Relatos Hablados

Soy puta porque me gusta

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Empecé muy joven comiéndole los rabos a mis amigos a cambio de regalitos, pequeñas cantidades de dinero y similares. Mi poco decente pero satisfactoria vocación me hizo forjarme poco a poco en el oficio hasta llegar a convertirme en la puta que soy hoy en día.

Empecé muy joven comiéndole los rabos a mis amigos a cambio de regalitos, pequeñas cantidades de dinero y similares

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Voz por BellaPerrix
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Nunca fui una chica tímida, y menos con los hombres. A los 15 años ya les comía el rabo a los chavales que eran buenas conmigo y me invitaban a refrescos, caramelos, me regalaban cómics, cromos o incluso dinero o me ocian de guardaespaldas frente a las niñas envidiosas que me querían pegar por ser más popular que ellas.

En la escuela aprendí que una buena mamada valía mucho, incluso un aprobado de matemáticas. A los 18 años, convencida de que mi chichi era más rentable que un puesto de lotería, cogí las maletas, me fui de casa y me instalé en una barra americana para ejercer de puta.

Los dueños del local me dieron un vistazo, me tocaron por arriba y por abajo, se desabrocharon los pantalones, se sacaron la polla y me pidieron que se la chupara.

El a mi el que apuyó a ambos, me tragué las dos vergas a la vez y permití que me follaran por el coño y por el culo a cambio de una habitación y un rincón en la barra.

Me dejaron muy claro cuál era su comisión desde un principio, también que me rajaría en la cara si no intentaba piroearles, y me quedaba con su porcentaje, afortunadamente mucho menor que el que suele soplar un chulo.

Esa barra americana era una empresa medio seria y aunque no te pagaba la seguridad social ni la jubilación, sus dueños al menos me invitaban a copas cuando les enseñaba el fajo de billetes que me estaba haciendo cliente tras cliente.

Camelarse a los tíos en una barra americana es de lo más fácil, la mayoría de ellos entra en el local buscando un alivio para su bragueta con más ganas de meter que de sacar.

Sin embargo, también los hay indecisos de aquellos que no se deciden por ninguna chica, pasan la tarde mirando la mercancía y no compran, y tacaños de los que se arrepienten de haber entrado tras averiguar el precio de las copas y hacen cuatro números a la hora del geeky.

Los hay que vienen a matar las horas, como si no hubiera cines, teatros, bares y discotecas, a putear y hacen perder el tiempo, es decir, a dar palique, tomarse la consumición mínima y cambiar de conversación cuando se le propone ir al reservado.

No tengo ningún estereotipo de belleza masculina metido en la mullera, la atracción que puedo sentir por un tipo es proporcional al bulto de su billetero, cuanto más gordo sea el fajo de billetes que lleva encima más cachonda me pongo y si su colección de tarjetas de crédito es completa mojo hasta las bragas, no me gustan jóvenes, los prefiero maduritos, ya que acaban mucho antes, aunque también suelen ser mucho más exigentes y casi siempre groseros y despotas, con patente de corso para insultar y humillar, yo era de las que no estaban por tonterías y conseguía que se corriera en un santiamén, mi promedio era de un cuarto de hora por un servicio completo, solía montármelo para que descargaran nada más acabar la chupada, tan solo meterla en caliente, si no era así me ponía cuatro patas y con un par de movimientos yaculaban como quinceañeros, no salían pedirme cosas raras y si lo hacía le subía la tarifa, recuerdo que en una ocasión me lo monté con un caballero con tendencia a sadomasoquistas, era un sábado por la noche y había ganado el equipo de fútbol local, la barra americana se llenó de hinchas que deseaban celebrarlo, la mayoría solo tomaban copas, los más espléndidos se animaban al descorche y muy poco subían a la habitación con alguna compañera, me aburría con tanto capullo, me dolía la mandíbula de tanto postezar y aún no había conseguido follarme a nadie, la cara se me ilamuno cuando vi un joven de veinticinco años, con aspecto de ejecutivo, con su traje, su corbata y su maletín de piel, me di cuenta de que no venía junto a la borregada y que le importaba un carajo el partido, se acercó a mi y sin apenas mediar cuatro palabras me propuso ir al reservado, iba al grano, no le gustaba perder el tiempo, en cuanto al sexo tenía las ideas muy claras, al llegar a la habitación abrió la maleta y sacó dos cuerdas pequeñas que en un principio me hicieron muy poca gracia, me dijo que no me preocupara, que las llevaba para jugar, que no pretendía hacerme nada malo, solo quería que le atara las manos y le pegase un par de tortazos, sus deseos fueron órdenes, tan solo a acabar de decirlo le arreé dos sopapos con los que descargué la adrenalina y la mala leche acumulada durante el último año, se quedó sorprendido por la rapidez con la que le sacudí y sonrió y le había gustado, se desnudo y levantó los brazos para que yo pudiera atarle las manos a la cama, le amarre bien para que no pudiera moverse, tan fuerte que le hice sangrar las muñecas, tenía miedo de haberme pasado de rosca aunque él no se quejó, al contrario, estaba mucho más excitado y tenía la polla bien dura y tierza como el mármol, dada la erección no perdí el tiempo en chupársela, se la toqué un poco por si podía crecer un poquito más, algo que a simple vista parecía imposible, me monté sobre él y empecé a cabalgar, puse mis manos sobre su cara y le tapé los ojos, no quería que viera lo mucho que estaba disfrutando, hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien con un hombre ya que el Ejecutivo me iba a resacir de todos los sinsabores que había padecido con la colección de cabrones que me había tirado y con los que únicamente gocé cuando paré la mano para cobrarles, mi ritmo no se alteró, lo más mínimo durante toda la follada, su capullo ensanchaba mis labios vaginales y me rozaba el clítoris en cada cabalgada, yo subía cada vez más alto para sentir como entraba y salía cuando noté la llegada de mi primer orgasmo, le agufete con tal contundencia y le hice sangrar la nariz, ese golpe le excitó mucho, no noté porque su polla se puso más rígida y gruesa, hubiera querido partirle la cara, morderle los pezones hasta arrancárselos, pellizcarle los cojones hasta ponerse los morados, pero me contuvo porque todo eso le hubiese encantado hasta el punto de correrse, seguro que lo que hubiera hecho de haberle dado una paliza, no quería complacerle más de lo necesario, pues quería mi revancha y deseaba que aguantara hasta conseguir tres orgasmos como mínimo, tenerle allí móvil y con el cipote en ristre vainado en mi vagina era como disfrutar de un muñeco hinchable, tan quieto, tan sumiso y tan callado como si fuera de plástico, lo cabalgué y le cabalgué hasta alcanzar mis tres orgasmos, luego él le yaculó, le saqué el condón sin desatarle de la cama y vertí su propio semen en su frente y se lo restregué por toda la cara, le abrí la boca y la escupí dentro y le hice masticar la goma, esas perrillas le encantaron hasta el punto de pagarme el doble de lo que habíamos acordado, hace años que ya no trabajo en esa barra americana, encontré a otro ejecutivo que me retiro de la mala vida y que satisface todas mis necesidades económicas, de vez en cuando voy a algún salón de relax de categoría porque añoro mi oficio, me ofrece ponerle los cuernos y me saco unas pesetillas que me van de puta madre.

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