Obedezco todas tus órdenes
Eres un hijo de puta, te odio, has logrado arrebatarme la voluntad, soy tu prisionera, pero por alguna extraña razón no puedo dejar de obedecerte, de darte placer, y también de disfrutar contigo...
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Eres un hijo de puta, te odio, has logrado arrebatarme la voluntad, soy tu prisionera, pero por alguna extraña razón no puedo dejar de obedecerte, de darte placer, y también de disfrutar contigo...
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Marc, sabes que nunca me has caído bien. De hecho, por no gustarme, no me gusta ni tu nombre. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Tres, cuatro, quizás cinco años?
Dime algo bueno que haya pasado entre tú y yo desde aquel fatídico agosto que viniste a vivir en nuestro piso. Yo te lo diré. Nada. Por aquel entonces yo salía con Miguel, que el tipo delgado y con pinta de despistado, que a pesar de eso era el hombre más encantador con el que nunca antes me había acostado.
El caso es que antes de que tú aparecieras, Miguel y yo nos amábamos con locura. El mundo era nuestro y nada iba a destruir nuestro amor, o eso creía yo.
Pero entonces llegaste tú y comenzaste a pabonearte delante de nosotros. Que siguió tal, que siguió cual, siempre yo, yo, yo. Es que no sabes hablar de otra cosa.
Miguel te cogió mucha manía. Podías llamarle celos, te odiaba. Siempre estaba despotricando de ti. Así fue, hasta que un buen día, no sé qué le hiciste, pero joder.
Cambió totalmente de actitud. De pronto, sin previo aviso, pasaste de ser el malo a ser el modelo ideal de hombre. Al menos desde el punto de vista de Miguel.
Fue cuando comenzó a darle la paranoia de que él no era lo suficiente macho para mí. ¿Quién le metería esas ideas en la cabeza? ¿Tú? Estuve durante semanas haciéndole ver que no decía más que tonterías.
Pero al final lo hizo. Se marchó. Y tan solo me dejó una nota compuesta de seis líneas que aún conservo. Viví completamente hundida todo un año, quizá un poco más.
Y durante ese tiempo te odié profundamente. Hasta hoy. Lo de Miguel fue solo una de las tantas que hiciste para joderme. A mí y a mis compañeras de piso.
Incluida a Montse, tu novia. Y ahora tienes el morro de sentarte ahí y proponerme un polvo. ¿Y ella? Está aquí al lado. ¿Eres capaz de follarme sabiéndolo?
¿Eres capaz? Si no lo tuvieras tan claro, no te hubieras sacado la polla del pantalón. Y mucho menos te la estarías meneando delante de mis narices.
Qué hijo de puta. Incluso estás bien dotado. No puedo apartar la mirada de tu tranca. Tan gruesa, tan poderosa. La estás haciendo crecer por momentos.
Mi piel, que cubre al grande, comienza a retirarse. Dios, me estoy poniendo muy caliente. No te atrevas a acercarte a mí. No te levantes de la silla.
Maldito. ¿Te crees que por poner tu rabo un palmo de mi cara te lo voy a comer? No, no. Me niego. Me... ¿Cómo eres capaz? ¿Cómo soy yo capaz de hacerte ahora una mamada?
Y encima me la estoy currando. A Miguel le encantaba que se la chupara. Claro que la suya era de tamaño estándar. Agarro tu sexo por la base, lo meneo en el aire, lo azarandeo de un lado al otro y veo cómo cierras los ojos.
Quizás excitarte sea al mismo tiempo una forma de torturarte. Así rodeo el capullo con mis labios, los cierro a medio camino y te lo envuelvo delicadamente.
Sientes mi piel y un dulce chispazo recorre tu tronco en dirección a los testículos. Chupo como una condenada, como si intentara extraer el flujo de tu sexo.
Deja que con la mano vaya en busca del escroto y lo acaricie metódicamente. Si me lo preguntaras, te diría que estoy muy cachonda y que mi coño ruega por ser penetrado ahora mismo.
Pero sé que me vas a hacer esperar. Primero es tu mamada, luego te tomarás la molestia de follarme. Pero sabes lo más triste del caso, no me importa.
