Relatos Hablados

Infiel y malvada

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A mí marido le pongo los cuernos por vicio, así de claro. Tengo 32 años, me vuelven loca los jovencitos y las situaciones de riesgo, me gusta verlos sintiendo el miedo de que el bruto del marido los pueda pillar, me vuelve loca verlos excitados y asustados al mismo tiempo, mientras me follan como una puta.

A mí marido le pongo los cuernos por vicio, así de claro

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Voz por BellaPerrix
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Muchas mujeres le ponen los cuernos al marido y cada una de ellas tiene su móvil. Unas se casaron con el hombre equivocado y se la pegan con el amor de su juventud.

Otras, sin embargo, encuentran su verdadero amor años después de emparejarse. Y así que tan solo quieren vivir una aventura para dar un toque de color a una vida gris, porque su pareja ya no les satisface o no está a su lado cuando les apetece un revolcón.

También les hay fogosas, de esas que nunca tienen suficiente y viciosas, que ambicianan experiencias extremas que superen en lo más guarro de las películas guarras.

Las hay maduras que tienen sus redes a los jovencitos para sentirse deseadas y obtener en esos coitus furtivos la inyección de moral que les levanta el ánimo y les estire la piel.

Cada una tiene su razón para ser infiel y hay motivos suficientes como para llenar un libro. ¿Por qué le pongo un buen par de pitones a mi esposo?

¿Dónde encajo yo en estos ejemplos? Amo mi marido con locura y me sabe mal engañarle con otros. No tengo un amante fijo, tan solo me acuesto con tiernos jovencitos del todo anónimos, ligues rápidos y compulsivos.

No soy ninguna infanticida y a mis 32 años tampoco necesito de niñatos para sentirme deseada. Tengo un buen físico, mis piernas son largas y firmes, unas pantorrillas gruesas y duras, mi cintura es estrecha, poseo una cara bonita, un culo con un buen par de mofletes y gasto la talla 90 de sujetador.

Así que por el momento no necesito flirtear para afianzar mi autoestima. Lo hago por puro vicio, aunque no en el sentido más lúbrico del término.

A mí no me va el sexo por sexo y mucho menos el sexo extremo, las rarezas o las cochinadas. Me van los chicos tímidos, de esos a los que les cuesta bajarse los pantalones, aunque te tumbes en la gama frente a ellos, completamente desnuda, y con las piernas abiertas.

Los muchachitos, cortados a los que hay que decirles en todo momento lo que tienen que hacer y que siempre follan medio mojonados. Me excita verles temblar de ansiedad y impaciencia, son tan retraídos que hasta piden permiso para chuparte los pechos.

Cuando se los está resegando por la cara, esa extraña combinación entre timidez, ansiedad y asifia y pánico es lo que humedece mi triángulo de las bermudas, esa zona del cuerpo donde desaparecen los barcos.

Están tan hambrientos y desesperados por catar un par de pechugas, que me siguen el juego, aunque al final este no sea de su agrado. Me chiflan los films de terror y cuando me llevo un amante a casa, siempre acabo montándome mi película de miedo.

Me casé con un tipo que tiene la misma apariencia que un boxador sonado de la categoría de los pesos pesados. Trabaja en el matadero y es tan bruto que si me descubriera en la cama con otro, me abriría el canal como una vaca.

Mi amante tampoco se libra de una buena somanta de palos, le haría carne picada y su familia tendría que entrarlo en varias fiambreras. El placer de follar.

En casa, con completos desconocidos, está en correr el riesgo de que puedan pillarte. Yo sé que mi marido es una bestia, celoso. Y además, también se lo hago saber a ellos.

Al final casi siempre pueden más las ganas de joder que el miedo. Muchas veces la balanza se equilibra y ese es el momento perfecto del coito, y en ocasiones, más desde las que yo quisiera, se dedican por la interrupción, el bloqueo, el pánico total.

Y es cuando se visten y se van y me dejan con las ganas. Más de uno se ha ido empalmado, sin poder abrocharse la cremallera, con un buen recalentón y a punto de verter su néctar sagrado.

Disfruto viéndola este enviar de miedo, con la cara pálida como el papel y tragando saliva, y aún así con el miembro erecto y tan piso como la picha de un horcado.

Me encanta esa forma de hacer el amor tan excitante y un tanto peligrosa, si bien procuró no correr riesgos inútiles, aunque ellos no lo sepan.

Antes de llevármelos a la cama, preparo el escenario para ir acojonándolos un poco. Primero les pregunto si tienen sed y quieren beber algo.

Siempre aceptan la invitación. Les digo que vayan a la nevera y se sirvan ellos mismos. Cuando le entran en la cocina, lo primero que ven es una gran macheta sobre la mesa, uno de esos grandes cuchillos que utilizan los carniceros para partir los huesos y despedazar la carne.

La cocina va al tendedero. Procuro tener la puerta abierta para que puedan contemplar los delantal gigantescos, replizos de lamparones de sangre que cuelgan de los alambres.

Tras fijarse en todos estos objetos, me preguntan en qué trabaja mi marido. Cojo mi monedero, lo abro y extraigo una foto de él. En ella aparece con traje de faena.

Cuando lo ven, con su cara de bestia y su sonrisa de sádico, empiezan a sudar de miedo. Antes de que puedan pensarse lo mejor y decidan tomar las de Villadiego, les pejo un buen morreo.

Les introduzco la lengua hasta el esófago, les meto la mano en el paquete y les bajo la cremallera del pantalón. Les extraigo el miembro y se lo meneo para ponérselo duro.

