Relatos Hablados

En el cuarto oscuro

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Tenía mucha curiosidad por visitar el cuarto oscuro de un club de ambiente y un jueves por la noche me decidí. Algunos se mostraban más receptivos que otros conmigo, pero, en definitiva, me lo pasé fenomenal rodeada de tantas pollas.

Tenía mucha curiosidad por visitar el cuarto oscuro de un club de ambiente y un jueves por la noche me decidí

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Voz por BellaPerrix
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Hace un par de meses leí un artículo en una revista sobre los cuartos oscuros y lo cierto es que me dio tan el morbo que quise comprobar por mí misma si lo que ponía en aquellas páginas se aproximaba a la realidad.

Ya había ido más de una ocasión a una sala X con mi anterior novio. Ninguno de los dos trabajaba y ambos vivíamos en casa de los papás, por lo que si queríamos un poco de intimidad no teníamos más remedio que al tirar una habitación en un moble o alguna pensión barata.

Pero como no teníamos dinero debíamos conformarnos con ir a un lugar silvestre solitario y apartado de la ciudad o sentarnos en la fila de los mancos en uno de esos cines en los que únicamente se exhiben filmes pornográficos.

Al principio me daba mucho corte ir a una sala X. Me ponía muy nerviosa al sentirme observada, al advertir como había alguien se acercaba poco a poco y se sentaba en nuestra fila para no perderse detalle.

Luego fui acostumbrándome y al final me excitaba la idea de tener espectadores que se pajeaban viéndome follar. Allí todos iban a su rollo y nosotros nos los montábamos pasando de los mirones.

La primera vez mi novio y yo nos pusimos en el rincón más oscuro de la platea. Con la penumbra como cuartada le baje la cremallera del pantalón se la saqué con disimulo.

Se la ameneé un poco, se la puse dura y se la mame hasta que se corrió en mi boca. La segunda hicimos más o menos lo mismo, aunque él se mostró mucho menos pasivo al meterme su mano por debajo de mis bragas y jugar con mi conejito.

Me lo sobo hasta que sus dedos se quedaron pringosos con mis jugos vaginales. A la tercera fue la vencida y en aquella ocasión me libiré de mi timidez.

Le puse un condón, me subí las faldas, me senté encima y cabalgué hasta oír crujir la butaca. Mientras subía y bajaba él me desabrochó a los botones de la blusa, liberó mis pechos y me los agarró firmemente.

Estaba tan salido que no tardó en correrse. Ya ves, mis polvetes en un cine X. Solo tenían de original el lugar donde se ejecutaban, por lo demás eran bastante inocentes.

Muchas veces nos proponían montar un trío y alguien se atrevía a meterme manos sin pedir permiso, pero cuando yo sentía unos dedos que no eran los de mi novio, me levantaba de la butaca y me cambiaba de fila.

Nunca dejé que interviniera un tercero. En ese sentido seguía siendo bastante pudrosa. Ahora que no tengo pareja estable, me gusta ir de flor en flor y enrollarme con que me apetece y sin sentirme mal por ello o dar explicaciones a nadie.

Por ello lo de acudir sola a un cuarto oscuro y seducir a todo maromo que se me pusiera a tiro tenía bastante más aliciente que lo de ir con el loviete a hacer manitas a escondidas.

Participar en una orgía en donde una pueda mirar a los demás al tiempo que se aborda por varios hombres a la vez es una de mis fantasías sexuales.

Aunque la mayoría de esos tipos prefieren a los de su propio sexo ojalá pudiera entrar en una sauna de ambiente para curiosear un poquillo y ver a unos cuantos tíos con bigote morrearse y chupársela mutuamente.

Eso sí que me daría morbo mucho más que los films de temática gay que alquilo para los momentos de soledad. Me parece a mí que aunque me cortara el pelo a lo chico mis pechos y la carencia de cierto trozo de carne colgante me delatarían cuando tuviera que quitarme la ropa.

Sin embargo hay otro tipo de locales que donde le permite la entrada a las féminas y que tienen también sus habitaciones en penumbra para que la gente derrienda a su calentura.

El mencionado artículo citaba una discoteca con un cuarto oscuro de esos que era frecuentado mayoritariamente por homosexuales aunque ocasionalmente se colaban bisexuales y chicas aventureras como yo a vidas de nuevas experiencias.

Estuve varias semanas pensando si me presentaba allí o no. Finalmente me armé de valor y fui un jueves por la noche. No sé si era el mejor día de la semana.

Sé que aquello iba a estar más tranquilo que un viernes un sábado por la noche y para ser la primera vez prefería que no estuviera muy abarrotado.

