgué hasta oír crujir la butaca.
Mientras subía y bajaba él me
desabrochó a los botones de la blusa, liberó mis pechos y me los agarró
firmemente.
Estaba tan salido que no tardó en correrse.
Ya ves, mis polvetes
en un cine X.
Solo tenían de original el lugar donde se ejecutaban, por lo demás
eran bastante inocentes.
Muchas veces nos proponían montar un trío y alguien se
atrevía a meterme manos sin pedir permiso, pero cuando yo sentía unos dedos
que no eran los de mi novio, me levantaba de la butaca y me cambiaba de
fila.
Nunca dejé que interviniera un tercero.
En ese sentido seguía siendo
bastante pudrosa.
Ahora que no tengo pareja estable, me gusta ir de flor en
flor y enrollarme con que me apetece y sin sentirme mal por ello o dar
explicaciones a nadie.
Por ello lo de acudir sola a un cuarto oscuro y seducir
a todo maromo que se me pusiera a tiro tenía bastante más aliciente que lo de
ir con el loviete a hacer manitas a escondidas.
Participar en una orgía en donde una pueda mirar a los demás al tiempo que
se aborda por varios hombres a la vez es una de mis fantasías sexuales.
Aunque
la mayoría de esos tipos prefieren a los de su propio sexo ojalá pudiera
entrar en una sauna de ambiente para curiosear un poquillo y ver a unos
cuantos tíos con bigote morrearse y chupársela mutuamente.
Eso sí que me
daría morbo mucho más que los films de temática gay que alquilo para los
momentos de soledad.
Me parece a mí que aunque me cortara el pelo a lo chico mis
pechos y la carencia de cierto trozo de carne colgante me delatarían cuando
tuviera que quitarme la ropa.
Sin embargo hay otro tipo de locales
que donde le permite la entrada a las féminas y que tienen también sus
habitaciones en penumbra para que la gente derrienda a su calentura.
El mencionado artículo citaba una discoteca con un cuarto oscuro de esos
que era frecuentado mayoritariamente por homosexuales aunque ocasionalmente se
colaban bisexuales y chicas aventureras como yo a vidas de nuevas experiencias.
Estuve varias semanas pensando si me presentaba allí o no.
Finalmente me armé
de valor y fui un jueves por la noche.
No sé si era el mejor día de la semana.
Sé que aquello iba a estar más tranquilo que un viernes un sábado por
la noche y para ser la primera vez prefería que no estuviera muy abarrotado.
Me planteé en la discoteca sin buscar nada en concreto, tan sólo con la
curiosidad de ver cómo era un sitio de esos, de observar a los tíos haciendo el
amor, de intentar participar en esos encuentros carnales.
Albergaba la
esperanza de poder meter mano a algún paquete, de jugar con un hombre
corpulento, de tontear con una buena polla y si la cosa iba más, bueno, pues
ya se vería.
Tan sólo dejar mi cazadora en el guardarropía.
Me fui a la barra,
pedí una copa y me di un garbeo hasta dar con el cuarto de marras.
No era
cuestión de preguntar a los camareros o a la clientela donde se encontraba.
Podrían haber pensado mal de mí, aunque lo concernente al sexo vaya muy lanzada.
Hay situaciones que todavía me dan mucha vergüenza.
Debía de arde con él yo
misma.
Afortunadamente no me costó mucho encontrarlo.
El lugar estaba muy, pero que
muy oscuro y no veía nada.
Tan sólo escuchaba gemidos y jadeos y
notaba como alguien se la estaba chupando a alguien.
Poco a poco mis pupilas se fueron adaptando y pude vislumbrar algunas
sombras y bultos.
Me acerqué a uno de ellos.
Allí había un muchacho joven y
delgado que se la mamaba a otro tipo alto, fornido y cuarentón.
El chico la
succionaba con gula y no era para menos, pues la verga de aquel maduro era de
campeonato.
Aquella escena me puso cachonda, por lo que busqué una presa a
la que poder acariciarle el paquete.
Pronto advertí que todo no era la única
persona que estaba contemplando aquella afelación.
Había un hombre que no
perdía detalle.
Me acerqué a él con disimulo y le toqué las partes por
encima del pantalón.
Noté que la tenía completamente recta.
Así que le bajé la
cremallera y se la saqué para manoseársela.
Él intentó hacer otro tanto y
al darse cuenta de que yo era una mujer, se apartó de mí, dándome a entender
de que a él no le iba el rollo heterosexual.
Bueno, mala suerte.
Quizá me
fuera mejor con el siguiente.
En menos de cinco segundos encontré otro candidato.
Me acerqué a él y empecé a meterle mano.
El individuo no respondía muy bien ante
mis ataques.
Pronto se percató de que yo no era de su propio sexo y empezó a
calentar los motores.
Había dado con uno de esos bisexuales ocasionales que se
conforman con lo que pueden cuando no tienen una tía a su disposición.
Puso sus manos sobre mis pechos y los estrujó.
Luego me subió el jersey y los
liberó.
Así podría besarlos libremente.
Su manoseo me puso muy cachonda.
Tanto que
me agaché.
Me puse de rodillas frente a su verga.
Se la comí.
Me la tragué hasta
la base.
No la tenía muy grande, por lo que me cabía toda en la boca.
Fui
chupando y chupando hasta que la parto de mi cara.
Debía de estar a punto de
correrse y quería prolongar más el encuentro.
Saco un condón del bolsillo, se
lo colocó en el pene y me dijo con borronca, te voy a follar.
Me bajó los pantalones, hizo otro tanto con las barragas, se puso detrás mío y
me la enchufó en el orificio de delante, clavándome la de un solo intento.
La tenía dentro de mí y me proporcionaba un escalofrío y un calorcillo
muy agradable.
Empezó a bombear como un poseso.
Su polla se clavaba con fuerza,
igual que lo hacía su aliento en mi nuca.
Empecé a gemir y gemir cuando alguien
colocó su pene en mi mano.
No me lo pensé dos veces.
Lo cogí y agité con brúsqueda
y solo paré cuando unas gotas de líquido espeso y pegajoso resbalaron por mis dedos.
Aquel segundo tipo desapareció y pronto fue reemplazado por otro que me agarró
por la nuca y me obligó a llamársela.
Algo que yo hice encantada.
Mientras mi
primera conquista seguía de darle que te pego, hundiéndomela en la vagina hasta
que se quedó completamente en móvil.
Se había corrido.
El muchacho la sacó y se
fue sin decir palabra.
Se había percatado de que tenía la boca ocupada y que me era
imposible intercambiar con él algunas palabras.
A los pocos minutos de estar
saboreando la otra vara de carne, ésta empezó a desinflarse.
Pues también se
había corrido y yo sin darme cuenta.
También se fue sin decirme ni pío.
Se ve
que en estos cuartos todos van a su rollo y nadie se dice nada.
Yo ya estaba
satisfecha así que le di calabazas a otro tipo que ya se había aproximado a
mí con calientorientas aspiraciones.
Me subí los pantalones y las bragas.
Salí
del cuarto oscuro.
Me fui al servicio.
Me repase los labios con el lápiz y fui al
guardarropía.
Cogí la cazadora y salí de la discoteca prometiéndome volver
algún día de estos antes de que acabe el año.