Cuando ya están a punto, me arrodilló y me la introduzco en la boca. La chupo con mucha suavidad, tomándome mi tiempo y conteniéndome la astivia, para no asustar más al muchacho, como si fuera consciente, de la poca experiencia que tiene, el tipo que acabo de camelarme.

Antes de que la cosa se caliente más de la cuenta o pueda enfriarse, les llevo hasta el dormitorio. Allí les tumbo sobre la cama y les quito la ropa casi casi arrancándosela.

Una vez están desnudos, les muestro mis pechos grandes y jugosos. Al principio ponen cara de tonto, como si no hubieran visto nunca unos de la talla 90.

Se los coloco en la cara y les ordeno que me los chupen y baboseen. Con un par de lenguetazos se ponen duros como rocas, con los pezones en punta como si fueran a dispararse de un momento a otro.

Ellos no paran de mamar, comportándose como críos de teta, chupan y chupan alternando uno y otro pecho. Parece que no saben por cuál decidirse.

Ambos son grandes y jugosos, duros, pero tan tiernos como una fruta madura. Les gustan tanto que hagan por clavarme los dientes. Afortunadamente no me dejan las marcas.

Si así fuera, no sé qué explicación le daría a mi esposo. Me saco la falda y las bragas nintas se entretienen manoseando mis globos y me coloco encima de ella, sentándome sobre su miembro.

En ese instante estoy tan caliente y pringada de jugos vaginales que se introduce como si me hubieran lubrificado con una crema. Noto cómo se pliaba y cómo se desliza, cómo va endureciéndose, cómo choca contra mis paredes vaginales y mis labios mayores y menores se adhieren a su pubis.

Le siento en todo momento y aún así no me hace daño, todo lo contrario. Me hace gozar hasta el infinito. Solo fijar en el rostro de los muchachos.

Algunos cierran los ojos y abren la boca igual que un mal actor porno que va a correrse. Otros me miran fijamente como si no supieran que está sucediendo.

La mayoría pone cara de tonto, la misma que pondrían si vieran una aparición. Son felices. Hasta que escuchan el sonido del ascensor, que es cuando se percatan que están poniendo los cuernos a un tipo que puede entrar en la casa en cualquier instante e inmolable.

En esos instantes tragan saliva e intentan aguantar al tipo. Su nede recorre el cuello como un funicular y sus sienes se hinchan al igual que la piel del escroto.

Sus testículos se encogen, se ponen duros como si aguardasen una patada mientras el pene pierde parte de su rigidez y hombría, escondiendo la cabeza como si esperara un buen tapón.

Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para conseguir que no se venga abajo y que no se encoja como una culebrilla. Me concentro y le cabalgo con toda mi furia mientras sus orejas siguen pendientes de la puerta de la entrada.

Cuando escuchan que el ascensor se detiene en el rellano de la escalera, empiezan a temblar. Quieren seguir follando conmigo, pero también quieren salir corriendo.

Son como un portero frente a un penalti, en la prórroga y en una final. Su corazón va cien y no saben si podrán aguantar la presión. Pero su orgullo de hombre y sus ganas de meterla escondicionan lo suficiente como para seguir al pie del cañón.

Mientras deciden si se van o se quedan, permanecen rígidos como peleles, valideciendo por segundos. Yo sigo a lo mío, miendo las caderas y el culo, serpenteando la columna y procurando atravesar el miembro con las paredes de la vagina.

Contraigo tantos los músculos de la vulva que sujeto su miembro como si lo hiciera con un puño. De hecho, más de una penetración parece que le esté haciendo una paja.

Mi habilidad siempre consigue reanimar el fiambre más abatido. Justo cuando tengo controlada la situación y su virilidad, y he conseguido un par de orgasmos, rizo y rizo.

Primero les tranquilizo contándoles que mi marido no volverá del trabajo hasta las diez de la noche, por lo menos. Y luego, cuando ellos reemplenden la iniciativa y se colocan encima mío, he abierto el contestador automático que tengo en la mesita de noche para que suene una cinta en la que se ha grabado el siguiente mensaje.

Cariño, soy yo, tu matarice. Hoy he salido más pronto del matadero. Te llamo desde el móvil, estoy a punto de llegar a casa. Por favor, arréglate que te llevo al cine a ver una comedia que hoy no estoy de muy buena leche.

Tendrías que dar la cara a Axel, pues, cuando lo escuchan, sudan como cerdos. Tienen tal ataque de pánico que la mayoría se levanta de la cama, se ponen los pantalones y se larga sin despedirse.

Yo intento convencerles para que se queden con besos, mimos y arrumacos, pero no hay manera. Los valientes, los que deciden seguir esta eyacular, no paran de mirar el reloj, y cuanto más prisa les entras, más tardan.

Algunos no lo consiguen, y viendo que no hay manera, pierden la elección y se agobian. Se visten y se van. Otros prefieren pajearse para acabar rápido, y aún así les cuesta un buen rato, y un buen movimiento de muñecas.

Lo sé que ni así, que después de darle al manubrio acaban con el perpucio retado y la palma de la mano tan enrojecida, que parece que hayan estado haciendo palmas toda la semana.

Me halaga que prefieran apurar el tiempo conmigo aún temiendo por su propia integridad física. Reconozco así un poco sádica. Pero qué le vamos a hacer, me divierto tanto viendoles pasar tan mal, cuando deberían estar disfrutando del mejor polvo de su vida, que no puedo reprimirme.

Con el tiempo, recordarán la experiencia, se reirán, y la comentarán a sus amigos. Seguro que cuentan que un día se lo hicieron con una tía que estaba buenísima, y que estuvieron a punto de ser pillados por su marido. Un tipo muy, pero que muy peligroso. No, si al final me lo tendrán que agradecer.

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