Me llamo Cristina, tengo 35 años y el sexo normal y cotidiano hace años que dejó de
interesarme.
A mí lo que me gustan son los juegos sadomasoquistas, en los que interviene
un vestuario fetichista, látigos y otros objetos para infligir dolor y un lugar lúgubre
y siniestro donde estar incómoda.
A más de uno o una les parecerá una pesadilla lo
que les voy a contar a continuación y quizá les suene a relato de terror, pero a mí me
pone muy cachonda.
Cada cual se divierte como quiere, siempre que no haga daño a los demás
ni se lo haga a sí mismo.
Para mí es un juego y nada más, aunque hay quien lo considere
una forma de vida.
A mí lo que me pone es que me zurren dentro de un límite, por supuesto.
Hace un par de años yo no sabía nada sobre el mundillo del sadomasoquismo, ni me imaginaba
que había quien pagaba dinero por recibir una somanta de palos.
Nunca había presenciado una
buena sesión de sadomaso y aún menos había participado.
Un día alquilé una película de
vídeo de esta temática y la verdad es que no sólo me gustó sino que incluso me puso a cien.
Quería experimentar en mis propias carnes todo ese dolor y humillación, por lo que empecé a
comprar revistas de contactos para ver si así podía contactar con algún grupo que se dedicara
a ello.
Encontré un anuncio que me hizo Tilín, así que llamé al número de teléfono que ponía
y quedé con un joven matrimonio.
Estuvimos en un bar tomando unas copas y me parecieron ambos
encantadores.
Me invitaron a una fiesta particular en una casa de las afueras de la ciudad.
Me animaron
a ir y me comentaron que me lo iba a pasar muy bien.
Pues me armé de valor y me presenté en la
casa.
Ellos me invitaron a entrar con mucha amabilidad y me condujeron hasta el sótano,
un sitio en lujo, brillo, oscuro y pintado de rojo.
Allí permanecí sola durante una media hora,
hasta que apareció una mujer alta, hermosa, vestida con un traje de látex.
Cuando le fui a dar la mano,
ella me escupió en la boca y me dio un par de bofetones que me hincharon las mejillas.
—Desnuda, te puta— me ordenó.
Yo la obedecí y me lo quité todo.
Una vez desnuda, me pegó una
patada en el culo y me tiró.
Luego me encadenó de pies y manos y en mi cuello me colocó una
correa de perro.
Me arrastré torpemente por el suelo y me puse de rodillas junto a mi ama.
Me
encontraba cómoda en esa posición humillante, servil.
Me fascinaba estar atada y encadenada,
mientras todo mi cuerpo era azotado con una fusta.
Me molió a golpes hasta dejarme las nalgas y la
espalda enrojecida.
Luego me vendó los ojos.
Cuando ya no podía ver nada, una mano masculina
me agarró violentamente por la cabeza y me obligó a chupar una polla flácida y pequeña.
No se parecía
a aquellos erectos y gloriosos penes que aparecen en las películas porno.
No sabía con certeza qué
era lo que tenía en la boca, aunque por su inconfundible tacto y sabor me lo imaginaba.
Estaba interpretando el papel de víctima y no se me permitía ver a mi carcelero, que debía de ser
un tipo alto, peludo y con barbas de chivo.
Vamos, repugnante físicamente.
Aquella situación era un
suplico del que yo no quería liberarme.
Me había convertido en una maldita perra obediente que
obedecía a las órdenes de un desconocido, el cual disfrutaba de mi mamada.
Sigue chupando, hija de
puta, gritaba él con tono amenazador.
Ya la tenía erecta, dura y caliente, pero como suspiraba con cada
nuevo lametón supuse que iba a correrse.
No me equivoqué, me ensució los labios y la lengua.
¡Tragátelo todo!
¡Tragátelo, cerda!
Me ordenó un mía muy señor.
Aunque me daba bastante asco,
me bebía hasta la última gota.
Límpiamela bien, reláme con tu lengua la punta, dijo con verdadera
insistencia.
No tuvo otro remedio que repasarle los genitales, incluidos los testículos.
Para mí,
aquel esperma era mejor que cualquier dulce con tanto éxito se anunciaba por la televisión,
porque tenía el sabor de la humillación.
Todos esos castigos eran el entreacto de una verdadera
función de tortura e isado masoquismo, toda una pesadilla para aquellas y aquellos que no estén
familiarizados con la diversión del dolor.
Por el contrario, yo pensaba que en ese lugar, como en
un macabro parque de atracciones construido a mi medida, incluso antes de ser agredida,
yo ya estaba cachonda.
Aquel tipo se sentó sobre mi espalda mientras me atizaba el trasero con una
fusta, me dejó las nalgas al rojo vivo y me puse tan cachonda que en esos instantes me hubiera
encantado que me penetrase.
De violarme el pensamiento, pues empezó a introducir los dedos
en mi recto para sodomizarme a continuación con un enorme consolador mientras me cabalgaba
como una yegua.
Después de haber jugado a los caballitos durante un buen rato y con aquel trozo
de plástico aún en mi recto, me colgó un par de pinzas de madera en los labios mayores de la vagina.
También rodeó mis pechos con una cadena fría y delgada y la encadenó a una barra que tenía
fijada en el techo.
Suspendida en el aire, me di cuenta de que la cosa iba cada vez más en serio.
Hasta el momento todos los golpes que había recibido eran caricias.
Mi amo me sacudió una
buena galleta en pleno estómago con una pala de cuero.
A este golpe le siguieron otros,
aunque con diferentes instrumentos.
Mi verdugo nunca utilizó las manos para tal menester,
aunque a mí me hubiera excitado todavía más.
En toda aquella tarde afortunada y placentera no se
me ocurrió gritar ni de dolor ni de placer.
No dije absolutamente nada de nada y me mostré muy
sumisa, obedeciendo a mi señor en todo.
Tan solo estuve en desacuerdo con mi verdugo cuando dio por
finalizada la sesión.
Le imploré que siguiera maltratándome, pero me ignoró.
Me dio un no por
respuesta y prometió partirme la boca en una próxima ocasión.
La pareja que me inició en ese
mundo sadomasoquista está muy satisfecha con mi comportamiento y ha prometido invitarme a una
próxima fiesta.
Estoy impaciente por volver a vivir todo ese suplicio, que no es nada comparado
con el tormento de suponer esperar el día a día su llamada de teléfono.