Me planteé en la discoteca sin buscar nada en concreto, tan sólo con la curiosidad de ver cómo era un sitio de esos, de observar a los tíos haciendo el amor, de intentar participar en esos encuentros carnales.

Albergaba la esperanza de poder meter mano a algún paquete, de jugar con un hombre corpulento, de tontear con una buena polla y si la cosa iba más, bueno, pues ya se vería.

Tan sólo dejar mi cazadora en el guardarropía. Me fui a la barra, pedí una copa y me di un garbeo hasta dar con el cuarto de marras. No era cuestión de preguntar a los camareros o a la clientela donde se encontraba.

Podrían haber pensado mal de mí, aunque lo concernente al sexo vaya muy lanzada. Hay situaciones que todavía me dan mucha vergüenza. Debía de arde con él yo misma.

Afortunadamente no me costó mucho encontrarlo. El lugar estaba muy, pero que muy oscuro y no veía nada. Tan sólo escuchaba gemidos y jadeos y notaba como alguien se la estaba chupando a alguien.

Poco a poco mis pupilas se fueron adaptando y pude vislumbrar algunas sombras y bultos. Me acerqué a uno de ellos. Allí había un muchacho joven y delgado que se la mamaba a otro tipo alto, fornido y cuarentón.

El chico la succionaba con gula y no era para menos, pues la verga de aquel maduro era de campeonato. Aquella escena me puso cachonda, por lo que busqué una presa a la que poder acariciarle el paquete.

Pronto advertí que todo no era la única persona que estaba contemplando aquella afelación. Había un hombre que no perdía detalle. Me acerqué a él con disimulo y le toqué las partes por encima del pantalón.

Noté que la tenía completamente recta. Así que le bajé la cremallera y se la saqué para manoseársela. Él intentó hacer otro tanto y al darse cuenta de que yo era una mujer, se apartó de mí, dándome a entender de que a él no le iba el rollo heterosexual.

Bueno, mala suerte. Quizá me fuera mejor con el siguiente. En menos de cinco segundos encontré otro candidato. Me acerqué a él y empecé a meterle mano.

El individuo no respondía muy bien ante mis ataques. Pronto se percató de que yo no era de su propio sexo y empezó a calentar los motores. Había dado con uno de esos bisexuales ocasionales que se conforman con lo que pueden cuando no tienen una tía a su disposición.

Puso sus manos sobre mis pechos y los estrujó. Luego me subió el jersey y los liberó. Así podría besarlos libremente. Su manoseo me puso muy cachonda.

Tanto que me agaché. Me puse de rodillas frente a su verga. Se la comí. Me la tragué hasta la base. No la tenía muy grande, por lo que me cabía toda en la boca.

Fui chupando y chupando hasta que la parto de mi cara. Debía de estar a punto de correrse y quería prolongar más el encuentro. Saco un condón del bolsillo, se lo colocó en el pene y me dijo con borronca, te voy a follar.

Me bajó los pantalones, hizo otro tanto con las barragas, se puso detrás mío y me la enchufó en el orificio de delante, clavándome la de un solo intento.

La tenía dentro de mí y me proporcionaba un escalofrío y un calorcillo muy agradable. Empezó a bombear como un poseso. Su polla se clavaba con fuerza, igual que lo hacía su aliento en mi nuca.

Empecé a gemir y gemir cuando alguien colocó su pene en mi mano. No me lo pensé dos veces. Lo cogí y agité con brúsqueda y solo paré cuando unas gotas de líquido espeso y pegajoso resbalaron por mis dedos.

Aquel segundo tipo desapareció y pronto fue reemplazado por otro que me agarró por la nuca y me obligó a llamársela. Algo que yo hice encantada.

Mientras mi primera conquista seguía de darle que te pego, hundiéndomela en la vagina hasta que se quedó completamente en móvil. Se había corrido.

El muchacho la sacó y se fue sin decir palabra. Se había percatado de que tenía la boca ocupada y que me era imposible intercambiar con él algunas palabras.

A los pocos minutos de estar saboreando la otra vara de carne, ésta empezó a desinflarse. Pues también se había corrido y yo sin darme cuenta.

También se fue sin decirme ni pío. Se ve que en estos cuartos todos van a su rollo y nadie se dice nada. Yo ya estaba satisfecha así que le di calabazas a otro tipo que ya se había aproximado a mí con calientorientas aspiraciones.

Me subí los pantalones y las bragas. Salí del cuarto oscuro. Me fui al servicio. Me repase los labios con el lápiz y fui al guardarropía. Cogí la cazadora y salí de la discoteca prometiéndome volver algún día de estos antes de que acabe el año.

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