Estoy dispuesta a esperar lo que haga falta porque has logrado arrebatarme la voluntad. Soy tu prisionera y sé que a ti te gusta así. Unas húmedas gotas de líquido transparente salen por el pequeño orificio de tu glande y yo las lamo con pasión.
Mi lengua no es mía. Gira alrededor de tu castigado capullo y rápidamente desciende por el tronco. Cuando llega al final del camino, otro giro la impulsa hacia arriba y se detiene justo en el frenillo.
Me concentro especialmente en él. Tenso la lengua todo lo que puedo y procuro que sólo la punta de ésta acaricie esa diminuta piel que tanto hace por darte placer.
Yo contribuyo, lo sé, pero eso a ti no te importa. Con semejante erección, no deberías dudar más en metérmela. Los penes tiesos siempre suelen resultar muy atractivos a la vista.
El vigor de un músculo totalmente tenso y palpitante despiertan el hambre incluso a la más frígida. Me pasaría horas admirándolo y masturbándome sólo para ti.
Pero también tengo derecho al placer. Lo dejo en tus manos. Sé que podrías cambiar de opinión y marcharte dejándome así, a medias. Pero la suerte me acompaña.
De rodillas frente a mí y tiras de mis bragas hacia abajo. Sí, con cariño. Por lo menos finge que estás dispuesto a hacerme disfrutar. Con tus dedos tiras de mis labios inferiores hacia los lados.
Te detienes y admiras mi vagina roja, ardiente. Te suplica que pases a la acción. ¿Es que no la oyes? Parece que sí. Así que directo al grano te agarras el falo y lo clavas.
Empujas con fuerza. Traspasas todas las barreras y te cuelas casi hasta tus pelotas. Chocan con mi culo. Así sí. Sé que no vas a dedicarme ni una caricia.
Sé que no vas a darme ni un beso. No sueño con que me pellizques los pezones. Porque eres quien eres y a ti no te importa nadie. Lograré ser partícipe de ese placer aunque no quieras compartirlo.
Inclinas el mecánico movimiento de dentro fuera y a cada roce la sensación de cosquilleo aumenta. Cierra los ojos. Aprieto mis dientes con fuerza.
Los dedos se aferran a la manta que cubre la cama. Así. Fóllame. Toladrame. ¿A qué esperas? Sí. La velocidad va en aumento. Cada vez empujas con más fuerza y me cuesta mantener el equilibrio.
Tengo las piernas abiertas de par en par y comienzo a sentir dolor alrededor de mi coño. El dolor y el placer se fundan. Esto es demasiado.
Tus gadeos parecen animales. Gimes sin cesar. Yo también. Agarro tu brazo y casi de forma consciente hundo mis largas uñas color lila en la carne.
Pero a ti te da igual ni lo notas. Estás demasiado concentrado en joderme viva. Si no te detengas. Qué calor. Todo quema. Esto es casi insoportable.
Lo dejaría ahora mismo si tuviera el valor. Pero el doceo de un orgasmo puede más. Desde lo más profundo, una indecible sensación de éxtasis asciende hasta llegar a mi sexo.
Seguidamente se ramifica a través del resto de la anatomía. Los brazos, las piernas, el corazón y finalmente la cabeza. Me abro en canal y me corro por completo.
No tengo tiempo de detenerme. Y tú te corres dentro de mí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Tu esperma fluye abundante. Semén blanco y brillante que se cuela por mi abertura.
Es más cálido de lo normal. Casi quema. Casi duele. Pero no hay tiempo para prolongar el exceso de la diversificación. Tienes cosas más importantes que hacer.
Cosas más importantes que yo. Como ver la tele o leer un libro. Todo es válido con un único fin. Joderme ahora en el otro sentido. Sacas la polla de mi sexo.
La sensación es casi de alivio. Quedo totalmente borracha de placer. Y mientras veo cómo te vistes y sales de mi habitación en dirección al cuarto de Montse, comienzo a sentirme terriblemente cansada, agotada.
Los ojos se me cierran. Creo que voy a dormir así. Desnuda. Follada sobre mi cama. Y mientras besas a tu novia en la mejilla y le dices que la quieres, yo me di cuenta de que me he enamorado de ti. Y seré capaz de cualquier cosa. Con tal de que seas mío. Capaz de cualquier cosa.